Fifípolis contrasta por su estética, su refinamiento, la preeminencia del oro y la afirmación del lujo, con la personalidad de su creador: austero, mundano, de mente brillante, que usa una máscara porque “vive crudo”, antagonista de todo lo fatuo y amante de todo lo bello. Es Pedro Friedeberg, el último surrealista mexicano, que presenta un conjunto de obra en la galería MAIA Contemporary, en la colonia Roma de la Ciudad de México, madriguera por igual de chairos y fifís.

Esas categorías que han dividido actualmente a la sociedad y que le señalan a cada quien su sitio, es de lo que se ríe e ironiza Friedeberg con su instalación “Fifípolis” que preside y da nombre a la muestra, compuesta por 180 piezas, donde destacan acrílicos, pinturas, esculturas, muebles, entre otros, montada bajo el cuidado curatorial de Alejandro Sordo.

Ante esa división artificiosa impuesta en estos tiempos por la política, dice: “todo ser humano es como una isla, entonces ahorita hay 120 millones de divisiones en México”, afirma Friedeberg, quien haciendo alarde de unicidad ha acudido la mañana de este martes luciendo una máscara de murciélago a dialogar con periodistas, ansiosos de hacer hermenéutica de sus palabras y de encontrar en las obras significados más allá de lo que ellas expresan.

Le cuestionan sobre el surrealismo, sus autores y pintores favoritos, los lugares que lo han inspirado, sobre si es capaz de reírse de sí mismo o acerca de qué es más importante en su obra: la persona o el objeto.

“Lo más importante son los perros y los gatos”, dice, y cita los nombres de sus felinos favoritos: Netflix e Internet. Dice que lo más surrealista en México es tomar el Metro en Semana Santa para ir a ver un cristo cargando una cruz en el Cerro de la Estrella; asegura que el surrealismo es el último estilo estético, y que en el siglo XXI ya no hay pintores de verdad, “puros dizque conceptuales”.

“Ahora mismo, esto (la conferencia) es de lo más surrealista, porque están haciendo preguntas extrañas sobre cosas aún más extrañas, en un lugar también muy extraño que a lo mejor en 50 años se hunde y yo soy perfectamente ridículo, aquí sentado, y me siento bastante pendejo”, dice, ante la risa de los comunicadores que no cesan de llamarle maestro con suma reverencia.

A la obra emblemática de Friedeberg, la muestra suma piezas prototípicas de arte- objeto como sillas, bancos y mesas, fabricadas con diversos materiales y rematadas con ingenio y fastuosidad que refrendan el carácter fifí de la polis edificada por quien se considera el “segundo Salvador Dalí, toda proporción guardada. Genial y brillante entre comillas”, dice con sorna, riéndose de sí mismo.

La Fifípolis, la urbe soñada y edificada por Friedeberg, tiene un Hotel Cinco Estrellas (con) Comodidades Insoportables, la Embajada de los Países Imperdonables, el Templo de Santa Perpleja Mártir, Funerales Garantizados Antes y Después, Dificilandia Escuela de Amabilidad Burocrática, Secretaría de Marina y más Barquitos, un local donde Se Rentan Oficinas para Negocios Inexplicables, Museo de Bellezas Insoportables...y más.

Friedeberg revela que todos los títulos son caprichosos y absurdos pero que en el caso de “Clínica Aleopática de Enfermedades de la Opinión”, lo que intenta ironizar es que hoy “todo mundo tiene una opinión acerca de todo. La opinión es la enfermedad de la estupidez, —agrega— todo mundo sabe todo, hasta los gansos saben todo”.

Detalla que sus obras se nutren del churrigueresco, de elementos y patrones yucatecos, de las grecas de Mitla o Monte Albán, al tiempo que declara que no tiene alumnos ni discípulos sino “muchos plagiarios”, “y algunos lo hacen bastante bien y otros bastante mal”.

“Como artista radial y musical, Friedeberg va conjuntando elementos como en una sinfonía. “Lo clásico, lo geométrico, lo arabesco, la hoja de oro, se van conjuntando como en un concierto, hay diálogo musical en toda la obra”, dice Sordo.

Arturo Mizrahi, director de MAIA Contemporary, informa que la exposición Fifípolis estará abierta al público a partir de este sábado y hasta el 22 de diciembre.

Pedro Friedeberg

Nació en Florencia, Italia, el 11 de enero de 1936, y fue naturalizado mexicano a los 7 años de edad. Fue alumno de Mathias Goeritz en la facultad de Arquitectura de la Universidad Iberoamericana, carrera que luego abandona para dedicarse al arte. Sus obras están expuestas en el Museo Louvre, de París; en el MoMA, de Nueva York; en el Museo de Arte Moderno de México, entre otros recintos del mundo.

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