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Arte e Ideas

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"Me comprometí de por vida con Dublín": Jordi Soler

El escritor rememora el viaje de Artaud a Irlanda y narra la travesía de un diplomático admirador de la obra del poeta.

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En 1937, en uno de sus periodos de locura más intensos, después de consumir peyote en México, el poeta francés Antonin Artaud emprendió un viaje a Irlanda con el propósito de devolver el auténtico bastón de San Patricio .

Jordi Soler, en Diles que son cadáveres (Mondadori, 2011), rememora el viaje de Artaud y narra la travesía de un diplomático admirador de la obra del poeta que pretende localizar la reliquia, acompañado por un grupo excéntrico. En entrevista, Soler (La Portuguesa, 1963) ahonda en el origen de su más reciente novela.

¿Qué te condujo a utilizar la frase que Artaud le dijo al crítico André Franck, refiriéndose a los asistentes de un coctel parisino: Diles que son cadáveres y que jamás resucitarán de entre los muertos Dites-leur qu’ils sont déjà des cadavres et qu’ils ne se réveilleront plus jamais d’entre les morts para titular tu novela?

Desde que leí la historia de que Artaud, en vez de decir Vayan todos a la mierda como era en realidad el sentido de lo que decía, como era un poeta, decía toda esta frase. Me parece increíble. Y cuando terminé la novela pensé que el título tendría que ser toda esta frase que has dicho: Diles que son cadáveres y que jamás resucitarán de entre los muertos . Pero mi mujer, y después mi editor, me hicieron ver que estaba volviéndome loco y que había que recortar la frase con la idea de Italo Calvino, que recortó su título Si una noche de invierno un viajero a la mitad. Así hicimos con ésta y quedó el título.

¿De qué manera contrastas el viaje de Artaud a Irlanda plasmado en Diles que son cadáveres con la celebración del Blooms Day realizada cada 16 de junio en Dublín por los Caballeros la Orden del Finnegans que, en tu novela, reconocen a McManus en un pub y les invitan, a él y a sus acompañantes, una ronda de tragos?

Empecé a escribir esta novela hace poco más de diez años, cuando llegué a Dublín. Inmediatamente me puse en contacto con un grupo de poetas que se parecían a Lear McManus. Todos tenían 120 años, todos eran muy borrachos y todos eran geniales, grandes poetas. Nos reuníamos los jueves en un pub a hablar de poesía. Es una cosa inútil. La poesía no sirve para nada. Los poetas, menos. Sin embargo, yo, con estos poetas, sentía que hacíamos cosas importantes. Y ellos me contaron que Artaud había estado, en 1937, intentando devolver el auténtico bastón de San Patricio. Y empecé a escribir la historia, pero se me atravesó la novela Los rojos de ultramar. Sentí que tenía que escribirla con mucha urgencia, quizá porque estaba en un punto equidistante entre Veracruz y Barcelona, que son mis dos sitios de referencia. En Irlanda me sentía así, en un sitio con una perspectiva perfecta para tratar de desentrañar mi biografía.

Fue un trabajo que me dio para tres libros. En la escritura de estos tres libros fui retomando Diles que son cadáveres. Terminando La fiesta del oso me puse a escribir propiamente Diles que son cadáveres, pero como era un tema que llevaba casi una década en proceso, empezaron a caerme historias que me ayudaron a redondear la historia original. Entre las cosas que me cayeron están los Caballeros del Finnegans.

En ese tiempo me armaron Caballero de la Orden del Finnegans y me comprometí de por vida con Dublín. Es una cosa que me encanta. Esto terminó de redondear el proyecto. De manera que tiene mucho que ver desde la estructura, desde la concepción del proyecto. Ahí está Irlanda, ahí está Joyce, ahí está Artaud. Cuando iba novela adentro me di cuenta de que todo tenía que ver. Una cosa que dicha de golpe puede ser un poco arbitraria como qué tendrá que ver el Ulises de Joyce con Artaud. Tiene que ver que se ha escrito una novela con estos elementos. Las novelas son así. Hay una ecuación que has de despejar en un número indeterminado de páginas. Al final lo que tienes es la ecuación despejada. No hay muchas respuestas, pero has contado una historia. Quizás esta novela es el pretexto para hacer que Joyce y Artaud coincidan. Es una manera de verla.

agarcia@eleconomista.com.mx

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