Con la ópera Carmen de Marcelo Lombardera –inexplicablemente puesta en el Teatro Julio Castillo y no en Bellas Artes vamos a trompicones del Teatro del Absurdo a la Ópera del Absurdo . Es una Carmen convertida en un quilombo, sobre todo por sus incongruencias de circunstancia y tiempo. Esta obra deja mucho que desear y representa una perdida del rumbo en ese afán obsesivo compulsivo por ser moderno .

El punto es este: Por qué no crear óperas nuevas, con música contemporánea, que reflejen los problemas vitales y los gustos de hoy.

Pueden ser todo lo modernas que se quiera. Por qué ensañarse con Carmen y deformarla, siendo que es una obra bien lograda, redonda, compenetrada de situaciones y valores de su época. Valores con los que podemos estar de acuerdo o no, pero que el autor propuso y el público consagró.

Para colmo de males, Lombardera vino a México en el contexto de la peor administración cultural de que se tenga memoria. Basta ver el desastre en que está el Teatro Julio Castillo donde esta ópera se presenta: el estacionamiento destruido, con montones de tierra, tubos, pedazos de concreto, por todos lados. Y los sanitarios, de los portátiles, colocados afuera del recinto en una exhibición de pésimo gusto.

El Julio Castillo es la fiel imagen del INBA bajo la dirección de Teresa Vicencio. Porque ¿a quién se le ocurre montar esta Carmen literalmente sobre el cascajo? Es una falta de respeto. Debió ponerse en Bellas Artes, definitivamente.

Al respecto, Ramón Vargas fue contundente: Ahora van a hacer Carmen en el teatro de allá (señaló el Julio Castillo). ¿Sabes por qué? Porque el Teatro de Bellas Artes está ocupado. Ya se volvió como el salón de fiestas nacional. Todo mundo lo puede alquilar. El Palacio nació para la ópera, la orquesta sinfónica y el ballet. Y eso es lo que menos se presenta .

Hay que reconocer que Lombardera hace una interesante lectura al montar esta Carmen en su versión original de opéra-comique. O sea, con diálogos hablados en lugar de la común representación con recitativos. De este modo se obliga a poner más atención en el aspecto actoral y en la fuerza dramática. Ese es un acierto, de ahí que las actuaciones de todos los cantantes –unos más, otros menos hayan sido buenas; en especial Luisa Francesconi (una Carmen de voz cálida) y Dante Alcalá (Don José) que esta vez sí se esforzó.

Los aspectos estuvieron bien cuidados. El coro funcionó con buen empaste y afinación. Fueron un acierto la coreografía, la escenografía, la música y no se diga el canto. No obstante la obra no termina de convencer y el público se notó un tanto desconcertado.

Y esto se debe a los absurdos. El primero es que al desplegarse las notas de Bizet el público se encuentra con personas vestidas con la indumentaria y los abalorios de la fauna urbana moderna .

Las obras son hijas de su tiempo, y esto es por los valores que las sustentan. A quién se le ocurre hacer una Carmen feminista (o no machista) cuando ese concepto ni siquiera estaba en el horizonte conceptual de la época. Menos en una comunidad gitana tradicionalmente patriarcal. Además, el contrabando a que se dedica la banda de Carmen no es cualquier cosa: era un delito en esa época que hoy equivale a narcotráfico. De esto nada menciona Lombardera.