Por escrito quedó y por ello no hay duda. En vísperas de la batalla, el general Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, comandante de las tropas francesas que invadían México por segunda ocasión, dirigió una carta al ministro de Guerra de Francia en la que le decía: Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, organización, disciplina, moralidad y elevación de sentimientos, que os ruego digáis al emperador que a partir de este momento y a la cabeza de seis mil soldados, ya soy el amo de México . No tenía idea de que su castigo el pez por la boca muere sería tan definitivo como inmediato.

Corría el año de 1862. Francia, Inglaterra y España habían declarado la guerra a México aduciendo una deuda de 80 millones de pesos. El presidente Juárez había respondido con un exhorto para lograr un acuerdo amistoso, pero fue inútil. La alianza tripartita amenazó con una invasión inminente si no se saldaban por completo las deudas. Pero al no haber dinero en las arcas no hubo nada que hacer. Juárez suspendió el pago de la deuda externa, los franceses enviaron cuadrillas militares con la bendición y los generales de Napoleón III. El ejército más poderoso del mundo venía a enfrentarse al nuestro. Fue entonces cuando Ignacio Zaragoza renunció al cargo de ministro de Guerra y Marina que le había dado Juárez, para ponerse a frente del recién formado Ejército de Oriente. Su misión: vencer al enemigo, proteger a la Ciudad de México y conservar intacto el territorio de la República liberal de Juárez.

Dicen que Ignacio Zaragoza era muy disciplinado y que lo único que le molestó realmente en su vida fue ser corto de vista. Pero también era uno de esos hombres que no se detenía en minucias y apechugó con ir al oculista y mostrarse ante el mundo con anteojos. Nacido en 1829, en Bahía del Espíritu Santo, Texas, cuando este territorio todavía pertenecía a México, hubo de mudarse tierra adentro para educarse. Los primeros estudios los hizo en Matamoros y Tamaulipas y después en el Seminario de Monterrey. Pero siempre supo que de cura no tenía madera. (No consta ni en actas ni en discursos, pero dicen que la familia sobre todo su madre resintió mucho su renuncia al sacerdocio, pero que a los 17 años, puso punto final a tanta lágrima y rezo y se alistó en la Guardia Nacional). Su verdadera vocación era la vida militar. Lo demostraría desde la Guerra de Reforma, donde luchando contra los conservadores derrotaría a las fuerzas de Tomás Mejía; se uniría al general Jesús González Ortega en Irapuato; vencería a Miguel Miramón en Silao, y a Leonardo Márquez en las Lomas de Calderón. Por ello estaba listo para combatir a cualquier fuerza enemiga.

Cuentan que al amanecer del 5 de mayo Ignacio Zaragoza aprovechó el arrojo de sus hombres y les dijo su primera frase célebre: Nuestros enemigos serán los primeros ciudadanos del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México y os quieren arrebatar vuestra patria . Y fue cuando dispuso que el general Miguel Negrete dirigiera la defensa por la izquierda; que Felipe Berriozábal fuera por la derecha y el joven Porfirio Díaz permaneciera junto a él. El combate inició a las 11 de la mañana con un cañonazo que vino del Fuerte de Guadalupe y festejaron los repiques de los muchos campanarios de la ciudad de Puebla. El conde de Lorencez dividió a la columna de su ejército en dos y 4,000 hombres atacaron los Fuertes de Loreto y Guadalupe, sin darse cuenta de que el ejército mexicano contaba con ventaja en ambas posiciones. Fueron recibidos con un ataque de bayonetas que los obligó a retroceder. Los franceses comenzaron a degustar el amargo trago de la derrota. Los Cazadores de Vincennes y el Regimiento de Zuavos que Lorencez mandó al ataque, fueron vencidos y humillados por el Batallón Reforma de San Luis Potosí que salió en auxilio de la causa. La caballería mexicana entró en acción para alcanzar la victoria completa. Zaragoza ordenó a los Carabineros de Pachuca cargar sobre los restos de la columna, disparando sus carabinas y lanzando mandobles de sable sobre los franceses, siendo totalmente rechazados. Cuentan fanáticos y patriotas porque de leyendas está compuesta la mitad del relato de la Historia que el general Zaragoza, decidió coronar la victoria con el enfrentamiento cuerpo a cuerpo seguido de todo su ejército, mientras gritaba: ¡Tras ellos, a perseguirlos, el triunfo es nuestro!

Luego de ser repelidos por última vez, las fuerzas del Ejército Expedicionario Francés comenzaron a huir completamente dispersados. Dicen que agarraron camino de Amozoc.

Un parte de guerra del ejército mexicano se conserva de aquel día:

Sobre el campo a las dos y media. Dos horas y media nos hemos batido. El enemigo ha arrojado multitud de granadas. Sus columnas sobre el cerro de Loreto y Guadalupe han sido rechazadas y seguramente atacó con cuatro mil hombres. Todo su impulso fue sobre el cerro. En este momento se retiran las columnas y nuestras fuerzas avanzan sobre ellas. Comienza un fuerte aguacero. I. Zaragoza.

Zaragoza tenía solamente 33 años cuando venció a los franceses y se convirtió en héroe favorito de nuestra historia patria. Tres meses y tres días después de la Heroica de Batalla de Puebla, moriría de fiebre tifoidea.

Epílogo: cinco años más tarde, en 1867, un grupo de mexicanos celebró por primera vez la Batalla de Puebla en Texas, por haber sido la tierra natal de Zaragoza, el general que había vencido a los franceses.

Hoy es la única fecha en la que nuestros vecinos del norte nos celebran.