El epigramista Francisco Liguori -de quien se dice vivió sus últimos años secuestrado en su propia casa por un chofer y una sirvienta ambiciosos- le contó a Arturo Trejo Villafuerte, la verdadera historia del falso balazo de Pancho Villa en el Restaurante Bar La Ópera.

Dados los créditos correspondientes, paso a contar la historia:

Se dice que La Ópera no nació cantina, sino pastelería. Y que tampoco encuentra sus orígenes en la esquina de 5 de Mayo y Filomeno Mata, Centro Histórico, sino en la esquina de la otrora San Juan de Letrán y Madero, en donde se levanta La Torre Latinoamericana, es decir, sobre la parte poniente del que fuera el Convento de San Francisco o bien, antes de la llegada de los españoles, el zoológico de Moctezuma II.

Se cuenta, pues, que dos hermanas de origen francés -o francesas, vaya usted a saber-, de apellido Boulangeot, fundaron en 1876 una repostería con el nombre de La Ópera, que en 1895, se trasladó como cantina al lugar en el que hoy se encuentra para convertirse, a la postre, en el segundo restaurante bar más antiguo de la ciudad de México -ya que el primer sitio lo ocupa La Hostería de Santo Domingo.

El caso es que para finales del siglo XIX y principios del XX, La Ópera, con su barra traída de Nueva Orleans, Estados Unidos; sus gabinetes de nogal y terciopelo; sus espejos biselados, tapicería árabe y altos ventanales, fue uno de los lugares favoritos de la afrancesada sociedad del porfiriato; después, en plena Revolución, varios grupos armados -no sólo zapatistas y villistas- bebieron y comieron ahí mismo y, con el país de nuevo en calma, dicha cantina volvió a ser sitio de reunión de políticos, artistas, toreros y demás personalidades de las clases económicamente altas de la ciudad.

A mediados de la década de los 50; sin embargo, Bernabé Jurado, conocido como El Abogado del Diablo, el abogánster arquetípico de México, aquel que sacara a William Burroughs de la cárcel en tan sólo 13 días -luego de que el escritor beat asesinara a su esposa-, en una borrachera desenfundó su pistola y, al pretender dispararle un balazo a otro briago, uno de sus acompañantes lo cogió de la mano y la bala se fue a incrustar en el techo del cuarto gabinete del lado oriente de La Ópera.

La marca ahí sigue y, cuando el bebedero se volvió el más turístico del jet set nacional, a alguien se le ocurrió decir que se trataba de un balazo de Pancho Villa que, en plena Revolución, entró a caballo a la cantina -y eso que Villa era abstemio- y, sin más, disparó al aire. Y es la historia que ha quedado.

¡Salud, don Pancho… Liguori!, valga esta crónica, casi un epigrama, en memoria.