Falta muy poco para que veamos el documental dirigido por Juan Carlos Rulfo sobre las condiciones actuales de la educación en México y, aunque los productores sólo nos han dado una probadita, las expectativas por repasar esta amarguísima lección desde una butaca del cine son ya muy grandes.

Hace al menos tres décadas que aparecieron señales ominosas anunciando el despeñe de la calidad en la enseñanza. El abuso demagógico y la corrupción, mientras tanto, han ido aderezando el panorama nacional, que se ha vuelto más sombrío e inequitativo. No obstante, nuestros políticos siguen preservando la misma fórmula, eficaz y simple: a mayor concentración de la riqueza, peor educación para millones de muertos de hambre.

El fracaso laboral queda garantizado por la pésima educación impartida, que predice otros fracasos y genera, además, sentimientos profundos de minusvalía, tristeza y desesperanza entre sus víctimas.

Sirvo para una pura chingada se dicen a sí mismos muchísimos jóvenes. Reconocen la inutilidad de su (de)formación académica y la pobreza de herramientas intelectuales que poseen para contender por un trabajo en las actuales sociedades del conocimiento. Su desventaja les parece irremontable frente a quienes han tenido acceso a una buena educación, dándose cuenta de la enorme dificultad que tienen para conseguir un empleo digno.

En la actualidad el atraso y la disfuncionalidad generalizados del sistema educativo mexicano representan un problema grave tal vez el mayor en contra del futuro del país.

Luis Miguel González, nuestro director editorial, escribió la semana pasada El desempleo juvenil está asociado a problemas de salud mental como depresión, vulnerabilidad ante enfermedades físicas y mayor riesgo de caer en manos de la delincuencia . Esta afirmación no puede ser tomada a la ligera en un escenario donde los eslabones que debieran unir la educación, la salud y el desempleo parecen estar gravemente desarticulados.

¿Cómo mejorar la educación sin una estrategia amplia para abordar los problemas de salud mental que afectan tanto a buena parte de los encargados de enseñar como a muchos de sus alumnos?

Hay estudios científicos que demuestran que los jóvenes que durante su infancia vivieron en hogares de bajos ingresos y cuyos padres no tenían buen nivel educativo tienen mayor riesgo de deprimirse y, por lo tanto, de fracasar en los estudios.

Resulta crucial entender -de una buena vez- que como país vale la pena invertir en salud mental, sobre todo durante la niñez y la juventud. Debemos invertir en promover estrategias efectivas de bienestar y salud mental, y también en la prevención de enfermedades mentales como la depresión.

Está demostrado el elevado impacto que tienen los problemas psiquiátricos en economías de países como el nuestro (fracaso académico, deserción escolar, subempleo, alcoholismo, adicciones, violencia, embarazos tempranos) donde todavía se insiste en aplicar políticas sanitarias centradas en el tratamiento de las enfermedades, en lugar de fortalecer la prevención y la promoción de las condiciones socioeconómicas de vida en favor del bienestar y la salud mental de los niños y jóvenes más desprotegidos. En estos casos, salir de panzazo, es simplemente un disparate.