Interesa hablar de Mafia Life. Amor, muerte y dinero en el corazón del crimen organizado (Ed. Malpaso, 2017), del italiano Federico Varese, porque el libro tiene el potencial de ser muy leído en México. Y lo tiene porque, en nuestro país, se ha venido creando de forma sostenida un amplio público consumidor de historias sobre crimen. El listado de novelistas, periodistas, académicos y académicas que escriben sobre el tráfico de drogas es cada vez más amplio.

El problema es el enfoque. La mayoría de las veces, las y los autores asumen una postura absolutamente acrítica, que da por sentados varios discursos construidos por los gobiernos de México y Estados Unidos durante años. Por ejemplo, la existencia de cárteles poderosísimos que ponen en riesgo al Estado; de narcotraficantes míticos, que rayan en lo caricaturesco, con historias de aventuras propias de una cinta de acción, o de una telenovela. Y de la idea de que esos grupos podrían ser tan poderosos que llegarían a poner en riesgo al Estado.

En cambio, hay una corriente de pensamiento en México que desde hace unos años está cuestionando tal idea. Destacaría a tres autores mexicanos: Luis Astorga (Seguridad, traficantes y militares; y Mitología del “narcotraficante” en México), Fernando Escalante Gonzalbo (El crimen como realidad y representación: contribución para una historia del presente) y Oswaldo Zavala (Los cárteles no existen). Al revés de la vocinglería, ellos han documentado cómo la idea de un supuesto “narcotráfico ultrapoderoso” ha sido interesada y añosamente construida por los estados mexicano y estadounidense, con el objeto de ocultar que la violencia, el miedo social, la explotación de los recursos naturales, es prácticamente obra de la confabulación entre los propios estados con múltiples entes privados.

Bajo ese lente, que entiende a los grupos criminales como entidades sujetas al Estado o que de plano trabajan con él, he leído Mafia Life.

El libro cae dentro de las crónicas del tipo “yo estuve ahí”. Así, el autor viaja a Italia, Rusia, Japón y Estados Unidos, para conocer de primera mano lo que pasa dentro de la Camorra, la Cosa Nostra y la Ndrangheta, de la Solntsevskaya, de la Yakuza, y de la mafia italoamericana. Y el recorrido ofrece comentarios interesantes, como el caso de un banco inglés que ayuda a unos traficantes italianos, o la profunda estructura heteropatriarcal de estas organizaciones, o bien, cómo la representación de ellos en las películas es adoptada por los propios traficantes. Sin embargo, el libro tiene una contradicción central. Dice, por un lado: “La pasión y la venganza caracterizan la mente de los mafiosos mucho más que la fría planificación de los negocios”. Pero por otro: “Es un error ignorar su potencial para constituirse en estados”. ¿Una banda de traficantes que se deja arrastrar por sus emociones puede poner en riesgo a un Estado, que dispone poderes establecidos, constitución, territorio, soberanía, instituciones, presupuesto, policías, ejército?

El libro da por buenas las ideas ampliamente difundidas sobre las organizaciones criminales. No las interroga. Por lo tanto, la principal lectura que se desprende de Mafia Life sería una contradicción: aunque se trata de un asunto de policías y ladrones, al mismo tiempo tiene el potencial de poner en riesgo a los propios estados. Y en realidad las cosas son mucho más complejas. Tal como los autores mexicanos arriba citados sí han, minuciosa y sistemáticamente, mostrado.