Recuerdo cuando, en un momento entre clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, corrí a buscar a la doctora Teresa del Conde para que firmara el catálogo de una exposición que yo había comprado en un puesto de libros afuera de una estación del Metro y que ella había coordinado durante su estancia como directora del Museo de Arte Moderno. Ya entonces, como ahora, me parecía que el trabajo de la doctora dejaba de lado las categorías que restringen al arte contemporáneo para examinar con una mirada fresca los procesos y las relaciones que hacen efectivo el desarrollo de corrientes, movimientos y escuelas artísticas.

De los textos de la doctora Del Conde sobresalen una precisión y una claridad propias de la rigurosidad académica y de la inmediatez periodística entre las cuales osciló su carrera profesional. Del Conde fue investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas y hace poco se conoció la noticia de que la UNAM, su alma mater, le concedería el grado de Maestra Emérita por su actividad como investigadora y por su trabajo como docente desde hace más de 30 años.

La exactitud con la que Del Conde se aproximó a las artes plásticas y a la pintura, en particular, no le impidió ejercer el riesgoso trabajo de la crítica del arte. Conocía muy bien la función del crítico dentro del sistema de producción artística, como vínculo entre los artistas y los espectadores, y desempeñó dicha función con una apertura que la llevó a abordar los más variados movimientos del arte nacional e internacional y que la hizo impulsar a muchos artistas de la poco conocida Generación de la Ruptura y de las aún más ignoradas generaciones posteriores.

A Del Conde le atraía la energía con la que los artistas habían vivido y condensado el siglo XX en sus obras. Lo mismo abordó la influencia del cine en las artes plásticas que el nihilismo y el anarquismo inherentes al trabajo del muralista mexicano José Clemente Orozco. Para la doctora, cada artista y cada obra eran un hecho histórico que merecía ser analizado y estudiado con el fin de ser expuesto y discutido en los medios de difusión, como su columna en La Jornada, que se publicó hasta el pasado viernes 17 y en la que expuso los pormenores de un cuadro de la exposición de Goya que aún exhibe el Museo Nacional de San Carlos.

Esta actitud ante la comunidad artística le permitió establecer profundas relaciones con los mismos artistas y con otros académicos, galeristas, museógrafos, críticos e historiadores, mismas que trascendían las posturas ideológicas y gremiales que caracterizaron a muchas escuelas y grupos artísticos en México y el mundo. La postura de Del Conde frente al arte implicaba que el crítico debía estar inmerso en la vida artística de su comunidad, de la que forman parte los artistas jóvenes, viejos, consagrados y quienes apenas comienzan a desarrollar un estilo propio.

El arte del siglo XX fue en sí mismo un documentalista de la agitada vida social que vivía el mundo. La doctora Del Conde reconoció ese malestar de la cultura del que habló Freud en la obra de muchos artistas mexicanos y extranjeros, y se convirtió en un puente entre la visión de estos artistas y la comunidad que los rodeaba. La doctora Del Conde fue un punto de referencia entre la niebla que insistía en rodear la producción artística de un siglo convulso y vertiginoso. Descanse en paz.

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