En la tradición judeo-cristiana el suicidio es el peor de los pecados, pues en tal acto no cabe el arrepentimiento.?En otras tradiciones, por el contrario, es la llave que abre las puertas de un supuesto paraíso.

En todo caso, el suicidio va contra las leyes mínimas que la naturaleza impone al común de los animales: el instinto de sobrevivencia está por encima de atentar contra sí mismo.

En el mundo occidental que, en estos tiempos es una manera de pensar y vivir más que un espacio geográfico, ¿qué es lo que provoca que la gente se suicide? El padecimiento de un trastorno mental llamado depresión que, a grandes rasgos, inicia cuando el enfermo sufre alteraciones en su química cerebral que no le permiten disfrutar o encontrarle un sentido placentero a la vida. Tal enfermedad es, o curable, o controlada mediante medicinas o tratamientos varios, según sea el caso.

También está la eutanasia, que es el acto en el que un enfermo en estado terminal, o que sufre algún dolor mayor, solicita, por lo general a un tercero, la ayuda necesaria para ponerle fin a su padecimiento.

Pero, más allá de enfermedades, se puede llegar al suicidio por la vía intelectual, ya sea por misantropía, escepticismo, pesimismo o cualquier tipo de pensamiento racional que, en vez de construir un sentido a la vida, se percata de su sinsentido y decide liberarse de tanta estupidez.

En el caso del mundo no occidental, en específico el de los terroristas que en fechas recientes ofrendaron sus vidas y, por consiguiente, la de muchos civiles que no pensaban y vivían como ellos, ¿cuál es el origen de tal acción? ¿Qué es lo que la motiva?

En el siglo XI, Hassan-i Sabbah, el llamado Viejo de la Montaña, creó una secta en donde hoy es el norte de Irán en la que enrolaba a sus seguidores, drogándolos con hachís (de tal término deriva la palabra asesino ) para, una vez inconscientes, llevarlos a la Fortaleza de Alamut y, al despertar, les hacía creer mediante placeres mundanos que habían llegado al paraíso prometido por Mahoma. Así, cuando necesitaba que cometieran algún asesinato, los volvía a embriagar con hachís y los sacaba del sitio con la promesa de que, si estaban dispuestos a dar la vida por la misión asignada, y si acaso resultaban muertos, regresarían al jardín del profeta.

Para 1265, según cuenta Marco Polo, la secta del embaucador Hassan-i Sabbah fue destruida desde sus cimientos por los tártaros, pero en la memoria o en el imaginario colectivo de los ahora llamados grupos o personas fundamentalistas, todavía pervive, aunque sin el aliciente para el asesino-suicida de haber vivido en el paraíso .

¿Qué lleva entonces a una persona a cometer un acto de terrorismo en el que va de por medio su vida?

El asesino-suicida en su trance, morir él y la muerte de inocentes como él, es la única acción en la que encuentra equilibrio con las personas que mata. El suicida se cree una víctima y, en muchos sentidos, lo es. Esa es la clave de su motivación: convertirse en un par con los que mueren junto con él todos los muertos son iguales y convertir a los deudos en víctimas y, por lo tanto, también en pares del terrorista en un mundo en el que no existe la equidad más elemental para el convivio.

Los terroristas suicidas han perdido todo, menos su vida y el pensamiento mágico de creer en un Dios que, en última instancia y gracias a un embaucador tipo Hassan-i Sabbah, les dará un supuesto paraíso en el que obtendrán lo que no tuvieron en el mundo terrenal.

El asesino-suicida nació, por lo general, en un mundo violento y pobre que no le permite crear un futuro semejante al de sus opresores, victimarios, reales o inventados, llámense como se llamen, y en tal indigencia intelectual y económica se convierten en el peor peligro político y de convivencia entre los occidentales, pues, a diferencia de otros opositores, al terrorista es difícil de ubicar, ya que cualquiera, tu vecino, el mío o el vecino del vecino.

Puede llevar años incubando una bomba dentro de sí mientras no tenga las mismas oportunidades de los que cree que son sus enemigos.