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Los tipos móviles
Un libro es un soporte, un continente, en el que alguien ha vertido un conocimiento, un contenido, con cierta unidad temática para que otra persona lo pueda leer.
Mónica acaba de regresar de Nueva York. Dice que las librerías, otrora nuestros paraísos terrenales, están desapareciendo. También me comentó que, en el Metro, si antes en un vagón iban 10 personas leyendo un libro, ahora, dos mantienen tal hábito, mientras que las otro ocho utilizan sus aparatos electrónicos incluidas las tabletas no para leer, sino para chatear, jugar, ver videos o películas, interactuar en las redes, oír música, etcétera.
¿Estamos, pues, ante la inminente desaparición del libro? Por supuesto que no. Vivimos, sin embargo, algo más importante: una nueva forma de relacionarnos con el mundo, de pensar, de sentir, un cambio impredecible que, a la vez que parece fascinante, es aterrador en tanto que se trata de un hecho del que no sabemos qué consecuencias tendrá.
Los libros existían mucho antes de que Gutenberg inventara la imprenta de tipos móviles. Y estaban hechos de distintos materiales: barro, piedra, papiro cuyo nombre dio origen a la palabra papel , pergamino, vitral, entre otros; luego, a partir del Renacimiento europeo hasta finales del siglo XX, se privilegió al libro de papel y, en la actualidad, las pantallas electrónicas son las que mantienen la vanguardia.
Un libro es un soporte, un continente, en el que alguien ha vertido un conocimiento, un contenido, con cierta unidad temática para que otra persona lo pueda leer. Así, la Columna de Trajano que narra sobre mármol, en bajorrelieve y espiral, las batallas del emperador romano en contra de los dacios , los vitrales de las iglesias medievales que cuentan las andanzas de Jesús, las obras completas de Octavio Paz publicadas en papel por el FCE o cualquier libro digital que usted guarde en su Ipod, Ipad, Kindle u otra tableta electrónica, no desmerece tal título.
Los libros, en definitiva, van a existir siempre; lo que va a suceder es que el libro de papel se convertirá en un artículo de lujo como, en su momento, lo fueron los libros de pergamino. Y eso sucederá por sus altos costos de producción con respecto al digital, sus vastos espacios de almacenamiento llamados libreros y porque es más cómodo (lo que no significa que sea mejor) comprar un libro vía electrónica que ir a la librería. Internet acabó básicamente con las enciclopedias de papel; pronto le sucederá lo mismo a los libros de texto, científicos y de información en general y, a mediano plazo, lo hará con los literarios.
Esto, no obstante, ¿es bueno o malo? Es paradójico.
Si bien los medios electrónicos han provocado que la información y el conocimiento, incluso la información y el conocimiento erróneos o equivocados, crezcan y se divulguen en cantidades que hace pocos años se pensaban imposibles, cada vez hay menos lectores de libros. Y no me refiero a libros de papel, sino de cualquier tipo, incluidos los electrónicos. Y hay menos lectores tanto en cantidad ahí está el ejemplo del Metro de Nueva York como en calidad, es decir, lectores con juicios críticos fundamentados, que acudan a fuentes confiables y que agoten, sobre todo en las obras de no ficción, el contenido que ofrece el libro.
A ello se suma que si bien Internet democratizó el uso y el traslado de la información, el diálogo escrito mediante herramientas como el chat y sus variantes, dichos mensajes, en pos de la brevedad y la rapidez, están empobreciendo y cambiando el lenguaje, lo están homogeneizando, y cada vez se abre más la brecha entre la llamada alta cultura que es, por ejemplo, la literaria y la cultura popular, que es la del grueso de la población.
Pero si bien la alta cultura debe abrevar de la cultura popular signo de la época en que se vive para existir, ¿cuál es entonces el futuro no del libro, sino de la lectura? ¿Qué cambios a mediano y largo plazo se darán en la cada vez más voraz utilización de las nuevas tecnologías? Eso es algo que, por paradójico, nadie puede predecir.
marcial@ficticia.com