Uno cree que el ojo basta, que con notar su cara blanca y su viejo piso de mármol, rayado por innumerables tacones, ya conoce el Palacio de Bellas Artes.

Uno piensa que del Hospicio Cabañas ya no hay nada más que contar, que sus patios ya lo dijeron todo para quien lo ha recorrido una y 100 veces.

Sí, y uno se equivoca. Hace falta que llegue alguien como Candida Höfer (Alemania, 1944) con su cámara para revelarnos lo opaco de nuestro conocimiento.

En el Antiguo Colegio de San Ildefonso se presenta la exhibición Candida Höfer en México. Se trata de una colección de 25 fotografías en gran formato de edificios emblemáticos de México.

En Jalisco, Guanajuato, la Ciudad de México, Puebla y Oaxaca Höfer encontró a sus personajes . Y así nos revela la intimidad de lo grandioso.

Los seres humanos estorban

Riguroso trabajo el de la fotógrafa que encontró el ángulo exacto para retratar espacios inesperados de lo ya conocido. La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México que siempre me ha parecido tétrica en el lente de Höfer es regia, digna del Virreinato de un gran imperio, el de la España colonial.

La luz es, en la mayoría de los casos, natural. El montaje debió haber sido arduo, con grúas y andamios, lentes de gran angular. Las fotos principales son ?enormes también hay un conjunto de imágenes en menor formato y, en plena era digital, reveladoras como los viejos rollos de película.

En ninguna de las placas aparece un ser humano: la presencia humana está implícita en la construcción de todas estas maravillas. Hasta la Biblioteca Vasconcelos, tan criticada en su momento, aparece como un gran logro arquitectónico, llena de colores inesperados.

Cómo una fotógrafa de modelos que sabe sacarle la belleza hasta al menos fotogénico, Höfer hace un trabajo preciosista, casi pictórico. Son obras con un nivel de perfección milimétrica.

Como cita el diario El Universal a Ery Camara, curador de San Ildefonso: La fotografía nos permite ver lo que no vemos a simple vista, por eso compite con la pintura .

Es decir, la pintura, pensemos por ejemplo en los grandes de la pintura flamenca o en los maestros renacentistas italianos, dejaba al espectador una interpretación de la realidad única, nueva. Las fotos de Höfer hacen lo mismo por estos edificios mexicanos.

Sí, son mexicanos pero podrían ser de cualquier parte. La placas descontextualizan los sitios. No son históricos, bien podrían ser piedras basálticas puestas ahí por la naturaleza. Pero regresamos a lo anterior: la presencia humana está en la mano constructora, en la inteligencia que concibió la edificación y en las manos de quienes la construyeron.

Höfer ya había hecho este ejercicio antes con su serie de retratos sí, retratos, porque sus sujetos adquieren vida gracias su lente de bibliotecas y sus fotografías del Museo Louvre, en París.

La exposición tendrá itinerancia. Pronto estará en Monterrey y luego en el Museo Amparo, de Puebla.

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