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Por la gloria de mi equipo
Castillo, con su exposición #FootballEs, me recordó la belleza de esos brutos encasquetados, ese gritar hasta la ronquera a ídolos que sólo serán jugadores cinco años y después serán personas normales.

¿Por qué nuestro arte y nuestra literatura visitan tan poco Los Deportes? ¿Por qué no hay grandes novelas, cuentos increíbles, series plásticas, instalaciones o películas ni de futbol soccer, nuestro deporte nacional? Y no me vengan con Juan Villoro, casi el único valiente que le entra al tema. Carlos Chimal es otro y la editorial Ficticia tiene una colección dedicada al deporte, poco más.
Tampoco con nuestro pobre palmarés, que del fracaso salen mejores historias que del triunfo.
¿Dónde está el arte sobre Los Deportes? Lo pongo así con mayúscula para que se lea con la ceremonia adecuada.
La semana pasada visité una exposición fotográfica que merece ser recordada no sólo por su rareza. Alguien capturó la belleza de un deporte. Mario Castillo con su exposición fotográfica #FootballEs me recordó la belleza de esos brutos encasquetados, ese gritar hasta la ronquera a ídolos que sólo serán jugadores cinco años y después serán personas normales. Porque eso dura apenas la carrera de un jugador estudiantil: lo mismo que una licenciatura.
Futbol americano mexicano suena a contradicción de términos, pero hace algunas décadas era un deporte más popular que el soccer. Hoy sigue siendo el deporte amateur más popular, el único que puede llenar el Olímpico Universitario un sábado a las 10 de la mañana cuando se juega el clásico, el de verdad, entre Pumas y Burros Blancos o Águilas Blancas del Poli.
Mario lleva años cubriendo las ligas nacionales de futbol americano y sus placas son las de alguien que está dentro del terreno. Tiene ese ojo.
En las fotos de Mario hay mucha épica, una que tal vez raye en la cursilería para quien no es cercano al mundillo del emparrillado nacional, porque para los que somos aficionados da justo en el centro de nuestros corazones tackleadores.
En mi casa sólo se habla con seriedad de tres temas: libros, política y deportes. El último tema era el más importante por la importante razón de que era el que más consumíamos.
Cada vez que conozco a alguien que no creció apoyando algún equipo, que es alérgico a ver juegos en la tele y que considera estúpida la pasión deportiva, siento que estoy hablando con un extraterrestre o acaso con una planta. Por los dioses: no tuvieron infancia y no tienen alma. Diría que no se puede confiar en ese tipo de gente, pero me quedaría sin varios amigos.
Sé que no estoy sola. En México no somos atléticos, pero bien que se nos da eso de ser fanes de Los Deportes.
Los Deportes varían de familia a familia. Existe la familia unideportiva (sólo futbol y todos a América, por ejemplo. Pobres.) y existe la variedad olímpica (todos son maratonistas, triatlonistas, ironmen/women y además ven hasta el billar).
En mi casa, Los Deportes eran y siguen siendo cuatro: el futbol americano, el soccer (siempre le hemos dicho así, soccer, porque para nosotros es el hermano feo del verdadero futbol), el box y el beisbol. Bueno, el beisbol me gusta sólo a mí.
Mi padre puede hablar de muchas cosas, pero su tema default es el futbol americano. A veces dice que aprendió a leer para saber de qué trataba La familia Burrón, a veces que para poder leer el Esto. Las versiones pueden variar, pero consideremos esto por un momento: un niño aprende a leer para poder seguir los resultados de su equipo favorito. Poesía.
¿Qué equipo? Pumas, con sus cascos dorados como guerreros aqueos. Mi papá cuenta que estuvo presente en el primer partido en Ciudad Universitaria y que fue amor a primera vista. Aunque tenía cinco años de edad y todavía no comprendía el juego; aunque creció a unas cuadras del Politécnico, acérrimo rival de Pumas (sólo los rivales deportivos son acérrimos).
Puede recitar resultados de temporadas completas de hace 40, 50 años; ve hombres de pelo blanco en la calle y dice Ése es fulano de tal, linebacker de fábula de Ciencias Químicas. Bueno para el tochito (el equivalente a la cascarita del soccer, fue una forma de rito de paso para los hombres de la generación de mi papá. Era un deporte serio en aquellos tiempos).
A mi papá le gusta llevar su portafolio en las manos. Es como llevar un balón , nos dijo como explicando dos más dos a un chango.
Entiéndanme: no tuvimos escapatoria. Mis hermanos jugaron americano desde la primaria. Me negué a ser porrista y el sudor deportivo nunca fue lo mío. Mi pasión es más contemplativa. No soy poeta, pero si lo fuera habría ya dedicado una colección de sonetos al emparrillado, a las diagonales, a la línea, el core, los jafs y el ful.
Salí de #FotballEs muy agradecida. Como que Mario comprende a todos los que nos conmovemos con una carrera de 100 yardas como si escucháramos el mejor movimiento de la mejor sonata de Beethoven.
Por la gloria de mi equipo el espíritu hablará.
#FootballEs se puede ver hasta el 30 de septiembre en el Centro Cultural Futurama, en Otavalo 7, esquina con Av. Instituto Politécnico Nacional, Lindavista.
concepcion.moreno@eleconomista.mx