Las celebraciones decembrinas tienen un sinfín de reuniones que inevitablemente vacían la cartera. Aquí de lo que se trata no es tan sólo de burlarse de los invitados con la calidad y la cantidad, sino de fregarlos mientras parece, o le parece al menos a las esposas, que se les está tratando muy bien. Recuerda tu plan: tu objetivo ideal es que se arme una gran bronca entre cada marido y mujer en su camino de vuelta a casa mientras él menosprecia tu hospitalidad, ella insiste en que estuviste muy simpático y atento, y que su marido no es más que un borracho resentido.

1. El que pega primero, pega dos veces. Cuando lleguen los invitados, ofrece a cada dama una rosa y a los caballeros ni los saludes. Siguiendo en esa línea, felicita a cada dama por su aspecto y, de vez en cuando, dirígele a alguno de los maridos ciertos comentarios como “me dijeron que no andabas muy bien” —borracho como cosaco todos los días— o “te veo mucho mejor que aquella vez” —o sea, cuando tenías aquella cruda de campeonato.

2. De vital interés: prepara bebidas antes y después de la cena en alguna despensa, barra o rincón bien alejados de la escena principal. De esta manera, no sólo disimularás tu tacañería, sino que también convertirás cada nueva ronda en un leve esfuerzo, dando a entender a cualquier individuo que no será fácil servirle un trago más. Siéntate siempre en un sillón donde te quedes convenientemente hundido y procura que se note que te cuesta un poco levantarte; a partir de ciertas horas de la noche, puedes emitir incluso alguna queja o gruñido, pero cuida la sobreactuación.

3. Antes de la cena varían los procedimientos. El más evidente es ofrecer tan sólo una clase de bebida, por ejemplo, un “ponche” elaborado con tinto baratón, agua mineral, un vasito de jerez del que usas para cocinar —siendo generosos— y mucha fruta fresca para dar una impresión de exuberancia. Di que te lo has inventado tú y añade, en tono amenazador, que es más pegador que lo que se cree. Sírvelo en copas pequeñas.

4. Pasa pronto a la cena y asegúrate de que haya mucha comida, por lamentable y barata que sea. Puedes dejar de servir vino con el primer plato, sea lo que sea. Cuando esté en la mesa el plato principal, “te das cuenta de repente” de que no has abierto el vino y procedes a ello con mucha ceremonia. El vino en sí evidentemente no será ni francés ni alemán: lo llamaremos Ruritania Etiqueta Oro. Sírvelo con solemnidad, comentando que tu mujer y tú —sobre todo ella— “se enamoraron de ese vino” durante unas vacaciones en Ruritania y tienes “mucho interés” en saber qué opinan los amigos al respecto. Cuando se imponga un silencio educado, puedes hacer dos cosas: adoptar un tono nostálgico y decir que para apreciar ese vino tal vez haya que beberlo en cantidad y con la maravillosa comida del país, o echarle pretextos y comentar: “No viajas mucho, ¿verdad?”. A ver cómo reaccionan.

5. Quédate sentado ante los restos de la cena todo el tiempo que te atrevas o que te permita el cuerpo. Luego llévatelos a todos al salón y haz mucha faramalla en torno a la preparación del café. A esas alturas, media hora de haberte “olvidado” de servir una gota de nada puede resultar francamente arriesgado. Al final, “date cuenta de repente” de que estás aplicando la Ley Seca y ofrece brandy, explicando sin muchos pormenores que no tienes coñac, pero sí un armagnac “bastante excepcional”. Evidentemente, se trata de un brandy de cocina aguado, procedente de algún remoto rincón de Francia o de Sudamérica —tárdate mucho para ir y venir de la despensa—, que los invitados, como sólo han probado el falso armagnac de los restaurantes promedio, pueden encontrar hasta potable.

6. Deja pasar el tiempo sirviendo whisky aguado —refunfuña un poco antes de ofrecerlo, y tarda en traerlo— y no te olvides de decir en voz alta lo de: “Yo, personalmente, considero que una cerveza fría —y de la más barata— es lo mejor para esta hora de la noche”.

7. En la misma línea de abarrotar de fruta el “ponche” de antes de la cena, saca un montón de cosas de supuesto lujo, como enormes puros cuyo almacén haya sufrido una inundación, chocolatines de menta comprados a granel, productos caducados, cigarros de variados colores, etcétera.

8. Tus propios tragos. Por supuesto, nunca deben estar por debajo de aquello a lo que estás acostumbrado, por crueles que resulten las privaciones que impongas a tus invitados. De manera natural, dirígete a la despensa cada vez que necesites otro traguito, pero con cautela: siempre hay algún indeseable que si te ve desaparecer con excesiva frecuencia es muy capaz de pedirte que le traigas una copa. Así pues, elige entre un vaso oscuro y algún tipo de copa plateada, de los que no debes desprenderte jamás, pues te permitirán rellenarte el vaso sin que te detecten.

9. Si crees que todo lo que antecede es una pura fantasía satírica, es que tienes muy poco mundo.

Kingsley Amis (1922-1995) fue un escritor británico que produjo novela, poesía, crítica literaria y guiones de radio y televisión. Recibió casi todos los premios literarios en lengua inglesa, incluidos el Booker Prize y el Somerset Maugham.

De boca en boca

“El joto” Beto

Contar es una costumbre que amenaza con extinguirse. Contar o escribir anécdotas —como dijo Fernando Serrano Migallón— es signo inequívoco de que quien lo hace es un viejo, e implica un ejercicio de memoria que sólo alguien de esa edad practica. Por eso es que uno festeja tanto las anécdotas sacadas de los toneles de la memoria y que, como los buenos vinos, han cumplido con su ciclo de añejamiento... como ésta.

Venían de la presa Jorge y Adolfo Tortajada cuando se encontraron al ingeniero K., a quien le contaron que comieron y bebieron en la cantina donde está “el joto” Beto, y éste les había comentado: “No se me va a escapar su compadre; desde hace dos meses que lo vi bañándose en el río no puedo dormir pensado en él: desnudo, flaco, morenazo y con... ¡qué le cuento! No se me va a escapar”.

—¿Eso dijo? —contestó el compadre—. Le voy a partir la madre en una ida que me dé al otro lado.

A los días se volvieron a encontrar, y Jorge le preguntó al ingeniero:

—¿Qué pasó, compadre, se la partiste a “el joto”?

—No. fui, me emborraché... y, ¿qué cree? ¡Se le hizo! (Con información de José Antonio Vallarta Robles)

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