Aunque durante mi infancia coleccioné la revista Duda; aunque suelo leer todo tipo de pasquines sobre sucesos paranormales, civilizaciones perdidas, el Triángulo de las Bermudas, la construcción de las pirámides, el hongo michoacano y la uña de gato; aunque he visto esferas plateadas suspendidas en el cielo de la Plaza México; aunque según mi mujer un día amanecí siendo otro y no precisamente más inteligente, guapo o generoso; soy bastante escéptico con respecto a la existencia de Dios o dioses, de la vida en otros planetas, de las teorías de la conspiración y de que algún día voy a ganar el Nobel de Literatura.

Por ello, por todo ello -sobre todo por lo del Nobel de Literatura- estoy indignado de haberme visto sorprendido por la película Apollo 18, dirigida por Gonzalo López-Gállegos, producida por Timur Bekmambetov y que, ahora me entero, es una broma como del 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, y que yo, inocente palomita que me dejé engañar, estuve extrañado del porqué dicho filme, vendido al público como un documental, no hubiera provocado un escándalo desde su estreno a finales del año pasado.

Me explico: renté la película porque la caja de Blockbuster dice algo así como que se trata de la edición de varios documentos desclasificados de la NASA sobre las razones para suspender el envío de terrícolas a la Luna y en portada aparecen dos huellas en la fina arena del satélite: la de una bota de un astronauta y la de un ser que uno supone de alienígena.

Con tal creencia, pues, vi cómo en la década de los 70 se fraguó una misión espacial secreta en la que tres astronautas, el capitán Anderson, el comandante Walker y el coronel Grey, eran comisionados para viajar a la Luna en una tarea que, bien a bien, ni ellos mismos sabían de qué se trataba.

Ya en el alunizaje, el filme hace pensar en esa vieja teoría de la conspiración que indica que el hombre no llegó a la Luna en aquel lejano 16 de julio de 1969 y que las filmaciones que todos vimos en vivo por televisión -en México, si la memoria no me falla, narradas por Jacobo Zabludovsky y Miguel Alemán Valdés- se grababan en aquel momento en un estudio de Hollywood.

Una vez en la Luna, los astronautas del Apollo 18 se encuentran una nave soviética y la misión se transforma en una historia de humor negro tipo En órbita , de Flavio González-Mello, en la que un cosmonauta -en el cuento de Flavio- no puede regresar a la Tierra porque el país que lo envió al espacio ya no existe.

Luego, esa ironía -la de la película de López-Gállegos- cambia a un relato de bichos lunares, con forma de arañas metálicas, y de tal aventura se sucede la muerte de los viajeros y del programa estadounidense Apollo, que era el que administraba hasta 1974 los vuelos tripulados por estadounidenses a la faz lunar.

La película termina con el colofón de que la misma se basó en archivos secretos de la NASA, desclasificados recientemente, puestos en Internet y editados a manera de documental, por lo que el público -inocente palomita- se queda con varias preguntas a raíz de las prueba de vida extraterrestres: ¿por qué los gobiernos de las grandes y pequeñas potencias no han dicho nada al respecto? ¿Qué implicaciones se derivan para la raza humana de tal evento? ¿Qué opina don Pedro Ferriz?, y sobre todo, ¿siempre y sí Jaime Maussán es un visionario, un adelantado a su época?

Ante el silencio, ante mi escepticismo natural, decidí hacer una investigación científica: busqué en Internet algo que me diera luz frente a tal amenaza,y allí encontré que la susodicha misión Apollo 18 no existió y que el documental es una obra de ficción.

Por mi parte, quiero que me devuelvan el dinero de la renta del video y aún no sé si demandar a sus hacedores por lo daños emocionales sufridos tras el engaño.