El mundo está colmado de los estertores de la muerte. El fenómeno, está de más decirlo, es un tránsito, una condición indispensable a la que todos estamos convocados. Hablar, escribir o pintar aquello que nos ubique frente al hecho mortecino significa enfrentarnos a la realidad de la existencia; al acontecimiento en el cual los acontecimientos se hacen radicales y terminamos por rendirnos al golpe brutal de la Parca, o a su abrazo misericorde y amoroso que nos aleja de la enfermedad o de la decadencia y nos permite descansar de un territorio sufriente.

Somos seres de dolor, lacerados por la violencia de lo cotidiano, atrapados en las redes de la beligerancia y del horror, aunque en otros momentos aprendamos que también existe el Paraíso y lo contemplamos con mirada de arrobo y placeres entrañables. La verdad de las cosas sale a flote ante la inminencia de la muerte, ella es la sabia, por algo tenía que ser, extrañamente femenina. Es madre paridora y es la sepulturera que arropa los cuerpos.

Miguel Ángel, al esculpir la Piedad de San Pedro , hizo del mármol una materia que transmitía el desvanecimiento de la muerte.

Cristo está en brazos de su madre, la virgen, y en sus músculos y en su rostro está la mácula del final. Intermitencia de sombras que, según José Gorostiza en Muerte sin fin : En él se asienta, ahonda y edifica, / cumple una edad amarga de silencios / y un reposo gentil de muerte niña, / sonriente que desflora / un más allá de pájaros / en desbandada . El territorio es ancho y, hasta ahora, ajeno. Manuel Álvarez Bravo hace una instantánea del Obrero muerto .

El trabajador yace a la intemperie, exhibe el gesto final y la sangre, mancha oscura por el blanco y negra de la fotografía, establece la herida. Georges Bataille hace un texto demoledor en su audacia con El muerto . Las palabras rezuman la extravagancia de una viuda que deplora su suerte y se entrega a sus excreciones y a sus secreciones en un rito amorfo, que sólo es sacro porque así queremos creerlo.

La muerte es un abismo, una infertilidad que de pronto aparece en los sueños. Extenso espacio que nos aísla y nos desplaza, dejamos de ser para convertirnos en simple fugacidad, en aceleración que clama por su arribo al precipicio de la noche eterna. Nos agita y nos conmueve el fallecimiento de nuestros seres queridos, de nuestros amigos cercanos. Muere Carlos Montemayor y la realidad parece desglosarse en tragedia; cae rendido bajo las falsas promesas de la belleza eterna, el arquitecto y gran conocedor de la ciudad, el cálido y siempre cordial Jorge Legorreta. El festín mortecino, como anotaba Octavio Paz, es un hechizo del presente: La muerte más esperada, de pronto resulta inesperada .

Los suicidas son las almas perdidas en su propio vacío. Walter Benjamin, Tony Scott, Rohtko, Alejandra Pizarnik, Jorge Cuesta, Virginia Woolf, Manuel Acuña, Gilles Deleuze, Jerzy Kosinski, entre otros, han puesto el punto final de manera tan artera como arbitraria. Según se cree, aunque ningún suicida ha logrado restablecer la comunicación y darnos indicaciones precisas, se dice que al morir quedan atrapados en sus propios miedos y que esto hace que la acción mortecina se repita hasta el cansancio.

La muerte nos ronda, nos hace suyos y nos entregamos a una condición de la que somos herederos. ¿Quién convoca ahora? Es la Parca que recorre los pantanos de la fragilidad, en el barullo se aprovecha y nos lleva por los caminos que ella decide. Luego nos convertimos en fantasmas sujetos al ahora. Lo que sigue es la devastación total, el cataclismo de una luz que se pronto se extingue.