Como sabe cualquier chilango (¿o cómo nos llamamos ahora?, ¿mexiqueños?), al Tigre de Santa Julia lo agarraron en plena acción de hacer del cuerpo. Lo que significa que la policía lo agarró con los pantalones abajo, en plena nopalera, defecando. Se le llama de Santa Julia porque el hecho sucedió en lo que hoy es la colonia Tlaxpana, pero que todavía en tiempos de mi padre los años 50 y durante un par de siglos se conoció como el Barrio de Santa Julia, no muy lejos del centro de la Ciudad de México.

El Tigre es una de nuestras leyendas más contadas. Una especie de Robin Hood nativo de estos rumbos. Hay historia detrás del mote.

Cito datos de Wikipedia: José de Jesús Negrete era el nombre verdadero del héroe popular. Soldado de origen, Negrete se convirtió en bandido cuando el siglo XIX se convertía en XX. Su gran golpe fue asestado en la Hacienda de Aragón, donde hoy se asientan las colonias que hoy se conocen así, Aragón. Qué cosa tan curiosa: yo vivo por esos rumbos, mi padre vivió por los del Tigre. Así la leyenda se pega a la vida cotidiana.

Al Tigre lo agarraron en cuclillas en 1906 y lo recluyeron en la cárcel de Arcos de Belén, hoy una escuela primaria. Lo fusilaron en 1910.

Esta semana el Archivo Gustavo Casasola se abre para entregarnos una foto tan escatológica como la muerte del Tigre: su cráneo con un gran agujero en la sien, ¿acaso el tiro de gracia que le diera el jefe del pelotón de fusilamiento?

Qué feo caer como el Tigre de Santa Julia. Mejor que nos cachen in fraganti.

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