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Arte e Ideas

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Nuestra contaminante industria editorial

Los editores le dan nombre a todo el sector, pero también lo opacan con su ausencia. Aquí, un par de ejemplos.

Hay que admitirlo, nuestra industria editorial también contamina. Y no me refiero a las sustancias químicas que genera la elaboración del papel o las tintas, tampoco al dióxido de carbono que dejan de capturar los árboles que se talan para hacer?periódicos, revistas y libros. Y aunque sí me refiero al montón de basura que se publica, NO estoy hablando de lo que nuestras élites intelectuales suelen llamar basura (los best sellers y libros de autoayuda).

Es más, una parte de la basura de la que hablo la generan esas mismas élites, y es a veces la parte más sutil y perniciosa, porque se supone que es muy buena y que a los lectores debería gustarles o, al menos, interesarles.

Empezaré con un ejemplo grande con una basurita: Mario Vargas Llosa y la novela que publicó de manera casi sincrónica con su premio Nobel, El sueño del celta.

En esa novela hay un pequeño error de edición: la sonora y rotunda palabra rocambolesco aparece dos veces con una separación de alrededor de 30 páginas. Cualquier editor habría quitado una de las dos, y un editor joven quizá hubiera quitado las dos, ya que actualmente muy pocos ubican al personaje Rocambole del siglo XIX en Francia.

Pero hay un par de errores mucho más graves: aunque la novela está muy bien escrita, decepciona. Se siente larga y el personaje, al final, es inconsistente.

Parece que Vargas Llosa no tuvo editor o, si lo tuvo, a éste le faltó valor para decirle: Don Mario, haga la plana otra vez .

Y es que un editor es eso: un lector experto y con la autoridad para corregir al escritor, para decirle Esto no se entiende , Este personaje está plano , En esta parte me aburrí , Creo que al final le falta contundencia ...

Vargas Llosa probablemente no está acostumbrado a tener editores profesionales, pero en sus inicios, cuando en Barcelona era vecino y amigo de Gabriel García Márquez y José Donoso, tuvo mucha retroalimentación de lectores expertos.

Paradójicamente, esto lo sé por Aquellos años del boom, un gran libro producto de una extensa investigación del periodista Xavi Ayén, pero también un gran libro que quizá hubiera tenido 200 páginas menos si hubiera tenido un editor , me dijo el propio Ayén.

Los ejemplos de que en la aún llamada industria editorial faltan ese tipo de editores brincan por doquier. En libros malos, como El dios de Darwin, de Sabina Berman, y en libros buenos, como el reciente El címbalo de oro, primera entrega de la saga Flor Negra, de Ramón Valdés Elizondo.

Como el libro de Berman tiene tal cantidad de errores que merecería una entrega exclusiva de esta columna, veamos el caso de Valdés Elizondo y la traición que le hace la casa publicadora Océano, en cuyo sello Gran Travesía se publicó.

El címbalo de oro es una magnífica novela de aventuras y magia situada en el mundo maya prehispánico. Pero tiene algunos errores pequeños. Destaco uno: hay un momento en que dos personajes, como parte de un ritual, comparten una hogaza de pan ... Es el mundo prehispánico, el trigo aún no llegaba de Europa.

Es un detalle pequeño, y hay algunos otros, de no mucha importancia en medio de una buena historia. Mucho menos afortunada es la inclusión de una nota del autor que en dos páginas explica los méritos del libro y la investigación en que se apoya. Se vale, desde luego, pero ¿había que ponerlo ANTES de la historia? ¿Está bien decirnos que se trata de una novela entrañable y maravillosa antes de que la leamos? Como lectores, ¿no nos toca decidir eso? Creo que sólo si decidimos que es maravillosa y llegamos con suficiente interés al final de la novela se vale que el autor nos explique de dónde vienen sus ideas.

Poner esa nota del autor al principio parece un esfuerzo por cancelar la fantasía... Quizá se valga si el libro está dirigido a los adultos. Como lo hizo Jaime Montell al principio de Océlotl. El último sacerdote de Anáhuac, publicada por Grijalbo (2013).

Montell nos advierte que no trata de hacer una novela como tal, sino de explicar un tema de manera amena al público en general, sobre todo a aquél al que le interese explorar este momento de nuestra historia .

Y no, no hubo editor que le dijera que es al revés. Que una historia bien contada, que atrape al lector desde el primer párrafo y que le permita identificarse con los personajes tal vez haría que unos cuantos de entre esa inescrutable masa, que es el público en general, se interesaran por ese momento de nuestra historia del que tal vez antes no tenían idea.

Ahora, Océlotl tal vez tiene esa gran historia, pero no lo sé, porque, confieso, lo dejé de leer en la preliminar Nota del Autor.

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