Está por cumplir 50 años y, desde la adolescencia, ha consumido casi todo tipo de drogas, ya por cuestiones medicinales como lúdicas como gusta decir Arturo Zaldivar, ministro que intentó poner el tema a debate en la Suprema Corte de la Nación , legales e ilegales, con prescripción médica o sin ésta, blandas y duras, naturales y químicas, y no se atrevería a hacer un elogio o una sentencia negativa de tal o cual sustancia, pues cada quien si se habla de gente adulta sabe qué le hace daño y qué no, qué le hace bien y qué no, ya que la resistencia o adaptabilidad a cualquier fármaco varía de persona a persona, pero si de algo tiene la certeza es que cualquier individuo debe de poseer el derecho natural ¿existirán los derechos naturales o serán como los derechos animales? de hacer con su mente y cuerpo lo que se le venga en gana, siempre y cuando no se afecte a un tercero.

¿Qué es una medicina o, bien, una droga?

Es, en una definición general, un veneno que aplicado en una dosis correcta, cura, mientras que mal administrada puede causar incluso la muerte. Pero de aquí a su proscripción legislativa le parece igual que a mí una arbitrariedad de quienes se creen más inteligentes que uno, de quienes viven con doble moral, de quienes saben que las prohibiciones coronan los grandes negocios de unos cuantos o de quienes son realmente estúpidos y que pertenecen a dos bandos: a los que les gusta ordenar la vida de los demás, y a los demás que les gusta que alguien o algo, así sea un concepto abstracto como el Estado, les ordene o les diga cómo deben vivir.

A la primera droga a la que se acercó como la mayoría de los adolescentes de su círculo social y cultural fue a la marihuana. Y aunque la fumaba (en cigarrillos que él mismo forjaba), bebía (en té) o comía (en pasteles), tanto de manera recreativa como medicinal en un intento por quitarse la cefalea en racimos que de vez en vez padece y que, en Estados Unidos, la llaman el mal del suicida nunca se volvió un pacheco profesional ni medianamente adicto, pero eso sí, hará cosa de 30 y tantos años, por quemarle las patas al diablo en la vía pública fue detenido por la policía, y su hermana lo liberó por la módica friolera de un anillo de compromiso que le acababa de dar su prometido, un reloj Cartier y 10,000 pesos de aquella época y, por cierto, desde que sucedió aquella extorsión nunca tuvieron la necesidad de hablar del tema, pues se conocen, aceptan y se quieren tal cual son, y no hay dinero ni palabras que valgan esa hermandad.

El caso es que en poco tiempo la Juanita le dejó de parecer placentera y hace años que no la fuma, bebe o come, por motivos que ha olvidado (risas grabadas), pero no tiene un sólo amigo pacheco que se haya muerto de sobredosis o que haya acabado en una clínica para curar su adicción, de manera que le parece absurdo igual que a mí que la marihuana no sea legal en México mientras que en Estados Unidos, que es ya el mayor productor del planeta de esta yerba y, además, utilizando tecnología de punta para su siembra y cosecha, su consumo sea absolutamente tolerado en tanto que aquí, los cárteles se dan de balazos entre ellos y contra la policía, por un producto que allá, dada su baja calidad (me refiero a la marihuana mexicana con respecto a la estadounidense), se venda a precios de guarumo o menos.

Con respecto a otras drogas, sean de la denominación que sean, las ha probado por motivos que, en todo caso, son personales y, por lo tanto, se mueven en la esfera de lo privado, que es algo que hay que pelear aunque no se tenga nada que esconder. Y ahora, con casi medio siglo de vida, sólo consume los venenos que le prescriben su cardiólogo y su psiquiatra, se echa unos alcoholes de vez en cuando y sólo es adicto a los cigarrillos de cierto tabaco rubio, de una marca específica, y está convencido al igual que el viejo Alejandro Lora que la droga más cabrona que existe es el amor , pero no se lo digan a nadie porque, de lo contrario, no faltará el imbécil que la quiera prohibir.