Fue sorpresiva la cantidad de asistentes al homenaje de cuerpo presente para el antropólogo, filósofo y lingüista Miguel León-Portilla en el Palacio de Bellas Artes, donde, desde las 10 de la mañana, comenzaron las honras fúnebres para el tlamatini de México.

En la parte alta de Bellas Artes se habían colocado las coronas con cintas a título de la Secretaría de Cultura, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En la parte baja reposaban los arreglos florales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Patronato del Ateneo Español, la Academia Mexicana de la Historia y El Colegio de México, entre otras instituciones para las que León-Portilla fue fundamental como miembro o colaborador.

Gran parte del público llevaba entre los brazos algunos arreglos florales, viejas fotografías o ediciones de los tantos libros que fueron autoría del finado, sobre todo, ejemplares de la Visión de los vencidos, su obra fundamental. Otros tantos abrazaban el periódico con las noticias sobre su deceso.

El coro de Solistas Ensamble entonó una serie de temas dedicados al más prolífico intérprete y divulgador de la cosmogonía náhuatl. Se leyó poesía en distintas lenguas para honrar al dador de voz de las comunidades originarias del país.

Cuando muere una lengua, / ya muchas han muerto / y muchas pueden morir, recitaba la poeta Nadia López García en mixteco y español, para evocar el poema de León-Portilla; lo propio hicieron otros bardos en lenguas indígenas, como Juventino Gutiérrez, en mixe; Alejandra Cruz, en totonaco, y Víctor Cata, en zapoteco. Iván León Javier, por su parte, declaraba en nahua y traducía: Las puertas son para abrirse no para cerrarse / si las cerramos impedimos que los dioses nos visiten.

“¡Bravo, maestro!”

A las 12 en punto, se hizo el silencio. Los edecanes de seguridad del Palacio de Bellas Artes abrían paso entre la gente que esperaba al pie de la escalinata.

La carroza se empezaba a asomar por entre las puertas centrales del palacio. Cámaras fotográficas y de video se agrupaban en el exterior, mientras que otro tanto de los medios esperaba a las orillas de la alfombra roja.

La caja fúnebre color caoba ingresó al recinto flanqueado por un sentido aplauso.

“¡Bravo, maestro!”, gritaron varias veces a su paso. Los restos eran acompañados por Ascensión Hernández, viuda del prócer; María Luisa León-Portilla, su hija, y Gerardo Hierro, yerno del lingüista, así como Beatriz Gutiérrez Müller, directora del Consejo Honorario de la Coordinación de Memoria Histórica y Cultural, y el rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers.

En tanto el aplauso colectivo se resistía a ceder, Gutiérrez Müller y Graue Wiechers acomodaban una bandera mexicana y otra de la UNAM sobre el féretro. Junto con la secretaria de Cultura federal, acompañaron a la viuda a montar la primera guardia.

Había aplausos y vítores entre el público, mientras algunas personas se secaban las lágrimas tímidamente.

“El doctor León-Portilla dio voz a los vencidos, destapó un cesto que se mantenía olvidado y lo puso sobre la mesa para que supiéramos que ahí había pensamiento filosófico, literatura indígena, erotismo, al nivel de las más grandes civilizaciones (...) seguiremos honrando su legado para que siga floreciendo su palabra, su filosofía, que es la que permite reconocernos en nuestra complejidad y nuestra diversidad. Nos queda construir los caminos fértiles de esa riqueza indígena, nuestra más grande riqueza, para que nunca más sea una visión vencida”, declaró Alejandra Frausto visiblemente conmovida.

La ceremonia era atestiguada por miembros de la comunidad artística e intelectual de la talla de los historiadores Javier Garciadiego y Antonio Saborit, los arqueólogos Leonardo López Luján y Eduardo Matos Moctezuma, la lingüista Concepción Company, el violonchelista Carlos Prieto, los poetas Eduardo Lizalde, Vicente Quirarte y Jaime Labastida. También asistieron funcionarios de Cultura como Natalia Toledo, subsecretaria de Diversidad Cultural; Susana Harp, senadora de Morena por Oaxaca; Marina Núñez Bespalova, subsecretaria de Desarrollo Cultural, y José Alfonso Suárez del Real, secretario de Cultura de la Ciudad de México.

“Fue gracias a su ánimo de comprensión, de tolerancia y al respeto que le caracterizaban, que don Miguel pudo entender la otredad a través de las diferencias con lo propio. Nos enseñó un camino para construir un nuevo futuro a partir del encuentro de dos culturas de orígenes distintos, de culturas diferentes y de ánimos confrontados. Nos enseñó que del encuentro de esos dos mundos puede nacer una nueva raza que transforme el sentido de nuestra nación”, declaró el rector de la máxima casa de estudios, quien, además, destacó que León-Portilla recibió más de tres decenas de doctorados honoris causa de universidades de México y el extranjero, así como más de 150 premios de todas las latitudes, publicó más de 500 artículos de investigación y poco menos de medio centenar de libros, 31 de ellos traducidos a distintos idiomas; nada más la Visión de los vencidos se tradujo a 20 de ellos, acumulando en 60 años de existencia un tiraje de 600,000 ejemplares.

Ceremonia prehispánica

Un grupo de concheros fue invitado a montar una guardia de honor. Todos ellos, ataviados con altos penachos, rodearon el féretro, hicieron sonar sus instrumentos e iniciaron una ceremonia alrededor de los restos del antropólogo. El momento fue por demás emotivo. De nuevo la gente se arremolinaba para presenciar la ceremonia, se secaba las lágrimas con una mano mientras que con la otra se abría paso, celular en mano, para registrar el momento.

Los restos abandonaron el Palacio de Bellas Artes a las 2:30 de la tarde. De nuevo se dejaba escuchar el gran aplauso. Al pie de las escalinatas de la explanada, los concheros le daban el último adiós a aquel que con su trabajo devolviera mucha de la identidad prehispánica a la historia del país.

A partir de este viernes, sus restos descansarán en el Panteón Francés.

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