Más allá de la ciudad y el tiempo, del amor y sus zoológicas criaturas, de las letras escritas en mármol o periódico, José Emilio Pacheco inventariaba. No sólo por el nombre de su más célebre columna, tampoco porque hiciera listas de todo lo que existía y lo mucho que faltaba; menos por la inmensidad de sus intereses literarios, artísticos, culturales, estéticos ni por la cantidad de páginas que salieron de su pluma. Tal vez nada más porque al leerlo aparece el inventario de uno mismo.

El primer libro de José Emilio Pacheco, quien nació en la ciudad de México en 1939, se llamó La sangre de Medusa y otros cuentos marginales. En aquel momento, año de 1958, formó parte de los Cuadernos del Unicornio que publicó Juan José Arreola. Escrito con el arrojo y la iluminación que sólo dan los 18 años, fue corregido después por el mismo autor. Reconoció influencias de Borges, haberse inspirado en Plutarco y tenido como aliados otros dos libros: Las vidas Imaginarias de Marcel Schwob y Las Metamorfosis de Ovidio. Sin embargo, sus letras no eran copias y sus historias, si acaso, un homenaje.

Así, la combinación entre tradición y vanguardia se dieron la mano desde el primer libro. Temas, obsesiones y otras maravillas y sorpresas se configuraron en su obra desde entonces y durante toda su vida aparecieron: la solidaridad con los condenados de la tierra (Mira a los pobres de este mundo. Admira su infinita paciencia, con qué maestría han rodeado todo, con cuánta fuerza miden el despojo, con qué certeza saben que estás perdido; el huracán implacable de la Historia (El poderoso virrey, emperador, sátrapa hizo de los lagos y bosques el desierto); la ciudad de repente derruida (mudo alarido de este desplome que no se acaba nunca); lo definitivo y engañoso del recuerdo (no tomes muy en serio lo que te dice la memoria, a lo mejor no hubo esa tarde); la infancia como territorio del descubrimiento y anticipo del futuro desastre y, por supuesto, el tiempo. Todo el tiempo. (Para matar las horas déjalas que se embistan y se aneguen y luego se despeñen y destrocen).

La obra de José Emilio Pacheco fue reconocida muy pronto. Transitó del poema a la novela, del relato hasta el artículo periodístico, no le fueron ajenos los secretos de la traducción, los rigores del ensayo ni las minucias del antologador. Ya en la década de los 50 figuraba en antologías al lado de los grandes poetas de Latinoamérica aunque en entrevistas comentara: Siempre he querido escribir cuentos. La novela me parece inalcanzable, y me conformo con leer, a menudo admirar, las que otros hacen. Algunos me han reprochado que escriba cosas tan diversas, que no me centre en un solo género. Yo diría que los géneros no son incompatibles, un cuento es lo más cercano a un poema y no en términos de prosa poética , sino de concentración e intensidad, y con frecuencia se me ocurren historias que, según creo, pueden interesar. En mi caso, la poesía no basta; el relato es un complemento necesario.

Pero más allá de los relatos y a pesar de que en Pacheco la poesía es definitiva, el poeta nos enseñó que más allá del género hay que empuñar la pluma muchas veces para que en pocas líneas todo quede dicho. Y aquello de la clasificación no era importante. A lo mejor es un relato su Biografía del Gato: El Génesis lo calla pero el gato debe haber sido el primer animal sobre la tierra, el núcleo a partir del cual se generaron todas las especies. En una de sus andanzas por el planeta humeante, el gato inventó a los seres humanos. Su intención fue crearnos a su imagen y semejanza. Un error ignorado lo llevó a crear gatos imperfectos ; Nada que ver con la lingüística su Defensa de la eñe: Este animal que gruñe con eñe de uña/ Es por completo intraducible./ Perdería la ferocidad de su voz/ Y la elocuencia de sus garras / En cualquier lengua extranjera. . Pero una de sus obras, multicitada, muchas veces leída, parteaguas en la vida de jóvenes que ya crecieron, la releyeron y ya la regalaron a sus hijos, es sin duda una novela: Batallas en el desierto.

Publicada en 1981, con una trama que transcurre en 1948, motivo de una canción ya casi legendaria, sigue siendo una obra imprescindible. Carlos, el personaje central habla, desde su propio recuerdo pero también le presta su voz a la Ciudad del México de su infancia. El campo de batalla es la Colonia Roma. En el extranjero todavía se piensan en la Segunda Gran Guerra. A falta de juguetes, y porque el patio de la escuela tiene mucho polvo, todos se imaginan que combaten sobre la arena.

Pero más allá de sus libros, que salían de cuando en cuando como debe ser , José Emilio Pacheco inventó el inventario (así con minúsculas), una columna que comenzó a publicarse todos los domingos en el suplemento cultural Diorama, del periódico Excélsior. Apareció por primera vez el 5 de agosto de 1973. Estaba dividida en cinco subtítulos: Las mariposas son libros , Boquitas selladas (sobre Corín Tellado), Poesía y verdad y Juego de cartas (sobre la agonía de la conversación y la correspondencia) y Making It (sobre la actriz Marylin Monroe) y muy bien ilustrado con fotografías. Publicó primero como una columna miscelánea y, posteriormente, poco a poco, se volvió monográfica. La literatura y sus autores fueron el tema recurrente del inventario, que durante meses apareció sin firma, y luego estuvo signada con sus iniciales, JEP, al final del texto. El inventario se publicó en Diorama cada domingo hasta el 8 de julio de 1976, cuando Julio Scherer fue obligado a dejar la dirección de Excélsior y su equipo salió con él. Pero después reapareció en la revista Proceso y continuó publicándose hasta enero del 2014, justo en la semana cuando falleció el poeta. Los titulares jugaron un poco triste e infortunadamente diciendo que aquel inventario de Pacheco había estado escrito con su último aliento.

Este año y justo en este mes de enero se cumplen tres años de su partida.