“Hace año y medio analizábamos el tema del medio ambiente en el contexto de la pandemia y muchos de nosotros teníamos la percepción de que, aunque por la vía de la crisis, al final de cuentas había llegado un momento en que la sociedad y los tomadores de decisiones iban a darse cuenta de que había que tomarse en serio las consecuencias de nuestros actos como humanos de destruir la naturaleza y sus ecosistemas. Hoy a casi dos años de la pandemia debo de reconocer que nos equivocamos, lo que aparecía como una esperanza y oportunidad de pronto se desvaneció”, dijo la doctora Julia Carabias Lillo durante la mesa “La salud de los ecosistemas”, dentro del VI Encuentro Libertad por el Saber, La pandemia: retos y oportunidades, que organiza El Colegio Nacional.

En esta charla también participaron Rodolfo Dirzo Minjarez, de la Universidad de Stanford; José Luis Samaniego, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal); y José Sarukhán, titular de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio). Todos coincidieron en que ha sido difícil incorporar en el imaginario colectivo los elementos básicos de lo que pasa en el ecosistema cuando alteramos la cadena trófica y no las incorporamos como parte de nuestra realidad.  

Carabias Lillo, investigadora de la UNAM, miembro de El Colegio Nacional y una de las voces más respetadas en el campo de la biodiversidad, hizo una autocrítica: “No se entiende porque hablamos poco de ello, no hemos sabido transmitir el peligro de la pérdida de biodiversidad y la dependencia que tenemos en el correcto funcionamiento de los ecosistemas, de que sin los ecosistemas sanos no hay bienestar, no hay salud, pues de ellos depende el beber, vestir, comer, respirar; al destruirlos, estamos acabando con nuestra propia calidad de vida”.

Y dio un ejemplo: Cuando retiramos a los predadores, a los más altos de la cadena, entonces las presas aumentan en su población notablemente, sobre todo los oportunistas que son fundamentalmente los roedores, un grupo de especies hospederos de muchos organismos que al tener contacto con los humanos y brincar a ellos, pueden generar enfermedades porque se convierten en patógenos, este es el caso de lo que nos tocó vivir con este virus (SARS-CoV-2), que encontró en los humanos un excelente anfitrión y causó los inimaginables estragos.

“La ciencia ya nos ha dado la evidencia de las consecuencias de las alteraciones de los ecosistemas, también sabemos cómo evitarlo y esa es la parte del entusiasmo que a todos nosotros nos mueve”, dijo Carabias. Por ello desde El Colegio Nacional se insistió en la importancia de tomar seriamente las emergencias ambientales.

La pandemia no mejoró las tendencias hacia la sostenibilidad: Cepal

El doctor José Luis Samaniego confirma que la evidencia sobre la preservación de los ecosistemas no forma parte del reflejo de los tomadores de decisiones económicas y por lo tanto no necesariamente se le ve como una solución para el despegue económico o la integración social :en actividades de menor daño ambiental.

“Desafortunadamente hoy se puede ver que la pandemia no mejoró las tendencias estructurales hacia la sostenibilidad en la región”. Aunque el confinamiento por ejemplo redujo transitoriamente la contaminación local, ahora prácticamente en México nos encontramos en los mismos niveles de Emisiones de Óxidos de Nitrógeno hasta antes de la pandemia. “Para poder estar en camino del cumplimiento del acuerdo de Paris, hubiéramos tenido que sostener la caída de gases de efecto invernadero que fue del 7.6% durante el resto de la década”.

El especialista adelantó datos que vendrán en la próxima publicación de la CEPAL sobre el Impacto Ambiental de la Pandemia en América Latina y el Caribe. Dijo que los efectos del Covid-19 por efecto de la contaminación se ha documentado, hoy se sabe que en el peor de los casos hubo un incremento de la morbilidad y mortalidad de hasta el 15%, es decir, hasta el 15% de las muertes se hubieran podido evitar si los niveles de contaminación hubieran sido menores.

Otros efectos medibles fueron por ejemplo, la baja en los sistemas de transporte público (en México hasta un 44%) que aún no recuperan su utilización, esto se debe a que tienen altísimos niveles de motorización privada, las soluciones se dejaron en las manos del mercado y esto creó un problema doble; el desfinanciamiento de los sistemas de movilidad publica y el incremento en las tasas de motorización.

También al caer los ingresos de las familias, crecieron los asentamientos informales, en Chile se habla de un aumento de hasta 73.5% en cantidad de familias en asentamientos informales y 20.8% el número de campamentos. Además se profundizó la tasa de deforestación ilegal, se aceleró la extinción de especies y se aumentó el uso de plásticos. Para finales de 2020 se generaron alrededor de 585 millones de toneladas de residuos de este tipo.

En 2020 y 2021 el calentamiento global también tuvo fuertes impactos en América Latina y el Caribe, Sequias, bajas precipitaciones, temperaturas récord, olas de calor, incendios forestales, tormentas, huracanes, olas de frío y nevadas.

Finalmente en contraste, el gasto en protección ambiental sufrió un recorte del 35% desde 2016 a 2020 y bajó la participación de los presupuestos públicos del 0.4% a 0.2%, los principales casos están en Colombia, México, Brasil, Argentina y El Salvador. Además, aumentaron las presiones para desmontar la legislación y estándares ambientales.

Con esto, Samaniego concluyó que se siguen perdiendo oportunidades aunque la ventana no está todavía cerrada, “los sectores económicos tienen que interiorizar que la acción climática y protección de la naturaleza, son también sectores dinamizadores e inclusivos”. Dijo que hay fuentes de financiamiento disponibles como los bonos verdes, impuestos, o mecanismos fiscales ambientales que deberían ir dirigidos a servicios de mayor inclusión social y menor huella ambiental como las energías renovables, soluciones basadas en la naturaleza, o la restauración ecosistémica.

Por su parte, el doctor José Sarukhán, también miembro de El Colegio Nacional, habló sobre el Sistema Nacional de Información sobre Biodiversidad que incluye bases de datos ejemplares, imágenes de satélite, cartografía, monitoreo de ecosistemas, detección temprana de incendios, herramientas estadísticas, desarrollos bioinformáticos y redes de expertos nacionales e internacionales, eso lo convierte en uno de los instrumentos más importantes para la toma de decisiones en estos temas en el país y a nivel internacional.

Finalmente, el doctor Rodolfo Dirzo, de la Universidad de Stanford aseguró que tenemos un millón de especies en riesgo de extinción y aun para especies que no están en riesgo inminente de la extinción, hay el problema del declive, la caída natural de sus abundancias a nivel local. “Los ecosistemas sanos no son solo un patrimonio, también representan desde el punto de vista antropocéntrico, diversos servicios ambientales, como polinización, mantenimiento de agua, beneficios económicos y control de enfermedades”, concluyó.

nelly.toche@eleconomista.mx