En este mes que comienza habita la incertidumbre. Salir o no salir.  Esa es la cuestión. Creer o seguir siendo descreídos. Porque no sabemos nada. De lo único que estamos seguros es que junio es el sexto mes del año, estamos a la mitad.

No hay vuelta de hoja y el futuro no existe, así que vayamos para atrás, que está de moda.

En la más lejana antigüedad, dependiendo de gobernantes y lugares, cambiaban fechas y nombres.  En el calendario albano, por ejemplo, junio tenía 26 días, durante el reinado de Rómulo 30 y cuando Numa decidía los destinos de la Roma, 29. Tenía que llegar Julio César, como siempre, para ordenarlo todo y disponer que en el calendario juliano (que era suyo y hoy es nuestro) el mes de junio tuviera, para siempre, 30 días. El nombre significa sencillamente “consagrado a la diosa Juno”, la celosísima esposa, de Júpiter; jefe máximo de todos los dioses y también el de moral más distraída. Increíble paradoja que se creyera era el mejor mes para casarse y Juno estuviera consagrada como la protectora del matrimonio, regente de la familia y diosa de la vida doméstica. (Sirva esto como advertencia para que los solteros casaderos se apresuren a rectificar o a planearlo todo rápido. No vaya a ser que tengan que esperar a que termine la próxima epidemia).

En junio hay hechos y efemérides que por estar a la mitad no están ni arriba ni abajo y no se han celebrado siempre. Como ejemplo basten algunos botones: se dice que Sócrates, el famosísimo filósofo griego, nació un 5 de junio del muy lejano año 470 a.C.). Maestro de Platón, creador de la Mayéutica – el arte de saber preguntar correctamente para enseñar y aprender- fue hijo de una partera y se cuenta que solía pasear por el Ágora, aleccionando a quien supiera oírle. Muy preocupado por los sofistas –falsos filósofos que enseñaban la inutilidad y el desatino de la vida y cobraban por sus servicios- se dedicaba a dar lecciones gratuitas principalmente sobre la recta manera de comportarse. No es extraño pues, como escribió Platón, que sus últimas palabras, antes de que la cicuta acabara de matarlo, fueran: “Por favor que alguien se ocupe de devolverle a Crito el gallo que me prestó”. Ya sabrá usted, lector querido, si quiere organizar un tertulia en su honor el viernes.

Cuenta la Historia también –como inspiración para festejar lo lejano o lo cercano--  que fue un 1 de junio, durante una reunión en el café Cabaret Voltaire de Zurich, Suiza, en el año 1916, cuando un grupo de jóvenes intelectuales, inconformes, contrarios a los horrores y estrategias de la Primera Guerra Mundial decidieron construir un movimiento artístico completamente revolucionario. Lo denominaron dadaísmo, que provenía del término "dadá", haciendo referencia a cómo balbuceaban los bebés. Proponía, para escribir, una estructura similar. Literalmente, eligiendo palabras impresas en periódicos, para recortarlas, pegarlas aleatoriamente y así crear una obra revolucionaria. El movimiento, que se desarrolló en Europa con gran éxito, defendía la libertad del hombre, la espontaneidad y la destrucción de la burguesía y los conceptos tradicionales del arte. En su manifiesto, firmado por Tristán Tzara podía leerse lo siguiente:

“Para lanzar un manifiesto es necesario: A, B, C.  Irritarse y aguzar las alas para conquistar y propagar muchos pequeños y grandes a, b, c, y afirmar, gritar, blasfemar, acomodar la prosa en forma de obviedad absoluta, irrefutable, probar el propio non plus ultra y sostener que la novedad se asemeja a la vida como la última aparición de una cocotte prueba la esencia de Dios. En efecto, su existencia ya fue demostrada por el acordeón, por el paisaje y por la palabra dulce. Imponer el propio A.B.C. es algo natural, y, por ello, deplorable. Yo escribo un manifiesto y no quiero nada y, sin embargo, digo algunas cosas y por principio estoy contra los manifiestos, como, por lo demás, también estoy contra los principios, decilitros para medir el valor moral de cada frase. Demasiado cómodo: la aproximación fue inventada por los impresionistas. Escribo este manifiesto para demostrar cómo se pueden llevar a cabo al mismo tiempo las acciones más contradictorias con un único y fresco aliento; estoy contra la acción y a favor de la contradicción continua, pero también estoy por la afirmación. No estoy ni por el pro ni por el contra y no quiero explicar a nadie por qué odio el sentido común.”

Y fue así como en aquel primer día de junio el mundo asistió a la creación de la primera de las Vanguardias del siglo XX. Un movimiento que terminaría generando otros, y tan importantes como el futurismo, el surrealismo y el estridentismo mexicano. Es decir, el rompimiento que posibilitaría la existencia del arte contemporáneo. Y dicen que la fiesta estuvo increíble.

Si lo agobia el desaliento, todavía hay más:

Hoy es Día de la Marina, junio es mes de poetas mexicanos que empieza con Tablada, se detiene con Ramón López Velarde, cierra con Eduardo Lizalde y conmemora la inauguración de la Torre Latinoamericana.

Empezando hoy existirán muchos festejos y razones. Usted decide.