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Las horas perdidas: Precisando
Mucho se dijo que una de las razones por las que el asesinato de Juan Francisco Sicilia había causado tanta indignación, era porque le ponía nombre a las anónimas víctimas de la violencia.

Hace un par de días tuiteaba que un machote perfecto para el reporte que suelen hacer nuestros medios, sería algo así como: Hallan [ x ] cuerpos en [ y ]. Sustituir x por la cantidad, y por el municipio.
Los cuerpos se apilan en alguna zanja, el boletín del gobierno lo reporta. La cifra flota en las agencias noticiosas. Los conteos de Milenio suman, los críticos del gobierno insultan entre dientes. Nuestro día a día está lleno de cuerpos.
Dice el periodista español Arcadi Espada en su blog, que después de una cena con funcionarios de la Secretaria de Gobernación, descubrió algo que lo pasmó más que los cuarenta mil muertos de la guerra contra el crimen organizado: el gobierno no sabe quién mata ni quién muere. Nadie sabe sus nombres.
Espada no imagina dónde estaría la lucha contra ETA sin el pegamento emocional que provocó en la sociedad española conocer la identidad e historias de las víctimas. La principal labor que debería estar haciendo el periodismo mexicano, sentenció esta mañana durante el seminario sobre violencia y medios en la Ibero, es ponerle nombres a esos muertos: si no sabemos quiénes son, no sabemos por qué murieron, quién los mató, qué hacían ahí.
Sin querer, al señalar algo que le parecía evidente, Espada puso el dedo en la llaga en el elemento más frágil y errado de la estrategia del gobierno.
Empecinados con que era un asunto de cifras que hicieran las veces de marcador deportivo enumeraban los caídos por decenas (criminales), defendiendo a la patria (pocos), y por error (mínimos colaterales). Después se sorprendían cuando la percepción generalizada era que se estaba perdiendo la guerra.
El discurso oficial parece sostener que los muertos no son importantes, sólo maleantes caídos en ajustes de cuentas entre sicarios y bandas criminales: básicamente merecen morir y no son gran pérdida para la sociedad.
Nuestros más aplicados analistas (Escalante, Merino, entre otros) sumaron datos duros, elaboraron gráficos de homicidios, asesinatos, por miles de habitantes, región del país. Se hicieron gráficas. Elaboraron conclusiones.
Mientras tanto, los cuerpos anónimos, se siguen apilando. ¿Son ninis reclutados por falta de esperanza y oportunidades? ¿Ilegales centroamericanos o campesinos forzados como carne de cañón? ¿Jóvenes estudiantes saliendo de la biblioteca a deshoras? ¿Muchachos en clínicas para dejar adicciones?
No lo sabemos.
Mucho se dijo que una de las razones por las que el asesinato de Juan Francisco Sicilia había causado tanta indignación, era porque le ponía nombre a las anónimas víctimas de la violencia. De la misma manera en que Hugo Wallace y Fernando Marti le pusieron nombre a las víctimas del secuestro.
Es hasta que conocemos sus nombres que sus muertes significan algo para nosotros. Somos capaces de sintonizar con el dolor de sus deudos. Trascendiendo las cifras crece la indignación, pero se cementa la solidaridad y comprensión.
Alguien cuestionó a Espada ¿de quién es responsabilidad ponerle nombre a las víctimas: del gobierno o los periodistas? La respuesta contundente: de la sociedad mexicana. De todos.
Al reducir la violencia a cifras, el gobierno consigue no sólo que su diagnóstico y conclusiones sean poco creíbles, sino además pierde el respaldo social. La lógica de "no se preocupen, se están matando entre ellos", supone que hay una diferencia entre ellos y nosotros. Distinción imposible, primero porque no sabemos quiénes son, segundo porque todos somos, aunque algunos se empeñen en lo contrario, humanos.
A la lógica del anonimato, podemos sumar el romanticismo con que muchos imaginan el crimen: desde Robin Hood hasta los Corleone, de John Dillinger al Señor de los Cielos.
En su dolida carta de hartazgo, Javier Sicilia menciona la guerra del gobierno, el pudrimiento de la clase política y la ruptura de los "códigos de honor" de los criminales. "Ahora ya no distinguen, han perdido incluso la dignidad para matar".
Cabría preguntarnos si realmente hay dignidad en el asesinato. Si las organizaciones criminales, desde carteles del narco hasta la Camorra alguna vez se han guiado por códigos de honor que fueran más allá de sus intereses.
No hay honor en el crimen, porque tampoco hay moral en el crimen. Ese pacto que algunos mentan, la paz narca (Aguilar Camín dixit), donde los capos aceptan respetar mujeres y los niños, donde no se toca a la familia si se va a asesinar al hombre de la casa. Donde las drogas fluyen hacia el norte y nuestras ciudades permanecen en paz, no es más que ficción romántica.
Qué clase de honor tiene una organización que distribuye drogas que acaban con vidas sin distinción. Que recurre a la extorsión, comercia con mercancía robada, secuestra y asesina. ¿Con ellos se puede pactar? ¿Con ellos se pretende que el gobierno haga tregua? ¿Alguien honestamente piensa que haciéndose de la vista gorda o gritando consignas contra el gobierno se construye la paz?
twitter @rgarciamainou