A la memoria del maestro Felipe Cazals

 

De las producciones más recientes del cine hecho en México, destacamos aquí tres logros que hablan de nuevos impulsos creativos, quizás sin precedentes, y que tienen como resultado cintas únicas. Se renuevan los elementos formales, se da la vuelta a temas ya tratados, y se arroja luz a narrativas emergentes que resuenan en pantalla: un nuevo sello de quienes escriben, dirigen, producen y actúan en películas mexicanas.

Pese a la crisis que atraviesa la industria cinematográfica a raíz de la pandemia de Covid-19 y por la escasez de recursos públicos, las producciones y los festivales mexicanos no han parado y, a codazos, con gran creatividad y muchos riesgos, las cintas que cuentan historias de mujeres, de migrantes y de las luchas contra las violencias se abren paso en las pantallas.

 

Es tiempo de las mujeres

Dos mujeres jóvenes se reencuentran en una noche a principios de los años 90; el telón de fondo es Santa Fe, entonces un enjambre de luces dispersas y a lo lejos los primeros rascacielos. Es una de las primeras escenas de “La diosa del asfalto” (Julián Hernández), que retrata a “las castradoras de Santa Fe”, una banda femenina que fue real y que se unió para combatir el abuso de los hombres en un ambiente de marginación.

La cinta tiene aciertos y errores; se ha criticado el uso de la cámara en algunas escenas, y se nota que el director, quien advirtió en Twitter que la puedes terminar amando u odiando, no estaba en su elemento: son otras las historias que le apasionan. Sin embargo, se aplaude que esta película, concebida por Inés Morales y Susana Quiroz, le plante la cara al machismo, con todo y su estética de ‘hoy os fonky’, muy a la ochentera “¿Cómo ves?” de Paul Leduc, y también con canciones de Cecilia Toussaint.

Mujeres detrás de la cámara o la pluma. Mujeres que alzan la voz como en “Las tres muertes de Marisela Escobedo” (Carlos Pérez Osorio), un manifiesto de angustia e impotencia. Maratonistas con triunfos que iniciaron como sueños en la Sierra Tarahumara, como “Lorena, la de pies ligeros” (Juan Carlos Rulfo). Mujeres que hacen eco en escena: una madre buscando a su hijo perdido, con más esperanzas que pistas, en un paraje rural salpicado de realismo mágico, en “Sin señas particulares” (Fernanda Valadez); una mujer, atrapada en su vejez que tiene algo de naturaleza muerta, se rehúsa a dejar de sentir placer y sale a buscarlo en “El diablo entre las piernas” (Arturo Ripstein); una misteriosa mujer joven, encarnada por la beliceña Indira Andrewin, quien hace un mes ganó el Ariel a la mejor revelación actoral, queda varada en un ambiente de opresión y sensualidad en “Selva trágica” (Yulene Olaizola)-, y al final se disuelve en medio de la jungla...

Otras miradas a la migración

 

Las cámaras se han bajado de “la Bestia” para encarrilarse hacia nuevas narrativas de la migración, que en los países latinoamericanos llega a ser un estigma indeleble. Por supuesto, no significa que no deba retratarse la violencia que emana de este fenómeno social, pero llaman la atención nuevas visiones no politizadas de la migración. Sobre ello habla la directora tanzano-estadounidense Ekwa Msangi, en una charla posterior a su cinta “Farewell amor” del año pasado, que puede verse en MUBI, donde presenta el peculiar reencuentro en Estados Unidos de una familia angoleña, expulsada de su país por la guerra civil.

En México, destacan propuestas interesantes, como “Te llevo conmigo” (Heidi Ewing), que narra la historia de Iván y Gerardo, que se conocen y se enamoran en la Puebla homófoba de los 90s, y migran por separado a Nueva York, para reencontrarse y montar un restaurante. Si bien se muestran las peripecias para cruzar la frontera, son los sueños la guía en ese viaje, a veces sin regreso, hacia el norte. Por su parte, “Los lobos” (Samuel Kishi) ofrece una visión tierna y muy original, en una historia semiautobiográfica de magistral sencillez, construida desde el punto de vista de dos niños mexicanos que se sumergen en un mundo de imaginación y aprendizajes, encerrados en un diminuto departamento en Albuquerque, mientras su madre sale a trabajar para darles mejor vida.

El documental es rey

 

No se trata de confrontar géneros, pero es innegable que la frontera ficción-realidad se ha traspasado, y que ahora se puede contar una historia real diluida en las formas de la fábula cinematográfica y, al revés, una cinta ficticia con todo el pulso y las atmósferas del documental.

En la mencionada “Te llevo conmigo”, caemos en cuenta, ya muy avanzada la película, que las escenas de los dos protagonistas jóvenes son el pasado ficcional de un relato en presente de hombres de carne y hueso, que siguen juntos en el otro lado y disfrutan del éxito sin dejar de extrañar a su país. Hace sentido que su directora sea documentalista, al igual que Tatiana Huezo, directora de “Tempestad” y de la reciente “Noche de fuego”, felizmente seleccionada para representar a México en los Oscar, y que presenta una tremenda visión de la niñez en un entorno de violencia en una comunidad que podría ser cualquiera del país, donde el peligro siempre está latente y sabemos que es real. Por cierto, “Noche de fuego” tendrá una proyección especial en el recién inaugurado 19° Festival Internacional de Cine de Morelia.

rrg