El entrenador inglés William Shankly decía que mucha gente piensa que el fútbol es un juego a vida o muerte, pero que en realidad es mucho más importante que eso.

En estos tiempos que corren, mundialeros y sudafricanos, a veces parece cierto. La pasión pambolera -aunque en este 2010 parece pálida- cuando se desborda no puede contenerse. Y la esperanza también, las ilusiones, los chascos y toda la fe en el porvenir (El destino nos alcanzará el domingo, no se preocupe. Ya para las 6 de la tarde todo será certeza pura).

Mientras tanto advierta lo siguiente: el deporte no forja el carácter. Lo pone de manifiesto. El ánimo se infla y se desinfla al paso de los goles. Si no los anota tu equipo el alma queda tan vacía como el marcador. El estómago se tuerce adolorido cuando caen en tu portería.

Ya ni hablar de las quinielas, las apuestas, el papel innegable del Ángel de la Independencia cuando no sabe si va a sentirse amenazado o excluido. O todo lo que los verdaderos fanáticos, si son observadores y practican la constancia, han aprendido partido tras partido (no deberá apenarse, hasta Albert Camus dijo que todo cuanto sabía con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debía al fútbol.)

Al balompié, con certeza, es claro que le debemos una gran variedad en la terminología, una fiesta de lenguaje. Y en una copa del Mundo el español de todo Iberoamérica se luce con palabras de todas las regiones.

La portería también es arco, marco, meta, portal, puerta o valla, y el que en ella habita, portero, arquero, cancerbero o guardameta. El balón puede ser bola, cuero, esférico, globa, gordita, guinda, pelota, redonda, vedette. El árbitro se convierte en silbante y el equipo arbitral es jueceo. El tiro pasa a chut, disparo, lanzamiento y remate y el tiro fuerte puede ser designado balinazo, berriazo, bombazo, cañonazo, chumbazo, chupinazo, chutazo, misil, pildorazo, zapatazo y hasta zambombazo... (Los insultos adquieren colores típicos y también se destacan por su diversidad de tonos).

El caso es que desde el 13 de julio de 1930, fecha del primer partido de la Primera Copa del Mundo, este derroche de talento en los pies provocó la pasión de los espectadores, unió a príncipes y mendigo convirtió a cada partido es un evento crucial, a la victoria en una fuente de orgullo nacional y alta moral y en todo entusiasmo desbordado.

El idioma futbolero también asentó gran parte del estilo de vida del siglo XX y lo que corre del XXI pero todo fuera como eso. Mucho idioma. Mucha tradición, fiesta y lo que sea. Pero no sabemos si llegaremos a un quinto partido y tener al equipo argentino como contrario provoca una multitud de palabras con sinónimos impronunciables. O ganas de citar a Borges -¡que es argentino!- cuando dijo que habría que inventar un juego en el que no ganara nadie.

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