El humorista gráfico e historietista argentino Joaquín Salvador Lavado, Quino, maestro de maestros ilustradores y cartonistas en todo el mundo y mejor conocido por ser el padre de Mafalda, quien falleciera el pasado 30 de septiembre a los 88 años, fue objeto del homenaje “Aquí no hay tristeza” en el marco de la edición 34 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Para esta evocación se dio cita de manera remota el editor argentino Daniel Divinsky, quien fuera amigo de Quino por más de cinco décadas y socio fundador de Ediciones de la Flor, editorial que llevó a Mafalda a ser un símbolo del humanismo en cualquier punto del orbe.

Lo acompañaron la caricaturista colombiana Adriana Mosquera, Nani, creadora de Magola, un personaje tan cercano a Quino que la colombiana lo considera como su padre; así como el escritor mexicano Martín Solares, quien fuera uno de los editores del ilustrador en nuestro país, con Tusquets, y quien compartiera estancia en París con el ilustrador argentino de talla universal.

Divinsky declaró que Quino lo mismo era “un niño en el cuerpo de un adulto” que “un ateo militante y un anticlerical ferviente, como toda su familia. Sin embargo, fue un lector profundo de La Biblia. La utilizó para criticarla o para utilizarla en algunas de sus páginas, al punto de que algunas publicaciones en la revista semanal del diario El País provocaron reacciones furibundas de católicos fundamentalistas que pensaban que Quino se estaba burlando de La Biblia, un libro que respetaba sin ser para nada creyente”.

Añadió que Ediciones de La Flor se convirtió en una editorial profesional a partir del momento en que Quino propuso publicar Mafalda con este sello, en octubre de 1970, con un tiraje inicial de 200,000 ejemplares que se esfumaron en una tarde.

 “Quino era un personaje muy entrañable para nosotros los autores. Era muy tímido y no se sentía un maestro para nadie, pero siempre compartía con mucho cariño con los colegas. Hablaba con toda naturalidad, en un tono calmado”, dijo Nani.

La ilustradora explicó que cuando era muy joven supo a partir de Mafalda “que las niñas teníamos derecho a protestar, que teníamos una voz, que nos dábamos cuenta de lo que pasaba en el mundo, que lo queríamos cambiar y podíamos hacerlo. En ese momento ni siquiera sabía que Quino era hombre. Yo asimilé que a Mafalda la hacía una mujer. Para mí era una libertad total. Era increíble poder ver en esos cuadernitos que una niña se quejaba, se estresaba. Estaba acostumbrada a que todos los protagonistas eran hombres, superhéroes que salvaban a los débiles. Pero salió Mafalda, un personaje infantil con una fuerza demoledora”.

Explicó que la enseñanza más grande que Quino le dejó fue su naturalidad, puesto que, aunque no quiso ser maestro de nadie, permeó a tantos con una filosofía de vida integral. “Sin darse cuenta, nos dio alas a muchas mujeres, especialmente de mi generación”, remató.

Por su parte, Martín Solares compartió que Quino era una persona muy visual, un hombre de cine, de arte, museos, música y, sobre todo, de conversaciones. Recordó que en una misma tarde rechazó el ofrecimiento de tres Doctorados Honoris Causa, puesto que justificaba que eso le haría alejarse de lo único que le interesaba: dibujar.

“Era una especie de maestro. Lo digo en el sentido más amplio de la palabra. Muy generoso. Nunca te decía qué leer, qué películas ver, pero por el hecho de regañarte cuando se daba cuenta de que no habías ido a tal museo a ver a los surrealistas o que no habías ido al otro a ver la exposición de Picasso, para ver sus cuadernos, te ponía en ese camino”.

De nueva cuenta, Divinsky refirió que Quino contestaba personalmente gran parte de las cartas que le enviaban los lectores. “Además de sus características de talento, de imaginación, de filósofo, de humanista, tenía una empatía con la gente poco habitual”.

El editor recordó que Quino era un autor que no le ofrecía la menor dificultad, tanto así que nunca intervino en su construcción creativa y si acaso hubo algunas discusiones tenían que ver con los títulos y por su obsesión con el color. Explicó que cada uno de sus personajes eran parte de él mismo, aunque Susanita era, más bien, un reflejo de la sociedad que él detestaba. Reconoció que todavía siente el dolor de la partida física de su amigo.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx

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