Estaba un día el Santos paseando por la Zona Rosa… . Mentira, no era el Santos, era yo con una playera del Santos que me había comprado en una tienda de la Zona Rosa. En la Zona Rosa uno puede conseguir muchas cosas: discos, playeras estrambóticas y zapatos de tacón de aguja del número 10 (son zapatos para travesti). Es uno de mis lugares favoritos en el DF, no sólo por su maravillosa arquitectura en la que todavía sobreviven casonas de principios del siglo XX, sino por su tolerancia, su variedad, su amabilidad hacia lo distinto.

Camino por estas calles y pienso en Arnold Noldi Schreck, el arquitecto suizo que concibiera este lugar como el barrio de turismo lujoso. Eran los años 50 y la ciudad de México no pasaba de los 2 millones de habitantes: no era una ciudad, sino un pueblote. En esa provincia que se soñaba como capital, donde gran parte de los habitantes todavía preferían andar descalzos, se necesitaba de un arquitecto suizo que la soñara vestida de seda y terciopelo. Schreck diseñó una ciudadela dorada con restaurantes, hoteles, tiendas de alta costura y cafés al aire liberal estilo parisino. Eligió como sede de su sueño a la colonia Juárez, otrora vecindario de inmigrantes europeos de dinero. Schreck vio en esas casonas abandonadas la posibilidad de un cosmopolitismo necesario para convertir al DF en una metrópoli del mundo.

Dice la leyenda (y Wikipedia también) que fue José Luis Cuevas quien la bautizó como Zona Rosa. Yo me sé otra anécdota. Cuando le preguntaron a Schreck cómo quería que se llamase su proyecto arquitectónico él respondió: Me gustaría que fuera una zona roja, pero como somos todos tan sofisticados le llamaremos zona rosa . La Zona Rosa es hoy en día una especie de barrio perdido y reapropiado. Lo que un día fue un punto central de nuestra vida intelectual, hoy es espacio de la contracultura juvenil de origen obrero. Los emo (sí, todavía existen) se reúnen en la glorieta de Insurgentes y los reguetoneros dan vueltas por las calles de la colonia Juárez en sus motonetas. En la calle de Génova, convertida en paseo peatonal, hay todo tipo de comerciantes ambulantes, desde los que venden películas piratas hasta los que ofrecen artesanías y playeras de su propio diseño.

La Zona Rosa es también nuestro insólito barrio coreano. Es un verdadero misterio chilango por qué los coreanos que se mudan a México por motivos de trabajo han decidió establecerse aquí, pero han traído con ellos tiendas, mercaditos, restaurantes y hasta salones de belleza donde todo es tan coreano como si estuviéramos en Seúl. La transformación más importante de la Zona Rosa actual es su renacimiento como el barrio gay de la ciudad de México. En la calle de Amberes abundan los clubes con la bandera multicolor henchida de orgullo.

José Joaquín Blanco da cuenta en sus crónicas citadinas de esta última transformación a partir de finales de los años 60. Fue el principio de la gran salida del clóset no solo de jóvenes de la clase alta y media, sino también de adolescentes que venían desde la populosa ciudad Neza gracias al Metro. De pronto, Pantitlán y la Zona Rosa estaban a sólo media hora de distancia. 30 minutos para alcanzar la liberación y, a lo mejor, conseguir un faje rápido y explorar la posibilidad de un romance con aires de sofisticación.

Para quien pasea por la Zona Rosa, algo debe quedar claro: la reencarnación existe.

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