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Las alegradoras en el México antiguo
Las tlatlamianime tenían dos fuentes de ingreso: les pagaba el Estado y los clientes con los que se acostaban. A diferencia de otras mujeres, que iban descalzas por el mundo, podían utilizar sandalias.
En el México antiguo la prostitución no era mal vista, ni se le condenaba, ni se le perseguía. Por el contrario, la tlatlamiani (palabra náhuatl que significa la que hace feliz ) o alegradora desempeñaba un oficio honorable y necesario para la sociedad; no así la güila (de huílotl, que se traduce como paloma , papalote o cometa , que vuela según los caprichos del viento), que se prostituía ocultando su profesión.
En el libro X, capítulo XV, de la Historia general de las cosas de la Nueva España, Fray Bernardino de Sahagún da una idea de las características que ostentaba la alegradora:
...anda vendiendo su cuerpo, comienza desde moza y no lo deja siendo vieja (...), y es mujer galana y (...) púlese mucho y es tan curiosa en ataviarse que parece una rosa después de bien compuesta, y para aderezarse muy bien primero se mira en el espejo, báñese, lávase muy bien y refréscase para más agradar; suélese también untar con ungüento amarillo de la tierra que llaman axin (sustancia amarilla que se extrae de ciertos insectos de tierra caliente), para tener buen rostro y luciente, y a las veces se pone colores o afeites...
..Tiene también de costumbre teñir los dientes con grana, y soltar los cabellos para más hermosura, y a las veces tener la mitad sueltos, y la otra mitad sobre la oreja o sobre el hombro, y trenzarse los cabellos y venir a poner las puntas sobre la mollera, como cornezuelos...
Tiene también costumbre de sahumarse con algunos sahumerios olorosos, y andar mascando el tzictli (chicle) para limpiar los dientes, lo cual tiene por gala, y al tiempo de mascar suenan las dentelladas como castañetas. Es andadora, o andariega, callejera y placera, ándase paseando (...), riéndose, nunca para y es de corazón desasosegado .
Las alegradoras, por otra parte, solían acompañar a los hombres a la guerra para evitar que los guerreros violaran y se robaran a las mujeres de los pueblos conquistados. De manera que, quienes no respetaran dicho código, eran castigados.
Las tlatlamianime (la terminación me en náhuatl indica que se trata de connotación plural) tenían dos fuentes de ingreso: les pagaba el Estado y los clientes con los que se acostaban. A diferencia de otras mujeres, que iban descalzas por el mundo, podían utilizar sandalias. No se casaban y si alguien les faltaba al respeto, el irrespetuoso recibía un castigo.
Con la llegada de los españoles, sin embargo, la percepción hacia las alegradoras cambió de manera radical. El propio Sahagún también da cuenta de ello: La tlatlamiani ...anda como borracha y perdida (...), y a cualquier hombre le da y le vende su cuerpo, por ser muy lujuriosa, sucia y sin vergüenza, habladora y muy viciosa en el acto carnal...
...y después andarse pavoneando, como mala mujer, desvergonzada, disoluta e infame.
Y por los deleites en que anda de continuo sigue el camino de las bestias, júntase con unos y con otros; tiene también por costumbre llamar, haciendo señas con la cara, hacer del ojo a los hombres, hablar guiñando el ojo, llamar con la mano, vuelve el ojo arqueando, andarse riendo para todos, escoger al que mejor le parece, y querer que la codicien, engaña a los mozos, o mancebos, y querer que le paguen bien, y andar alcahueteando las otras para los otros y andar vendiendo otras mujeres .
Durante el periodo virreinal, desde el Estado se reguló la prostitución en las esferas económicamente altas, en tanto que la Iglesia toleraba dicho oficio. Sin embargo, conforme la noción de pecado se arraigó en la sociedad, no sólo se generalizó el rechazo a dicho oficio, sino a casi todos los placeres terrenales.