Dicen que aquel día nubarrones negros cruzaban la Ciudad de México. Era apenas octubre, pero la sensación de muerte anticipada hacía sospechar que en el cementerio había fiesta. Quizá el Día de Muertos había llegado y pasado de reojo porque el olor que se pegaba a las narices no era como de copal y cempazúchitl marchito, sino de sangre y lumbre. La pólvora todavía flotaba en el aire. Porque en el camposanto no había nada que sugiriera devoción. Ni música, veladoras o alguna ofrenda para complacer a los difuntos. Los muertos quietos en sus tumbas y los vivos encerrados en sus casas. Era 7 de octubre de 1913.

El panteón de Xoco, al norte de la calle de Mayorazgo; al sur del río Churubusco; al poniente en San Felipe; y al oriente en la avenida del camino real que llevaba a Coyoacán era enorme y apenas el año anterior los habitantes de la ribera norte del río Churubusco habían empezado a reordenar en cuadriculas el panteón. Hicieron algunos enterramientos al frente de la iglesia de San Sebastián y midieron el terreno: 20,000 metros cuadrados que había donado un tal señor Wolf. Todo parecía tranquilo. Nadie sabía del horror que el cruel destino y unas hojas de papel estamparían en aquel modesto cementerio de Coyoacán para después juntarse con las palmas de la inmortalidad cívica. Porque entre las lápidas sin nombre se había cometido un asesinato: el del doctor Belisario Domínguez.

Nacido el 25 de abril en Comitán, Chiapas en 1863, Belisario fue hijo de Cleofas Domínguez y Pilar Palencia, matrimonio de pensamiento liberal y deseoso de la mejor educación para su hijo. Belisario concluyó sus estudios superiores en el Instituto de Ciencias y Artes de San Cristóbal las Casas y terminó graduándose como médico cirujano y partero en la Sorbona de París. Una vez concluida su experiencia europea, Belisario volvió a Comitán. Sólo para encontrarse con un panorama desolador: el estado de Chiapas se encontraba en la misma ignorancia, insalubridad, abuso del poderoso contra el desposeído y lejos, muy lejos, de la paz y el progreso que el presidente Díaz había prometido. Muy pronto se dio cuenta de que sus deseos por sobresalir en la investigación y la práctica médica quedarían truncos. Porque la pretendida voluntad de un progreso igualitario había quedado desaparecido ante la acumulación de riquezas, tierras y privilegios de los que gobernaban el destino político de su pueblo. Hubo una sola alegría que, aunque corta, le contentó el corazón: se casó con su novia de siempre, Delina Zebadúa Palencia el 2 de noviembre de 1889 y comenzó a formar familia. Pero poco tiempo le duraría tal alegría. Su madre murió en 1897 y en 1902 su esposa Delina enfermó de gravedad. Su estado era tan precario y los remedios tan inútiles que Belisario decidió traerla a la Ciudad de México. Pero no pudo hacerse nada. Delina finalmente murió. Escribe Vicente Quirarte en su texto Belisario Domínguez, fragmento de un discurso vital:

Por consejo del doctor Joublanc, el doctor Domínguez buscó una casa que evocara, en lo posible, la paz de la provincia y la encontraron en la villa de Tacubaya. En el poderoso y veleidoso corazón del país decidió aprovechar la circunstancia para denunciar ante todos los que pudieran enterarse, la miseria y el olvido en que se encontraba su estado natal. Publicó, por su cuenta, y fechada en Tacubaya, el 28 de abril de 1903 una hoja titulada Chiapas , donde hacía una clara exposición del pasado y el presente desastroso de su estado. (...) Terminaba pidiendo, exhortando a los periodistas mexicanos a educar con engrandecimiento, con objeto de lograr a sus lectores con la verdad .

Después Belisario decidió hacer una publicación más ambiciosa, un periódico llamado El Vate por las letras iniciales de cuatro conceptos: Virtud, Alegría, Trabajo, Estoicismo, valores indispensables para la realización humana, según el doctor Domínguez, director, propietario y único responsable . En un principio, concebido para salir tres veces al mes y ser de distribución gratuita, el número 1 de El Vate apareció el 23 de febrero de 1904, con un subtítulo que informaba de su contenido: Literatura, filosofía y variedades . Poco después se informó que el diario saldría dos veces al mes, siempre el día primero y el día 15, y que los interesados en leerlo eran bienvenidos a mandar su dirección para recibirlo.

Pero siendo muy costoso, se publicó nada más por un año. Domínguez habría de regresar a Chiapas y entrar en la política como gobernador de Comitán. Cuando regresó a la ciudad, convocado por el Congreso, los asesinatos de Madero y Pino Suárez habían sido ejecutados y Huerta ostentaba el poder. Belisario ocupaba la senaduría y era un feroz opositor al régimen.

Aquel día fatal, en plena cámara de senadores, Belisario tomó turno para decir unas palabras, pero la presidencia impidió que leyera su discurso. Sin embargo, Domínguez no iba a callarse. Bajó del estrado, mandó a imprimir el texto de su protesta y él mismo se encargó de distribuirlo por las calles.

En la parte central decía: Don Victoriano Huerta es un soldado sanguinario y feroz, que asesina sin vacilación ni escrúpulo a todo aquél que le sirve de obstáculo. Si en vuestra ansiedad de volver a ver reinar la paz en la República os habéis equivocado, habéis creído en las palabras falaces de un hombre que os ofreció pacificar a la nación en dos meses y le habéis nombrado presidente de la República, que veis claramente que este hombre es un impostor inepto y malvado, que lleva a la patria con toda velocidad hacia la ruina, ¿dejaréis por temor a la muerte que continúe en el poder?

Huerta tuvo uno de sus proverbiales berrinches, donde escupía cólera y alcohol. Dicen que aquella noche de octubre de 1913, Francisco Chávez recibió orden del general Huerta de sacar del Hotel Jardín al senador Domínguez y matarlo. Que Chávez llamó al teniente Alberto Quiroz, jefe de la gendarmería de a pie y a Gabriel Huerta, jefe de las Comisiones de Seguridad, para que se encargaran de llevar a cabo la orden. Que a media noche los dos comisionados acompañados por Gilberto Márquez y José Hernández, el Matarratas, llegaron hasta el cuarto número 16 del 2º piso del hotel, allanaron la alcoba del doctor, quien ya dormía y lo sacaron. Que lo subieron a un coche con destino a Coyoacán. Que le dijeron que ya se iba a morir. Llegaron al panteón de Xoco y, en la puerta, Márquez le disparó un balazo por la espalda que se le incrustó en la cabeza. Ya caído, Alberto Quiroz le hizo dos disparos más. A continuación, lo desvistieron, extrajeron de sus bolsillos los 15 pesos que llevaba y con ellos pagaron al sepulturero José de la Luz Pérez, para que procediera a meterlo bajo tierra. Y que le cortaron la lengua para llevársela a Huerta como trofeo. Y que en el panteón no había veladoras sino un pedazo del discurso impreso. Y que en el papel todavía podía leerse:

El mundo está pendiente de vosotros, señores del Congreso Nacional Mexicano, y la patria espera que la honraréis ante el mundo evitándole la vergüenza de tener por Primer Mandatario a un traidor y asesino .

Hoy, además de la medalla que lleva su nombre, a Belisario Domínguez se le rinde el homenaje más hermoso y florido todos los meses de abril en el panteón de Xoco. Una fiesta de cumpleaños, que no de muerte, siempre de día y siempre música.