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Arte e Ideas

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Sin tetas no hay festival

La tradición de retratar turgencias femeninas en el cine mexicano continúa con cabal salud.

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¿Por qué en las películas mexicanas siempre hay tetas? Se puede derivar una fórmula para el cine mexicano de festival: desnudez femenina (tetas) – música incidental + final de shock = ir a Cannes por lo menos a la Semana de la Crítica.

La ecuación tiene sus variantes, se puede sacar alguno de los factores, pero puedo jurar que se sustenta en por lo menos 70% de nuestro cine serio. Ni el cine de ficheras sacaba tantos pechos. (¿Por qué senos y no penes? ¿Tendrá algo que ver con la dispersión de género de los cineastas? Como la mayoría son hombres…).

He encontrado esas tres variables en prácticamente todas las películas nacionales que he visto en Morelia. Diversas, pero con eso en común. No me estoy burlando (un poco, ok); la verdad sea dicha, la fórmula funciona para fines de impacto: el público se pone serio en cuanto, plop, aparece el primer pezón erecto.

Podríamos establecer un chichómetro de nuestro cine. La noble tradición establecida por María Rojo, Isela Vega y Meche Carreño en los setenta vive hoy a través de Martha Higareda, Ana Claudia Talancón, Bárbara Mori y otras noveles actrices.

Oh, tradición mamaria de nuestro cine, deberían hacerte tu propia sección de festival con su propio premio (imaginen el trofeo). Los ganadores, director y actriz, deberían aparecer vestidos para la ocasión: el primero de Sigmund Freud y la segunda de la sensual Madre Patria morena de los libros de texto gratuito.

ODIO ENTRE HERMANOS ES AMOR

Hace unos días vi los pectorales de María Renée Prudencio en la primera secuencia de La vida después, de David Pablos. Prudencio flota en una laguna y sólo sus pezones asoman a la superficie; una escena como de sueño, de pintura prerrafaelita.

La cinta de Pablos es así, un lienzo pintado con perfección mortecina sobre lo que los padres les dejan a los hijos y lo que los hijos pueden hacer, si cabe, para escapar. El tema principal, en realidad, es la relación entre hermanos, un tema poco visitado en general por la ficción.

Esa relación, la fraternal, tan difícil de dibujar con verosimilitud, porque los hermanos en la vida real son tan amigos como enemigos. Entre carnales puede haber amor, pero lo que seguro hay, hasta por biología, es rivalidad. Y muchas veces resentimiento, por ese montón de llagas que desde niños nos vamos haciendo.

Pablos logra poner en pantalla, con pocos recursos, toda esa ambigüedad fraternal. La vida después narra el viaje de Rodrigo (Rodrigo Azuela) y Samuel (Américo Hollander) en busca de Silvia (Prudencio), su madre. Como toda historia de familia, las cosas comienzan en la infancia, el día en que el abuelo de los hermanos se suicidó, Samuel dejó de creerse invisible y Rodrigo mató a la tortuga de Samuel. Ahora, diez años después, Silvia ha huido de casa, aquejada del mismo demonio que atrapó a su padre.

Roadmovie como La jaula de oro, aquí el viaje es angustiante, no picaresco. Hay furia en estos dos adolescentes sin madre, con exceso de pasado. Rodrigo es especialmente violento: a sus 18 años carga en su interior una carcoma espiritual que lo hace sonreír ante la desgracia ajena. La verdad es que te mueres de miedo , le dice su hermano pequeño, Samuel, con la seguridad del que te conoce desde siempre.

Azuela y Hollander tienen una alquimia fantástica en escena. Tienen los rostros de sus personajes. Azuela en particular tiene un algo que no se puede enseñar: cara de mafioso, de James Dean italiano.

De final abrupto (otra variable de la fórmula: si el final no es tremendo al menos tendrá que ser abrupto), La vida después es una cinta con la que uno se puede encariñar si le tiene paciencia.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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