Las calles de Dolores Hidalgo, en Guanajuato, tienen un predominante color marrón, con una arquitectura pensada en la simetría, su fundador Álvaro de Ocio y Ocampo mando a hacer las calles iguales en dimensión, y con una iglesia barroca al centro dedicada a la Virgen de los Dolores.

De ahí deriva su nombre: Dolores, por la virgen; Hidalgo, en honor al Padre de la Patria que comenzó allí la lucha por la Independencia de México.

Pero además del atractivo histórico de este lugar, que conserva su ambiente de pueblo cálido y encandilado a un desierto de planicie, Dolores Hidalgo también guarda celoso y con orgullo la historia de una de las figuras más importantes para la cultura popular mexicana, el cantante José Alfredo Jiménez, el poeta del pueblo, el Rey, 

Este personaje que fue respetado y apreciado por figuras como Pedro Infante y Jorge Negrete, introdujo 22 de sus canciones en el cine mexicano, que lo popularizó, aunque aseguran que escribió más de mil, y el éxito de sus letras sigue siendo tan fuerte que ha ganado un Grammy aun después de muerto.

En el centro de Dolores Hidalgo, en la calle de Guanajuato número 13, donde nació el 19 de enero de 1926, se encuentra la antigua casa de la infancia de José Alfredo Jiménez, quien tuvo que emigrar con su familia a la Ciudad de México cuando su padre, el único farmacéutico del pueblo falleció y su familia entera encontró la ruina; a la ciudad llegó a vivir en la colonia Santa María la Ribera.

José Alfredo se desarrollaría con éxito en el futbol, como portero, fue también mesero en un restaurante y, finalmente, un genio de la composición e interpretación de música mexicana, aun sin tener estudios formales de música ni saber tocar un instrumento.

Tuvo que tomar la decisión de escoger entre dos de sus pasiones y virtudes, pero ya enrolado más en el mundo artístico no se equivocó en elegir la música.

“Tuvo la virtud de decir cosas que a todos nos duelen o que a todos nos agradan; pero con una profundidad tremenda y una sencillez pasmosa”, dice su nieto José Azanza, quien ha quedado al resguardo de las memorias de José Alfredo Jiménez, que se exhiben en el museo del cantautor más cantado por los mexicanos.

Azanza recuerda la gran relación que tuvo “el poeta de México” con Dolores Hidalgo, esa cuna querida que nunca olvidó, por lo que pidió que sus restos regresaran a su pueblo con una modesta placa en su tumba, la familia respetó sus últimos deseos y así enterró a José Alfredo quien falleció por cirrosis el 23 de noviembre de 1973 en la Ciudad de México a los 47 años de edad.

En ese tiempo personajes como la actriz María Félix reprochaban que el poeta fuera enterrado en este pueblo que conserva su esencia de siglos anteriores debido a su nivel de conservación en el patrimonio cultural y arquitectónico.

Varios concursos se harían después para mejorar los aposentos del cantante, cuyas placas también se exhiben en La Casa Museo de José Alfredo Jiménez.

Ahora el mausoleo en donde se encuentran sus restos, es un lugar lleno de color que diseñó su yerno, el arquitecto Javier Senosiain, quien con un sarape que emula la sierra guanajuatense y con el nombre de sus canciones pintadas hizo un homenaje al padre de su esposa Paloma Jiménez Gálvez, quien su vez rinde honores a su padre con una cátedra sobre los recursos poéticos de las canciones de José Alfredo.

Las cantinas

Pero no sólo en los museos y en las aulas, en la radio y en la fama existe la figura de este músico, en donde es más apreciado el legado de este poeta del pueblo es en las cantinas.

En un recorrido por tres de las cantinas emblemáticas y dedicadas a la memoria de José Alfredo en Dolores Hidalgo se encuentran El Faro, El Triunfo y La Hiedra.

Se puede empezar el recorrido en El Parque Chiquito, como es conocido por los locales al espacio público donde se juntan los mariachis de la zona.

El Faro, con una tradición elocuente y fiel a José Alfredo Jiménez es producto de que su dueño haya sido contemporáneo del cantante. Mientras que El Triunfo es para un público más joven y para convivir con locales, los verdaderos fans de José Alfredo se pueden encontrar en La Hiedra, quienes conservan retratos y recuerdos de esta cantina que era muy visitada por el mismo José Alfredo, ahí te prestarán zarape y sombrero de charro para tomarte una foto del recuerdo, brindando a la salud del poeta del pueblo, y para seguir cantando desde el rincón de una cantina, que la vida no vale nada.