Ingrid Constant Saavedra

Una hambrienta leopardo de dos años ve un babuino a la distancia. Sin dudarlo corre hacia él y lo muerde en la yugular. Es su primera caza sola; se muestra ansiosa por devorar a la presa. De la pierna del babuino se aferra un recién nacido: la leopardo acaba de matar a su madre. La leopardo elige no comer, y en cambio se lleva al cachorro. Lo lame, impide que se caiga del árbol; lo protege de las hienas. Alguien podría afirmar que la leopardo hizo lo moralmente correcto, pero ¿existe la moralidad en los animales? Llevemos el problema un poco más lejos: ¿la conciencia moral en los humanos se adquiere al nacer o se aprende socialmente?

El origen del bien

Los filósofos, psicólogos y biólogos se han preguntado desde hace siglos cómo es que llegamos a ser seres “morales”, que distinguen entre el bien y el mal, y en el mejor de los casos, optan por actuar de acuerdo con el primero. La moralidad nos resulta fascinante, aunque históricamente las sociedades han sentido repugnancia ante los actos “inmorales”. La moralidad puede estudiarse desde distintos enfoques: desde el aspecto teológico se piensa que una divinidad nos otorgó la bondad; desde la ética y la filosofía se examina cuál es la mejor forma en la que podemos conducirnos y cuál es la naturaleza del bien y del mal.

Pensadores como Rousseau afirman que nacemos siendo buenos, pero que la sociedad nos corrompe y envilece. Otros, como Hobbes, piensan que naturalmente somos malvados y que la virtud sólo se aprende viviendo en sociedad. Una de las ideas más aceptadas sobre el origen de la moralidad dice que los humanos nacemos como lienzos en blanco, y que la educación y el entorno determinan cómo se comportará una persona, como pensaron Locke y Piaget. Una conclusión natural de este tipo de pensamiento es que la función de la civilización es “domar a la bestia interna” que dormita en nuestro interior, y que sin ella no nos distinguiríamos de los animales.

Una forma más de analizar la moralidad es a partir de la ciencia. En la última década, estudios con animales han sugerido que de alguna forma, el sentido del bien es innato. Algunos biólogos han probado que los primates se tratan unos a otros con compasión y empatía. Por ejemplo, el macaco, que es el primate genéticamente más distante al hombre, no acepta comer si al hacerlo le provoca daño a otro. Esto quizá no le parezca sorprendente, dado el hecho de que compartimos más de 95% de ADN con los primates, pero se demostró que las ratas, consideradas animales “inferiores” por muchos, son capaces de sentir empatía. En un experimento se les ofrecieron dos opciones: comer galletas de chocolate o salvar a otra rata atrapada. La mayoría eligió salvar primero a su compañero.

Bebés justicieros

Otra rama de experimentos que está cuestionando el origen de la moralidad tiene que ver con la psicología evolutiva y del desarrollo para descubrir si los bebés nacen siendo seres morales. Una de las investigaciones más recientes y esclarecedoras es la de Paul Bloom, psicólogo de la universidad de Yale. Después de estudiar el comportamiento de bebés de entre tres y 10 meses, concluyó que los bebés nacen con ciertas dotes:

  • Sentido moral: capacidad para distinguir entre acciones crueles o amables.
  • Empatía y compasión: comprender el dolor de los demás y desear que éste desaparezca.
  • Sentido rudimentario de imparcialidad: tendencia a favorecer distribución equitativa de recursos.
  • Sentido rudimentario de justicia: un deseo de que las buenas acciones se premien y las malas se castiguen.

En los experimentos de Bloom, los bebés observaron a un títere que intentaba empujar una pelota por una colina. Vieron dos escenarios: primero un títere ayudaba con la pelota, y luego otro títere le estorbaba al primero y finalmente empujaba la pelota hacia abajo. Después los investigadores mostraron los títeres a los bebés para ver cuál tomaban. Casi todos, sin importar su edad, eligieron al títere “bueno” —incluso uno de los bebés tomó al títere “malo” y lo golpeó en la cabeza—. Un estudio similar realizado por la esposa de Bloom, la psicóloga Karen Wynn, en la Universidad de Yale, mostró que 80% de los bebés de 24 meses elige al títere bueno y entre los bebés de tres meses la razón sube a 87 por ciento. Al final del experimento, el títere bueno le ofreció a los bebés una galleta, y el malo les ofreció dos. La mayoría de los bebés eligió la galleta del títere bueno. Cuando a los bebés se les presentó una galleta del bueno contra ocho galletas del malo, un beneficio mucho mayor, aún así un tercio escogió al bueno.

¿Y qué pasa con la “maldad”?

Este sentido del bien en los bebés, destaca Bloom, es precario: “Nuestra bondad innata es limitada y algunas veces de forma trágica”. Continúa: “Por naturaleza somos indiferentes e incluso hostiles ante los extraños. Somos propensos a la estrechez mental y a la intolerancia. Algunas de nuestras respuestas emocionales —siendo la más notable la repulsión— nos llevan a cometer los actos más terribles”. Esto se debe a que el hecho de que nacemos sabiendo reconocer el bien del mal no nos hace buenos: nuestra médula moral es limitada. Los bebés —y los adultos— saben diferenciar lo bueno de lo malo, pero cada vez que actúan deben elegir comportarse de acuerdo con lo uno o lo otro. Y mucho de lo que aprendemos conforme crecemos lo recibimos de nuestra cultura, religión y entorno, por no decir de las creencias propias de nuestra época.

Parece ser que una posible respuesta al origen del “mal” también está en el comportamiento de los bebés, quienes desde muy temprana edad aprenden a dividir el mundo en “nosotros” contra “ustedes”. Por ejemplo, un bebé que crece con hablantes del español, preferirá escuchar el idioma español, y rechazará a quien tenga un acento extranjero. Los bebés escogen lo que les resulta familiar, porque, en especial a edades tempranas, lo desconocido puede ser un peligro potencial. Los humanos han evolucionado para desarrollarse en grupos, lo que presenta muchos dilemas para la moralidad. Esto puede explicar actos como la esclavitud, la opresión o la discriminación. Pero también da luz sobre la bondad que hay en las relaciones significativas con la familia, amigos o una comunidad.

Básicamente, un acto moral consiste en no lastimar a otros, así como interesarse por el bien colectivo sin sacrificar el propio. En última instancia, la moralidad como tal no se aprende ni se tiene al nacer: es un acto de racionalidad y voluntad que se perfecciona con la práctica.

A la mexicana

Dar el ranazo

Esta expresión —que no registra ningún diccionario— anuncia la forma en que alguien —o uno mismo— caerá de forma violenta y aparatosa por imprudencia o descuido. “¿Pero por qué una rana y no otro animal?”, se preguntará. Resulta que antaño —entre los siglos XVIII y XIX— a las lavanderas se les apodaba “rana” —porque siempre andaban mojadas— y, al ir siempre con un “tambache de ropa”, éste no les permitía ver el camino y era frecuente que cayeran o tropezaran; de ahí que se hiciera popular esa forma para describir “una caída anunciada”.

— Amárrate esas agujetas o vas a dar el ranazo.

— Ese par de pedotes están a nada de dar el ranazo.

Ingrid Constant Saavedra estudió Filosofía. Cuando no sabe cómo actuar piensa en Kant.

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