Cuando hace más de un siglo el francés Claude Bernard hizo célebre la sentencia de que no existen enfermedades, sino solamente enfermos , se establecieron las bases bioéticas de una práctica médica que debiera preocuparse por las necesidades e intereses de los pacientes, más que por las clasificaciones diagnósticas y los tratamientos indiferenciados.

Lo cierto es que los caminos que deben recorrerse para alcanzar las atenciones médicas específicas para cada ser humano enfermo han demostrado ser bastante complicados. Y es que aún cuando las modernas tecnologías y los procedimientos disponibles para identificar y atender las miles de enfermedades que aquejan a la humanidad se han desarrollado enormemente durante las últimas décadas, en particular, en el campo de las enfermedades mentales la anhelada diferenciación se encuentra aún distante.

Permítanseme tan sólo un ejemplo común. Si un médico quiere saber si alguien es diabético, lo indicado será una sencillo examen que revele los niveles de glucosa en sangre de aquella persona. Así, paciente y médico, tendrán no sólo una impresión diagnóstica compartida, sino que además podrán acordar el tratamiento más conveniente con un mínimo de incertidumbre.

¿Pero qué sucede si se sospecha que alguien se ha enfermado de esquizofrenia, depresión, autismo o ansiedad? La persona abrumada por sus síntomas procurará expresarse lo mejor posible y, seguramente, el médico hará también su mayor esfuerzo por comprender y encuadrar toda ese complejo e inestable cúmulo de información subjetiva en algún casillero de las clasificaciones diagnóstica más aceptadas.

Sin embargo, a diferencia del resto de la medicina, en psiquiatría y psicología la mayoría de los trastornos mentales y problemas psicosociales siguen a la fecha siendo evaluados en términos del comportamiento . De ahí que tanto la precisión diagnóstica como la pertinencia del tratamiento dependan de impresiones subjetivas que no son susceptibles de ser corroboradas por medios objetivos. En otras palabras, no existe ninguna prueba de laboratorio o técnica de gabinete, por avanzada que ésta sea, que sirva para corroborar o descartar el recurso ancestral del interrogatorio y el examen médico. Las distintas pruebas psicológicas, en general, dejan mucho que desear en cuanto a confiabilidad diagnóstica.

El problema se complica al constatar la ostensible y muy frecuente heterogeneidad entre dos personas con un mismo diagnóstico; por ejemplo, depresión o esquizofrenia. Debido a la extrema complejidad del pensamiento, las emociones y la conducta humanas, resulta evidente la inutilidad –incluso la torpeza- de pretender unificar, en función de una etiqueta taxonómica, los cuidados y el abordaje terapéutico de aquellas personas mentalmente enfermas que comparten un diagnóstico derivado de un consenso de expertos.

Ya está en marcha un abordaje experimental para clasificar las enfermedades mentales mediante múltiples indicadores que superen los criterios actuales. Se investigan conducta, genética, patrones de pensamiento y marcadores neurobiológicas en cada paciente.

Así, podrá conocerse la eficacia de medicamentos y las respuestas a ciertas intervenciones psicosociales. Se reunirán datos moleculares, imágenes cerebrales, estilos de pensamiento y antecedentes de vida de cada persona.

La psiquiatría se encontrará entonces en un terreno de mayor precisión y de confiabilidad ante los pacientes.