De nuestros tres grandes muralistas creo lo siguiente: el de mejor técnica fue Diego Rivera, quien era más revolucionario es David Alfaro Siqueiros. Pero el que fue más artista, más libre, descubridor de mundos nuevos más allá de la ideología y “el arte para el pueblo” es sin duda José Clemente Orozco.

En la década de los 20, Orozco fue a parar a Nueva York. Los locos 20 y él, joven y hambriento. La exposición En busca de un muro, en el Museo Tamayo, narra aquellos años del artista cachorro buscando, precisamente, dónde plasmar y plasmarse las ideas que se le hacían líos en la cabeza.

Imagino a Orozco como un joven grafitero solitario en la noche en busca de su sino. Así lo retrata la película aquella de la que la exposición toma su nombre. En busca de un muro, cinta de 1975 dirigida por Julio Bracho y con música de Blas Galindo, un bello desastre que toma la foto de un Orozco casi como un Rimbaud enamorado, estrictamente moderno, único y supremo.

Pero ésa es una imagen demasiado romántica. No existe. Eso es lo que documenta la exposición del Tamayo: no hay artista solo.

En busca de un muro es un gran trabajo de curaduría. Son obras de artistas contemporáneos de Orozco, fotos y otros legajos que dan cuenta de aquella época neoyorquina.

¿Qué tienen todos en común? Es difícil de creer, digno de una novela. Lo que los unía era la magia. Sí, la idea de que la magia, las creencias esotéricas y la práctica de la teosofía podían revivir el antiguo esplendor de la Grecia clásica.

Hoy pensamos que la magia y cualquier pensamiento de ese tipo es para mentes simplonas o para leer en best sellers para adolescentes. Sin embargo, hubo un tiempo en que la creencia en mundos arcanos, casi alquímicos, era un objetivo del más elevado mundo intelectual. ¿Por qué? Porque se trataba de penetrar con la razón incluso aquello que era impenetrable.

Esos hermosos locos se hacían llamar el Círculo Délfico, un grupúsculo oscuro que se reunía en diversos departamentos de sendos personajes estrafalarios —periodistas, artistas, escritores o simples masturbadores del pensamiento— que se organizaban para recuperar el lustre perdido del imaginario occidental en una sesión con médium a la vez.

La exposición, curada por Rodrigo Ortiz Monasterio, es breve pero fascina. Cuenta esta gran anécdota y además saca del cajón obras poco vistas de la colección Tamayo: fotografías, objetos, obras entonces novedosas como la máscara de “La bella desconocida”, un famoso cadáver europeo, cuya belleza dejó huella en los creadores de aquel principio del siglo XX.

Central es para la muestra la exposición de 1931 de artistas mexicanos en Nueva York, organizada precisamente por estos alumnos de Sócrates.

El maestro que llevaba la batuta era el arquitecto Claude Bragdon, quien fuera una gran presencia en la vida y obra del joven Orozco. Bragdon, líder de la llamada “arquitectura orgánica”, escuela también seguida por Frank Lloyd Wright, cambió el acercamiento ingenuo de Orozco a la pintura como medio y lo convenció de convertirla en un fin en sí mismo. Bragdon y Orozco, perseguidores de la Cuarta Dimensión, crearon una especie de canon de la sombra: en aquello que parecía más lejano y extranjero como encontrar el radio de la realidad, la ecuación matemática que decifra al mundo.

En el catálogo de En busca de un muro, disponible en la tienda del Tamayo, hay un ensayo de Bragdon sobre sus creencias trascendentales, texto que acompaña armónicamente las fotos de las obras de José Clemente Orozco.

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