En 1945, el pintor catalán Pelegrín Clavé gana en la Academia de San Lucas de Roma, de la que fue alumno, la dirección de la Academia de San Carlos en México y viaja a América para asumir la responsabilidad de la institución y la titularidad de la cátedra de pintura. En 1955 vivió el punto culminante de su rivalidad profesional con el poblano Juan Cordero, un pintor liberal que, por sus dotes plásticas, fue enviado por casi 10 años a Roma para estudiar la técnica estilística de San Lucas, y quien a su vuelta pretendió la dirección de San Carlos, respaldado por Antonio López de Santa Anna.

La respuesta de Clavé fue la ejecución del óleo La primera juventud de Isabel la Católica al lado de su enferma madre (o Demencia de doña Isabel de Portugal), una poderosa interpretación del momento en el que la reina consorte de Castilla pierde la cordura tras la muerte de su esposo, el rey Juan II, en 1496, y es consolada por sus hijos, Isabel (la Católica) y Alfonso, mientras señala tímidamente, con incredulidad, a una silla vacía sobre la que reposa un sombrero, propiedad su marido. El portentoso trabajo, el único de tipo histórico de Clavé realizado en territorio mexicano, le valió el refrendo como director de la Academia de San Carlos hasta 1968, cuando finalmente regresó a Barcelona.

Esta obra es parte de las 93 obras que integran la exposición Roma en México/México en Roma, sobre el intercambio internacional entre las academias de San Lucas y de San Carlos, de estudiantes y de arte, con motivo el enriquecimiento del quehacer artístico de la escuela mexicana a partir de las perspectivas estéticas y estilísticas del Viejo Continente.

Los temas académicos

La muestra relata los años de bonanza en la relación de ambas academias, desde 1843 y hasta 1867, con la caída del Segundo Imperio Mexicano, y cómo varios alumnos de San Carlos, como el propio Juan Cordero, viajaron a Roma para instruirse en las estéticas de la academia italiana, así como el envío de trabajos de grandes maestros europeos como Francesco Coghetti, Francesco Podesti y Giovanni Silvagni para las aulas mexicanas.

Hay obras del paisajista italiano Eugenio Landesio, quien viajó a México en 1855 para hacerse responsable de la debutante cátedra de paisaje, donde fue maestro e influencia determinante de José María Velasco. Las piezas hablan de la obsesión del pintor por dotar de textura a las cortezas de los árboles y lo áspero de las rocas, la precisión entre las sombras y la luz, como marco de pequeñas escenas de la vida cotidiana de la época.

También se da constancia de los dos motivos habituales de la pintura europea, y por influencia la mexicana, durante el siglo XIX: la reproducción de los pasajes bíblicos y de la mitología grecorromana, con ejecuciones tanto al óleo como en mármol de Carrara. Un ejemplo es la pintura Episodio del Diluvio Universal (1851), de Francesco Coghetti, quien no viajó a México pero envió la pieza que retrata a una familia pereciendo sobre un mínimo risco a causa del incesante diluvio; una escena en la que los padres lamentan la pérdida de sus hijos ahogados, cuyos cuerpos lucen pálidos de muerte; y muy en el fondo, apenas y perceptible en ese mar universal, el Arca de Noé tomando distancia. O la escena Salomé con la cabeza de san Juan Bautista, realizada por un pintor desconocido a partir de la obra de Guido Reni.

También se aprecia la escultura en mármol Fauno (1845-52) de Pietro Tenerami, de un niño desnudo, con el pelo rizado, casi con rigor académico, llevando consigo la piel de un cordero; y el óleo del mexicano nacido en Real del Monte, Ramón Sagredo, La muerte de Sócrates (1856), que recrea a partir de los cánones europeos -el cabello calvo, la barba abundante, el dedo índice levantado como simbolizando la razón-, el momento previo a que el filósofo beberá la cicuta que lo dejará sin vida por la dignidad de no dar la razón a los sofistas.

Al final de la muestra se exhibe una pieza paisajística única. Se trata de Vista del Pico de Orizaba o Citlaltépetl (1853), interpretación paradisíaca de Carlo de Paris tras su estancia en México, abundante en vegetación y fauna exóticas, valles verdes, lagos y ríos inmensos, y de fondo, la cresta del imponente volcán completamente nevada. Este  es un ejemplo de las imágenes que viajaron a Roma para ilustrar el paisaje mexicano a través de la mirada europea y alimentar el imaginario artístico del Viejo Continente, los cual fue producto de este intercambio artístico ente las academias de ambos países.

Estas y más piezas componen Roma en México/México en Roma, que se alberga en el Museo Nacional de San Carlos, Puente de Alvarado 50, Tabacalera, hasta el próximo 28 de abril.

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