Los niños del istmo de Tehuantepec inventaron un juego con la hamaca. Su nombre en zapoteco es Chinta camama. En él, un niño se sube a ella y el resto la zarandea hasta que logran derribarlo. Éste se debe aferrar lo más que pueda, a pesar de los jaloneos. Es un juego con el que el propio Francisco Toledo (1940) se divertía con sus hermanos en Juchitán, Oaxaca, su pueblo natal.

Chinta camama es lo primero que se le vino a la mente al artista después del sismo que azotó la zona sureste del país el pasado 7 de septiembre y que, de todos sus estragos, los más lamentables se los encargó a la región del istmo.

Decidió rendir homenaje a las víctimas del siniestro con una serie de obras con las que también buscó reunir fondos; una de ellas, un grabado que representa a dos enormes lagartos meciendo una hamaca de la que se desbordan las casas de un pueblo entero. Y sobre ellos, como una metadiégesis, las tejas de un hogar en pleno derrumbe.

Ésa es la pieza central de la muestra Istmo de Tehuantepec: tratos, relatos y retratos, que a partir de hoy se exhibe para el público en el Museo de la Cancillería, que rinde homenaje a dicha región del país y cuya exhibición tiene dos coyunturas: el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, el próximo 9 de agosto, y el primer aniversario del sismo antes mencionado.

Tratos, relatos y retratos

Son 50 las obras que se han montado para la exposición curada por Raciel Rivas, tanto de arte moderno como contemporáneo. Además del de Toledo, está el retrato al óleo que Miguel Prieto le hizo a Alfa Ríos Henestrosa, vestida de tehuana, en 1948, y el icónico retrato que Roberto Montenegro trabajó con la misma modelo en 1959. Una ilustración de Miguel Covarrubias sobre el traje típico de la región y tres más, en diferentes formatos, de Adolfo Best Maugard, Carlos Mérida y Aurora Reyes, éste último, a préstamo del Salón de la Plástica Mexicana; hay fotografías de Nellie Campobello y María Conesa, de principios del siglo XX, ataviadas con dichos trajes, procedentes de las colecciones de Juan Coronel Rivera y de Carlos Monsiváis.

Destaca la litografía del siglo XIX, “Joven mujer de Tehuantepec”, del italiano Claudio Linati, que muestra a una mujer ataviada con un traje tradicional. Se trata de una de las primeras impresiones visuales de un artista que se hicieron en el istmo y un testimonio de cómo estas vestimentas no eran tan sofisticadas como lo son hoy en día y de cómo éstas fueron evolucionando con los siglos.

También es posible revisar una reproducción del tratado McLane-Ocampo, del siglo XIX, un acuerdo para vender la perpetuidad el derecho de tránsito por el istmo de Tehuantepec a los Estados Unidos, por un pago de 4 millones de dólares, y que, sin embargo, no fue ratificado.

Lo mismo hay piezas contemporáneas de artistas jóvenes como un paisaje textil de María Vega y trabajos de Octavio Márquez, Arturo García Bustos, entre otros.

Istmo de Tehuantepec: tratos, relatos y retratos permanecerá abierta para todo el público en el Museo de la Cancillería, República del Salvador 47, Centro Histórico, hasta el 7 de septiembre. Entrada libre.