Dice de sí mismo que es tímido. Que en su casa nunca lo educaron para la vida social. Le costaba ir a la tiendita; no quería enfrentarse con la dependienta, ese reto. “La vida es un disfraz” dice Juan Rafael Coronel Rivera (Ciudad de México, 1961), “yo en este momento estoy disfrazado de escritor, como me he disfrazado de fotógrafo o de curador. No soy el mismo de hace 10 años ni seré el mismo dentro de cinco”.

A Coronel no le gusta que le digan “maestro”. “Dime Juan”, pide. Es discreto, de maneras suaves, pero no tan suaves que resulten pegajosas como el chicle. Hijo del pintor Rafael Coronel y de Ruth Rivera, hija de Diego Rivera, Juan nunca presume de sus orígenes privilegiados en el mundo artístico.

“Juan es un hombre de ideas muy ordenadas y muy culto, pero jamás lo presume”, dice la escritora Bibiana Camacho. Para ilustrar la modestia de Coronel, una anécdota de Camacho: hace poco Juan fue invitado a la boda de Bibiana y se presentó simplemente como Juan, sin apellidos, sólo Juan. Dijo que habían estado trabajando en un libro de un artista de Oaxaca y así se conocieron.

“Nunca dijo que habíamos trabajado en un libro de cuatro volúmenes sobre Francisco Toledo”.

Ese es Juan: el hombre discreto.

El que no caza errores

El trabajo más reciente de Juan Coronel es su libro de cuentos Neuróticos y otras tripas (Talamontes), que recoge tanto cuentos nuevos como algunos que tienen más de 20 años de haberse escrito.

Algunos se publicaron en el suplemento Sábado, del que fue editor, hace ya un tiempo. Otros los fue tejiendo ahora. Dice Juan que él no corrige mucho, se deja ir con la historia y pocas veces relee. “Soy un autor empírico, escribo lo que veo. Ahora veo que los escritores investigan mucho, que si van a escribir sobre el Chapo o sobre el juarismo: yo no soy así. Soy totalmente lírico, invento”. Aunque, claro, los cuentos de su libro mantienen un tono realista.

“Juan es un autor modélico”, dice Mauricio López Valdés, su editor. “Nunca hemos tenido desacuerdos, si algo no concuerda nos arreglamos.

Decía Pío Baroja: “Si doña Fulana va ‘sobre’ o ‘en’ sandalias, eso lo sabe el corrector, lo mío es escribir historias”. No hay autor que no cometa errores pero para eso estamos los editores, para ser los primeros lectores críticos de nuestros autores”.

“Creo que eso de no corregir salió de mi papá. Mi papá es un pintor figurativo que comienza cada cuadro en la mañana con una mancha. Si a las siete u ocho horas la mancha no tiene forma, ese cuadro ya no le salió. Soy muy pudoroso con mis textos, mi papá también es así con su obra. Recuerdo que yo tenía algunas de sus pinturas colgadas en mi casa y él las quitó. Me dijo que no le gustaba verlas porque comenzaba a decir ‘Cómo no le puse el pie de este lado o la mano de aquel’”.

“No considero a Juan un lobo solitario, si acaso un buen lobo”, dice López Valdés.

Juan Coronel es tan modesto que no acepta cumplido. Pero cierto es que Neuróticos y otras tripas es una buena colección de cuentos de un autor aplicado.

Hay algo raro en Juan

Cuando uno conoce a alguien tan, por decirlo de un modo, angelical como Juan Coronel, dan ganas de encontrarle el lado chueco. Ése, dice él mismo, es su neurosis. “Como soy muy tímido, la gente piensa que soy mamón”.

Su neurosis la vierte sobre sus libros. Por esa dificultad de relacionarse, la cual al menos quien esto escribe no notó, prefiere la literatura y la fotografía, artes más solitarios que la edición de revistas (que ha hecho), y la curaduría de exposiciones. “La curaduría es lo peor porque no se trata de sólo elegir obras del artista tal, sino que hay que negociar con los coleccionistas, las familias, los museos... Prefiero estar solo con mi cámara”. A Juan todavía le gusta la película y revela él mismo sus rollos.

Pero, ¿qué es lo más raro de Juan Coronel? Dice Bibiana Camacho que para ella lo más extraño de Juan es que tiene un altar “abigarrado y estrambótico” en el baño. A Juan le encanta el arte tradicional, su oficina está llena no de fotos ni de libros, sino de máscaras.

Mauricio López Valdés, el editor, dice que a Juan nunca lo ha visto enojado. “¿Enojón? No. Pero eso sí, muy firme en sus convicciones filosófico-políticas. A veces lo he visto abrumado por su trabajo; a veces un tanto ansioso por acelerar los procesos de edición, como cualquier autor.

“Me es difícil ponderar qué es lo que más admiro de Juan Rafael”, dice Mauricio, “creo que es su gran estatura humana y humanística, pues la valía y contribución de su obra literaria, fotográfica y curatorial emana de esa manera de ser y estar en el mundo, de ese modo amable y a la vez crítico que lo caracteriza, y que se manifiesta en todas sus creaciones, tanto artísticas como académicas”.

Dice Juan que lee todas las reseñas de su obra. Que una vez salió una abismalmente terrible, escrita por Raquel Tibol, de una exposición que él había curado. “Pero me di cuenta que esa reseña llevaba intención y uno aprende a distinguir esas críticas que van con cuchillo en mano”.

Quizá eso es lo verdaderamente raro de Juan: es un artista que tiene su ego bajo control.

concepcion.moreno@eleconomista.mx