Por ahí de 1920, el recién titulado doctor Munthe estableció su consultorio en las calles de París. Siendo muy joven y extranjero, este discípulo del célebre doctor Charcot[1] relata cómo se convirtió en un médico de moda.

Avenue de Villiers, Dr. Munthe, De 2 a 3

Día y noche sonaba la campanilla de la puerta y llegaban mensajeros con cartas urgentes y recados. El teléfono, arma mortal en manos de las señoras desocupadas, no había comenzado aún su atormentada campaña contra las horas del bien ganado descanso. La sala de consultas se llenaba rápidamente de pacientes de todos aspectos y clases, en su mayoría nerviosos y, los más, del sexo débil. Muchos estaban enfermos, seriamente enfermos; yo escuchaba con gravedad lo que tenían que decir y los auscultaba cuidadosamente, seguro de poder ayudarlos, tuvieran lo que tuviesen. Aquí no me siento inclinado a hablar de estos casos; tal vez algún día diga algo sobre ellos.

Muchos no estaban enfermos en modo alguno y quizá no lo hubieran estado nunca si no me hubiesen consultado. Muchos se imaginaban enfermos, y eran los que me contaban historias más largas; hablaban de la abuela, de la tía o de la suegra, o sacaban del bolsillo una hoja de papel y empezaban a leer una lista interminable de síntomas y trastornos —le malade au petit papier, ‘el enfermo del papelito’, solía decir Charcot—. Todo aquello era nuevo para mí, que no tenía ninguna experiencia fuera de los hospitales, donde no había tiempo que perder en tonterías, y cometía muchos desatinos.

Apendicitis y colitis

Más adelante, cuando empecé a conocer más la naturaleza humana, aprendí a tratar algo mejor a tales pacientes, pero nunca estábamos muy de acuerdo. Parecían muy trastornados cuando les decía que tenían buen aspecto y que su complexión era buena, pero reaccionaban rápidamente si añadía que la lengua parecía más bien sucia —lo cual era generalmente cierto—. En la mayoría de estos casos mi diagnóstico era que comían con exceso; demasiados pasteles y dulces de día, y cenas harto abundantes de noche. Probablemente, fue el diagnóstico más exacto que hice en aquellos días, pero no tuve éxito. Nadie quería saberlo. No les agradaba. El diagnóstico que gustaba a todos era el de apendicitis.

En aquella época estaban de moda las apendicitis entre la gente de la mejor sociedad que buscaba una dolencia. Todas las damas nerviosas la tenían en el cerebro, ya que no en el abdomen, y se encontraban muy bien con ella, y lo mismo sus médicos. Así, pues, opté gradualmente por las apendicitis y traté gran número de ellas con éxito diverso. Pero cuando empezó a correr la voz de que los cirujanos estadounidenses habían emprendido una campaña para cortar todos los apéndices de los ee. uu., mis casos empezaron a disminuir de modo alarmante. Consternación:

— ¡Cortar el apéndice, mi apéndice! —decían las señoras elegantes, agarrándose desesperadamente a su processus vernicularis, como una madre al propio hijo. —¿Qué haría sin él?

— ¡Cortar sus apéndices! ¡Mis apéndices! —decían los médicos consultando melancólicamente la lista de sus enfermos—. ¡En mi vida he oído semejante estupidez! Pero si no hay nada en sus apéndices; si lo sabré yo, que debo examinarlos dos veces por semana. Estoy absolutamente en contra.

Muy pronto fue evidente que las apendicitis pasaban de moda y era preciso descubrir una nueva enfermedad para satisfacer la demanda general. Entonces la Facultad se mostró a su altura y lanzóse al mercado un nuevo mal, se acuñó una nueva palabra, una verdadera moneda de oro: la ¡colitis! Era una enfermedad conveniente, libre del bisturí del cirujano, siempre a mano en caso necesario y adaptable a todos los gustos. Nadie sabía cuándo venía ni cuándo se iba. Yo sabía que muchos de mis previsores colegas la habían ensayado con gran éxito en sus enfermos; pero yo, hasta entonces, no había tenido la fortuna.[2]

La Condesa x

Uno de mis últimos casos de apendicitis creo que fue el de la Condesa x, quien vino a consultarme recomendada por Charcot, según ella. Charcot me mandaba de vez en cuando enfermos. Yo, como es natural, anhelaba hacer cuanto pudiera por ella, aunque no hubiese sido tan hermosa. Miró al joven oráculo con mal disimulada decepción en sus grandes ojos lánguidos, y dijo que quería hablar con Monsieur le Docteur, «lui-meme», no con su ayudante —éste era el primer saludo que estaba yo acostumbrado a recibir de cada nuevo enfermo—. Al principio no sabía ella si tenía apendicitis, y le ocurría lo propio a Monsieur le Docteur, «lui-meme»; mas no tardó en estar segura de tenerla, ni yo en estarlo de que no la tenía. Cuando se lo dije, con imprudente brusquedad, se alteró mucho. El profesor Charcot le había dicho que yo descubriría seguramente lo que tuviera y la ayudaría; y en vez de eso… Rompió a llorar y yo lo lamenté mucho.

— ¿Qué es lo que tengo? —sollozó, tendiendo las manos vacías hacia mí, con un ademán desesperado.

— Se lo diré si me promete estar tranquila.

Dejó de llorar de pronto y, enjugándose las últimas lágrimas de sus ojazos, dijo valerosamente:

— Puedo soportar cualquier cosa, ¡he sufrido tanto! No tema usted, no volveré a llorar. ¿Qué tengo?

— Colitis.

Sus grandes ojos tornáronse aún mayores, lo cual yo hubiera creído imposible.

— ¡Colitis! Exactamente lo que siempre me había figurado. Estoy segura de que usted tiene razón. ¡Colitis! Dígame, ¿qué es la colitis?

Estaba muy atento a evitar aquella pregunta, porque ni yo lo sabía. Y nadie lo sabía en aquella época. Pero le dije que duraría mucho y que era difícil de curar; y en eso tenía yo razón. La Condesa me sonreía amablemente. ¡Y su marido que decía que sólo eran nervios! Dijo que no había tiempo que perder y quería comenzar la cura enseguida y, así, decidimos que viniera a la Avenue de Villiers dos veces a la semana. Volvió puntualmente al siguiente día, y yo —que empezaba a acostumbrarme a las imprevistas variaciones de mis enfermos— no pude menos de extrañarme de su alegre apariencia y de su rostro brillante, tanto que le pregunté cuántos años tenía.

Tenía exactamente veinticinco. Había venido a preguntar si la colitis era contagiosa.

— Sí, mucho.

No bien hubo salido la frase de mis labios, cuando descubrí que aquella joven señora era bastante más lista que yo.

¿No podría decir al Conde que sería más prudente no dormir en el mismo cuarto?

Le aseguré que no sería prudente, porque si bien no tenía el honor de conocer a Monsieur le Comte, estaba seguro de que no lo contagiaría. Sólo era contagiosa la colitis para las personas impresionables e hipersensibles como ella.

¿De veras la juzgaba yo hipersensible?, objetaba mientras sus grandes ojos erraban inquietos por la habitación.

Sí, decididamente.

¿No podía curarla de aquello?

No.

Había hecho mi entrada en la sociedad parisiense.

Axel Munthe (Suecia, 1857-1949) fue médico, escritor y filántropo. En su libro más famoso, La historia de San Michele (1929), relata su carrera como doctor, al tiempo que muestra, de manera amable y entretenida, un panorama de cómo se ejercía la medicina en Europa en las primeras décadas del siglo xx. El fragmento que le presentamos está tomado de una edición de 1956, con traducción directa del sueco de doña Nanny Wachsmuth de Zamora.


[1] Jean-Martin Charcot fue un célebre científico y médico francés, el primero en hacer evidente la relación entre algunas lesiones del cerebro y el daño de algunas habilidades motrices.

[2] La colitis, tal como se usa hoy este vocablo, no era conocida en aquellos días. Muchos pecados han cometido médicos y enfermos con el nombre de colitis durante los primeros tiempos de su brillante carrera. Y aún hoy, esta diagnosis es con frecuencia una cosa vaga y poco precisa. (N. del A.)