Sólo conozco a dos personas que la padecen: el escritor Francisco Hinojosa, que es un genio, y yo, que estoy a la espera de que la genialidad me asalte de un momento a otro.

Hace tres meses, en Tijuana, Pancho y yo coincidimos en un encuentro literario. Por la noche, ya de fiesta en un antro en el que se permite fumar marihuana, mas no tabaco, le pregunté:

¿Hace cuánto que no te ataca La Bestia?

Desde que escribí el libro me respondió con esa su sonrisa franca que, por lo menos a mí, siempre me pone de buen humor.

Pancho se refería a Migraña en racimos, publicado en 2006 en los Cuadernos de Quirón. Y en aquel momento, en ese sótano maloliente, me dieron ganas de encender un churro para celebrar la salud de uno de los mejores cuentistas de México, para aplaudir que también yo llevaba algunos años limpio de dolencias, pero mejor brindamos con las caguamas que estaban sobre la mesa y, al poco rato, junto con el poeta Luis Cortés Bargalló, decidimos poner fin a nuestra investigación antropológica y pedir un taxi que nos llevara al hotel.

Por ello, ahora que los dolores han regresado a mi rostro, pienso utilizar el remedio de Pancho y, si bien no voy a escribir un libro aunque no descarto la idea , sí puedo tomarme una pastilla al maquinar este Marcapasos.

La primera vez que sufrí el golpe brutal de La Bestia fue de joven, en un partido de futbol que tenía como objetivo seleccionar jugadores para llevarlos al profesionalismo. Así, luego de 10 o 15 minutos de juego, de manera súbita, de la nada, sentí el dolor más fuerte que hasta entonces había vivido: en el interior de la parte izquierda de la cabeza, rostro sobre todo en el glóbulo ocular y garganta, una punzada continua, ardiente, violenta, gorda, me hizo conocer el infierno durante más de media hora.

A partir de entonces, poco a poco, el padecimiento se convirtió en crónico cuatro veces al día durante dos o tres meses y los médicos no atinaban a dar algún diagnóstico certero. Lo más atinado que se dijo salió de boca de un neurólogo uruguayo, de apellido Canetti, que le comentó a mi madre:

Me parece, señora, que se trata de una neuralgia del trigémino.

Y con sinceridad, agregó:

Es un caso raro, atípico; yo sólo he visto a un paciente con los síntomas que describe el muchacho, y se curó solo recetándome unas pastillas para epilépticos en un intento de encontrar un posible alivio.

Y sí, aquellos dolores desaparecieron tal como llegaron, de la nada. Pero me di cuenta que el ejercicio de alto rendimiento o el calor en exceso me dispara lo que hoy se conoce como cefalea en racimos, de Cluster, de Horton, el mal del suicida o el síndrome del despertador, pues una de sus características es despertar al enfermo cada vez que intenta dormirse.

Pero a los pocos años el dolor regresa y si bien me he sometidos a diversos tratamientos con doctores, acupunturistas, homeópatas, brujas, videntes, charlatanes y otros, y me han recetado desde dormirme la mitad del rostro hasta meterme a la casa de la risa, lo único cierto es que ahora, cada vez que caigo en crisis, suelo acabar en el hospital inhalando litros de oxígeno y, cuando dicho elemento deja de servir, permitiendo que se me inyecte cortisona y morfina sintética.

En total he tenido cuatro crisis como la referida de cuatro veces al día durante dos o tres meses y en fecha reciente empezó la quinta. Y lo grave no es que esta cefalea sea considerada el dolor más intenso que puede soportar un ser humano sin desmayarse ni que este Marcapasos no resulte efectivo para librarme de La Bestia, sino que son tan pocos los que la padecen, que los laboratorios médicos no invierten en investigación para su posible cura, pues un puñado de dolientes no representamos un negocio a futuro.

marcial@ficticia.com