Este mes se cumplió un año de la muerte del cineasta mexicano Jaime Humberto Hermosillo, a quien ya no le tocó vivir la pandemia, y que además habría cumplido 79 años el 22 de enero. Varias décadas después de que sus primeras cintas se exhibieron en las salas de nuestro país, no sin el escándalo del público y hasta la censura gubernamental, se abre una nueva oportunidad para apreciar el valor de su aporte a la cinematografía nacional.

Las plataformas de streaming e incluso YouTube han agregado recientemente nuevos títulos del realizador nacido en Aguascalientes. Aunque no en todos los casos se encuentran con la mejor calidad de imagen y audio, son un buen canal para acercarse a él. Tres aspectos relevantes surgen al examinar sus películas con nuevos ojos. 

El primero es su incansable espíritu independiente e iconoclasta. A Hermosillo lo movía un apetito por derribar los muros de una sociedad conservadora y un canon que aún añoraba la gloria de la época de oro. Quiso ser un pionero en todo: fue de los primeros en México en abordar abiertamente la sexualidad –sobre todo la sexualidad y la sensualidad queer–, el deseo, el incesto y el suicidio, sin el velo moral vigente en producciones de aquellos años. Este ánimo imperó también en su estilo, y lo puso a la vanguardia en la utilización de recursos como el plano fijo, la película dentro de la película y el monólogo.

Casi se puede decir que Hermosillo fue dos directores: el del siglo XX, movido por un impulso transgresor para hacer eco de sus pasiones en la pantalla grande (en entrevistas recientes, Arturo Villaseñor, su ex colaborador, guionista y pareja, se refiere a él como un disidente); y el del siglo XXI, que dio rienda suelta a estas obsesiones temáticas con cámara digital en mano, con un lente más personal, alejado de la maquinaria oficial de distribución y promoción. De hecho, se dice que eXXXorcismos (2002) fue la primera película mexicana filmada totalmente en digital. 

En segundo lugar, entendió la diversidad más allá de la inclusión de lo LGBT, para dar vida y voz a personajes de todos los estratos, condiciones y temperamentos. Se ha dicho que entendió y expuso como nadie las tripas de la clase media mexicana; aunque más bien supo cómo retratar las contradicciones y pasiones de todo el espectro social. Sabía que promover la diversidad sentaba precedentes. Doña Herlinda y su hijo (1984) es ahora un referente de la demolición del tabú de la homosexualidad en las pantallas mexicanas. Ya antes, Las apariencias engañan, de 1978 pero que vio su estreno hasta 1983, mostró sin tapujos al primer personaje transexual en el cine mexicano.

Trabajó con un elenco diverso de actores, dio su primera oportunidad a jóvenes talentos y se nutrió de las colaboraciones con grandes escritores para armar guiones. Con José de la Colina exploró las entrañas de la seducción en una pareja hombre-mujer; con Emilio Carballido, la nostalgia de lo rural y la conciencia social. Con Gabriel García Márquez dio vida a dos de los Doce cuentos peregrinos del escritor colombiano; con la película El verano de la señora Forbes, en 1989 y con María de mi corazón, de 1979, basada en el cuento “Yo solo vine a hablar por teléfono”; quizás lo mejor de Gabo llevado a la pantalla grande.

“Acabo de ver la película ya terminada, y me alegré de comprobar que no nos habíamos equivocado. Es excelente, tierna y brutal a la vez, y al salir de la sala me sentí estremecido por una ráfaga de nostalgia”, escribió el Premio Nobel en 1981 en el diario español El País.

Al igual que Almodóvar, con quien tiene ciertos vasos comunicantes, contaba con sus “chicas Hermosillo”: entre otras, claramente María Rojo, Martha Navarro –la gran protagonista de La pasión según Berenice (1976), quien murió el 30 de diciembre pasado–, Julissa y hasta la enérgica Lucha Villa. También tuvo a sus actores de cabecera, como Héctor Bonilla, Manuel Ojeda y Pedro Armendáriz Jr.

Finalmente, ejercitó una estética peculiar, aunque no siempre la pudo llevar al máximo por los malabares que tuvo que hacer con los recursos, pero como él mismo dijo, no quería trabajar con enormes presupuestos, sino con gran libertad. Entendió como pocos el arte de crear espacios, casi como personajes más en escena. Estaba obsesionado con las atmósferas y lo que comunican. En Intimidades en un cuarto de baño, de 1989, toda la acción transcurre con cámara fija en este espacio. En Amor libre, de1978, dos amigas comparten un increíble cuarto de azotea: una jaula de cristal que guarda sus secretos.

¿Por qué merece el maestro Jaime Humberto Hermosillo una nueva mirada? Porque fue un director infravalorado en su época, con una obra que aún tiene mucho qué contar a sus nuevos públicos. Un cine que más que envejecer bien, para huir del lugar común, permanece como un manifiesto de lo provocativo, de quien tuvo que nadar a contracorriente, cámara en mano, para alzar la voz, una voz siempre joven que se rehúsa a dejar de hacer eco.

Jaime Humberto Hermosillo nació en la ciudad de Aguascalientes el 22 de enero de 1942 y murió, a los 78 años, en Guadalajara, Jalisco, el 13 de enero de 2020. Estudió en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC). También destaca entre sus obras fílmicas La tarea (1990). Su última película fue Crimen por omisión, de 2018.