Cumplí 47 años y no sucedió nada.

A los 2 días, sin embargo, la vejez me asaltó con una patada voladora propia de Blue Demon, el Demonio Azul, el más rudo de los rudos, ese que era capaz de vencer a los mismísimos Cerebros Infernales.

Y no es que antes, aquel joven o aquella muchacha, no me dijeran señor , maestro e, incluso, don . O me hablaran de usted. Sí, hace algún tiempo la mayoría de las personas, sobre todo las recién conocidas, me tratan con ese falso respeto con el que se suele hablar a la gente mayor.

Y si al principio les decía que me tutearan, al final me acabó dando lo mismo.

Yo, como la mayoría de los muchachos, nunca pensé envejecer. O bien creía en ese tópico griego que señala que los amados de los dioses mueren jóvenes , o bien me burlaba de mi propia condición, repitiendo: la juventud es un mal que se cura con el tiempo .

Dadas las múltiples fracturas que he padecido, las cirugías que me han practicado, las enfermedades mentales o químicas que sufro, sumado a que nunca me he sometido a chequeos médicos preventivos, a que como, bebo y fumo como si fuera inmortal, morir antes que envejecer me parecía lo más normal según mi naturaleza.

Por eso no entendía a mis amigas de generación que, por mantenerse lozanas, se han dejado meter cuchillo y agujas para parecerse cada vez más a Lucía Méndez, a Lyn May o Alfredo Palacios; por eso tampoco comprendía a mis amigos que, en apariencia sanos, van con regularidad a medirse la cantidad de triglicéridos, el tamaño de la próstata, los ritmos cardiacos, el azúcar en la sangre, mientras unas y otros se buscan amantes cada vez más jóvenes, de la edad de sus hijos e hijas.

Eso de envejecer sin dignidad o negarse a envejecer me parecía abominable, propio de quienes buscan torcer el destino en los términos griegos del concepto y, por hacerlo, lo aceleran, lo fortalecen, le dan absoluta vigencia.

Pero tras la patada voladora de Blue Demon llegué a varias conclusiones: la primera, que los dioses de la Grecia antigua no existen o yo no soy uno de sus favoritos; dos: vivimos en una sociedad que privilegia a los jóvenes por encima de los viejos y, de aquí que, en mis mocedades, me revelara contra mis contemporáneos, creyendo más en la experiencia que en la juventud; tercero: la vejez es un mal que se cura con el tiempo.

Así, a partir de hoy me deja de parecer frívolo aunque tal postura sea de pésimo gusto que los hombres y mujeres se pinten las canas, que los pelones se cubran el cráneo con bisoñés color zanahoria, las colitas de caballo, que los cincuentones utilicen tangas en la playa, arete en la oreja; las dietas brutales para bajar de peso, las horas en el gimnasio, la liposucción, que las cuarentonas, cincuentonas o de la edad que sean se injerten implantes en pechos y glúteos; las cremas rejuvenecedoras, la toxina botulínica, el jugo de nopal, el omega 3 o que tal o cual octogenario utilice un auto deportivo y descapotable.

Yo, por mi parte, voy a seguir comiendo, bebiendo y fumando como si fuera inmortal; para subir mi autoestima, sin embargo, me gasté mis ahorros en relojes, ropa y plumas de marca y, lo más importante, contraataque al Demonio Azul con unos anteojos para la vista cansada, pues a 2 días de mis 47 me di cuenta que ya no podía leer la letra pequeña.