Me van a tachar de chaira por el título de la columna de hoy. Sí, ya los vi. Concha, qué chaira eres, ¿no ves que el crimen se da en todas las capas de la sociedad? ¿No ves que no hay nobleza en la miseria como tampoco hay decadencia en la riqueza? Ay, Concha, seguro vas a votar por López Obrador.

Aquí en el Garage normalmente me da por la chunga y el vacilón. No que el arte, el cine, la literatura y demás no sean cosa seria, no es eso, lo que yo intento como columnista es que aceptemos un hecho: el arte es muchas cosas, pero de manera especial es diversión y placer. En el juego estético no encontramos como seres prístinos que ven el mundo como si fuera recién compradito.

En fin, no me justifico más. Yo hoy me quiero poner más solemne porque ya no puedo con el tema de Los Porkys. No es posible que a un grupete de violadores y cuasi asesinos se les disculpe por ser niños ricos. ¿A qué estado de putrefacción hemos llegado que el brillo del dinero deslumbra hasta a la ciega ley?

Sí, ya sé que el asunto no es nuevo, y que la indignación popular ha acogido a Dafne, la víctima de Los Porkys. Les susurro un secreto: la indignación popular no sirve para nada (remember Ayotzinapa). Lo que importa es la acción de las autoridades y en Veracruz, of all places, la justicia huele a dólar.

La cárcel es para los pobres, ya se sabe, sobre todo en nuestros países latinoamericanos, tan incipientes en su democracia.

Pero, ah, no sólo los niños ricos locales se comportan como basura. Recuerdo hace años cuando en la universidad conocí a un grupo de riquillos adolescentes que venían de intercambio. Acá, donde las reglas eran más laxas que en sus países, se dedicaban con alegría al bullying sobre todo en el gimnasio de la escuela. Eran racistas y misóginos de la manera más escandalosa. Por supuesto que nadie hizo nada.

Muchos niños ricos de hoy, nuestros queridos mirreyes, viven en un mundo sin consecuencias. Pueden manejar hasta el moco y jamás pisarán El Torito.

El caso de Los Porkys de Veracruz me recordó toda una tradición en la narrativa, sobre todo cinematográfica: la de la impunidad del niño rico. Es una tradición que incluye, por ejemplo, La soga, obra maestra del Alfred Hitchcock, basada en el caso real de un par de juniors neoyorquinos que, en una supuesta misión para demostrar su supuesta superioridad, asesinan a un compañero de clases.

Es ambas cosas: la vida sin consecuencias y la sensación de superioridad las que construyen la psique de individuos como Los Porkys.

Una película mexicana que vi en el pasado Festival de Cine de Morelia captura la situación. Los herederos de Jorge Hernández Aldana (producción de Michel Franco) narra la historia de unos cuantos adolescentes de clase media alta que salen del capullo protector de su fraccionamiento para, pistola en mano, disparar unos cuantos tiros al aire. Y también embarcarse en lo que ellos soñaban como una ola de crímenes sin culpable.

El protagonista mata, finalmente, al pobre dependiente de una panadería. Como Los Porkys, su familia lo solapa y lo manda a Estados Unidos, allá, intocable.

La cinta no es muy buena (todo lo que toca Michel Franco siempre acaba siendo fallido), es pesada y no se decide a qué historia contar. No obstante, alcanza a poner el dedo en el fenómeno del niño rico impune. Y no sólo eso: el niño rico que no siente culpa por sus transgresiones. A ellas tiene derecho.

Alguien que también capturó bien el tema fue Daniel Krauze en libro Cuervos y lo hizo antes de que existiera el término mirrey con todo lo que eso implica en el imaginario popular actual. En Cuervos Krauze dibuja a una generación cuyo único encanto es la violencia sin sentido: nadie sale libre, es el acoso entre pares y también la defenestración de quien no pertenece a su círculo social.

Cuervos es descendiente de Less than Zero, la novela que lanzó a un jovenzuelo Brett Easton Ellis en el cohete de la fama. Ellis cuenta de manera fascinante la mentalidad de su generación, la de los 80: jóvenes cocainómanos que pueden observar el asesinato de una niña sin siquiera perder el ritmo de la canción que sale de su walkman. Unos cuates bien helados que se parecen mucho a Los Porkys.

Indignación social, sí. Pero también deberíamos dar un paso atrás y preguntarnos por qué los más privilegiados entre nosotros están tan podridos por dentro.