A finales del siglo pasado, un profeta del INAH aseveró que, en el milenio venidero, México dejaría de depender del petróleo como su fuente principal de ingresos. Tenía razón, estamos por cerrar un trato para importar 100,000 barriles de petróleo diarios de Estados Unidos. Predijo que el futuro de la Nación se encontraría en el turismo cultural. Y podría haber tenido razón.

El funcionario era el responsable del patrimonio histórico del Estado de México. No intenté preguntarle sobre las intenciones que tenían de convertir a Teotihuacán en Disneylandia lo que la sociedad civil evitó ni por el intento de poner un Walmart a un lado de dicho centro ceremonial, lo cual no se pudo evitar, aunque tiempo después las autoridades de Estados Unidos demostrarían un montón de actos de corrupción de esa cadena en nuestro país.

Pero mi amigo Marcovich que es más aguerrido que yo lo cuestionó acerca del descuido en que se encuentran los cientos de sitios resguardados por el INAH y, el burócrata, despreocupado, le respondió que el Instituto sólo contaba con tan sólo 8 inspectores para el vasto territorio del Estado de México.

En los últimos años hemos visto cómo los sitios con valor arqueológico, arquitectónico o natural, han sido devastados en el país. El recurso cultural ha sido suplantado por cadenas comerciales, las tiendas de convivencia han sustituido a las tienditas de la esquina y no pocos cleptócratas se han apropiado de haciendas y sitios de valor histórico para sus residencias particulares y hoteles de lujo.

La globalización le ha ganando de manera contundente a la diversidad cultural. De Mérida a Ensenada es posible oír la misma canción, comer la misma hamburguesa, ver la misma película en el mismo tipo de cine, leer el mismo libro comprado en librerías que venden lo mismo y ver a los jóvenes vestirse e, incluso, tatuarse con modelos casi idénticos.

Pero, aún así, queda mucho por defender. Por ejemplo, en Valle de Bravo, ese pueblo que la Secretaría de Turismo bautizó como mágico , donde coexiste un extenso bosque siempre amenazado , un lago artificial, mariposas que insisten en atravesar medio continente para ir a retozar en sus oyameles, una comunidad otrora tranquila y amable, el recuerdo de un Festival de rock, también posee una zona arqueológica que pretende ser convertida en estacionamiento de una Bodega Aurrerá. Es decir, ahí mismo quieren construir un supermercado de la misma Walmart, cuyos socios insisten en tapar los vestigios históricos del país.

Y ya la están construyendo y la construirán. No importa que el sitio arqueológico de La Peña, que cuenta con un polígono que delimita la zona y que está registrado ante la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas del INAH y que, por tanto, se rige por Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.

Dicha Ley, como casi todas, es muy mona y habla del interés social y nacional, de disposiciones de orden y de utilidad pública, e involucra a instituciones venerables como la SEP, el INAH, el INBA, así como a las autoridades municipales y estatales e, incluso, particulares. Menciona que los monumentos arqueológicos son propiedad de la Nación, inalienables e imprescriptibles, y amenaza con la cárcel a sus profanadores.

La historia de este conflicto es larga, pero se acaba de solucionar de manera expedita con tan sólo reportar al predio en cuestión como Lote baldío . Así nomás. La obra constructiva de la plaza comercial se va a llevar a cabo, haciendo caso omiso a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.

Ahí mismo, sin embargo, no hace mucho un candidato a gobernador por el Estado de México se comprometió ante Notario Público a resguardar la zona y fundar un Museo de sitio me comentan los vecinos de aquel pueblo que ahora, nuevamente, se reúnen, discuten, acuerda y hacen lo que se puedan por defender un patrimonio que para ellos no es suyo, sino de la humanidad.