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Perfectos para nosotros
Fui al concierto de OV7 y Kabah para tomar nota de mi generación.

Así que, esta es la cosa: crecí con OV7 y Kabah. No era su fan, nunca me gustaron, pero ahí estaban. Todo el que haya crecido en los 90 me entenderá: los tipos eran ubicuos. Entrabas a una tienda: "Al pasar". Subías a un taxi y en el radio "Shabadabada".
Recuerdo que en 1998, cuando vinieron los Smashing Pumpkins, una compañera de la prepa quiso celebrar la ocasión cortándose el pelo casi a rape como Billy Corgan. Resultado: todas las mocosas de la escuela le decían que se veía muy guapa "como Federica", la lidercita de Kabah.
Pues sí, carajo. Ineludibles es poco.
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Como todo mundo me enteré del reencuentro de los dos grupos pop claves de los 90. El asunto me pareció apresurado.
¿Acaso los millennials ya estamos en posición de tener nostalgia? Para mi sorpresa, así es. De pronto me empezaron a llegar invitaciones de gente que yo creía de gusto impecable. "¿Vamos? Cantamos 'La calle de las sirenas' y nos salimos".
Pensé que la locura no duraría mucho. Oh, qué equivocada, que out of touch. La bola se hizo cada vez más grande. Cinco, diez, quince veces se llenó el Auditorio Nacional. ¿Y para qué?, pensaba yo, ¿para ver el mismo espectáculo que se puede apreciar en videos de YouTube?
Tenía que verlo para entender porque de aquel horror la gente tenía nostalgia. Y fui.
Entrenando con miss Gon
Esta es Gon: mujer en sus 30, independiente, de ánimo empresarial y entusiasta. Fue ella quien finalmente me convenció de ir al show de OV7 y Kabah.
Gon tiene un interesante concepto: la culerirola. Culerirola es toda aquella canción que, aunque detestes de corazón, te la sabes. Están por ahí, flotando en el disco duro, y en cuanto suena estás cantando con toda la rabia. Toda mi experiencia OV7/Kabah es puramente culerirola.
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Para ponerme en condición de disfrutar el concierto, Gon me puso por tarea aprenderme tres canciones, todas de Kabah (al parecer el campamento entre kabahnianos y ovesetences sigue dividido a pesar de la gira conjunta). El menú: el himno motivacional "Una ilusión"; la más rocker "Florecitas" y "La calle de las sirenas", que algo tiene de grito de guerra generacional; se ha convertido en canción de bodas.
Me las aprendí. Hasta fue divertido. También revisé el repertorio de OV7 pero llegué a dos conclusiones después de ver los videos del concierto en You Tube: a) los de OV7 cantan mejor (no por nada son egresados de la mente de Julissa, gran productora pop), pero los de Kabah tienen mejores canciones. Y b) hay cosas peores: podría estar viendo a Jeans para tratar de entender a mi generación.
La lucha es real
Cuando llegamos al Auditorio Nacional era obvio que el lugar era un lleno. Ya dentro me enteré de que la del miércoles era la vez 19 que llenaban el Auditorio, lo que significa que casi 200, 000 personas en esta ciudad piensan que OV7 y Kabah son perfectamente fantásticos.
¿El público? Predecible: mujeres en sus 30 y los últimos 20. Algunas señoras. Niños con sus papás, la primera generación salida de padres mileniales.
Los OV7 salen primero al ruedo y lo único que puedo articular es: ¿QUÉ ESTÁ PASANDO? La gritería puede tirar el edificio. Público tan entregado solo he visto en pocos conciertos y eso que los mexicanos somos efusivos.
Algo he de admitir: tanto OV7 como Kabah tienen ese sabor que los hace estrellas pop. Pueden manejar a una multitud a su antojo. Si así continúa el concierto, vamos bien.
Llevo una playera de Iron Maiden como una especie de chiste interno que a nadie le hace gracia. Mi alerta culerirola se prende, pues Gon tiene razón: ahí, en el fondo de mi inconsciente, me las sé casi todas. Al menos las puedo tararear.
Pero mi lucha es real. No quiero que me guste, no quiero que me guste, y de pronto ahí estoy, bailando la coreografía de "No es obsesión", como las otras 10, 000 personas que me acompañan.
"Afloja, Concha", pienso. Y aflojo. Y comienzo a sentir el flow, como dicen los reguetoneros.
Bien que las canté
Y sí, bien que canto. Cuando llegan "Florecitas" y "Una ilusión", soy la dueña del bar. Nadie me quite le micrófono. Canto, grito, hasta bailo. El saldo, al día siguiente, es notable: estoy ronca como nunca he enronquecido en un concierto de Radiohead.
Las emociones son reales, a pesar de que, entiendo después de varias canciones, el espectáculo es unidimensional. Los grupos cantan sus hits, a veces solos, a veces mezclados. La magia se esfuma al poco. Me aburrí pronto.
Ellos mismos se disparan en el pie: hacen interludios en los quieren hacerle al conductor comediante y la verdad es que no tienen ninguna gracia.
¿Cantan? Sí, todos es en vivo, la ocasional desafinación lo demuestra. El poder vocal de María José, de Kabah, explica por qué es la única que tiene una carrera exitosa. Kalimba, el que logró emerger de la tripa de OV7 para ser un solista exitoso, luce poco en el conjunto.
La experiencia es como tomarse un shot: lo apuras y tendrás una borrachera rápida y breve. Si no te sabes bien las canciones serás siempre un outsider de esa locura colectiva, pues es cierto que la mayor parte de la gente nunca se sienta y gritan a lo loco cada vez que sale en escena Ari Borovoy.
19 Auditorios y los que se vienen. Salgo del concierto entendiendo que a mi generación el botón de la nostalgia se le prendió pronto. Quisiera decir que entiendo más a mi coetáneos. Aventuro: somos una generación de consumidores, nos gustan los productos brillantes y bonitos. Pero then again, eso también se puede percibir en los conciertos de rock: la gente siempre quiere los hits. Dos grupos como OV7 y Kabah, hechos de hits, son perfectos para nosotros.
concepcion.moreno@eleconomista.mx
erp