El Museo Nacional de San Carlos suele ser un remando de paz pero con la exposición de Goya (la cual reseñamos la semana pasada) la gente entra y sale. Es una pena que se vayan sin ver las otras exposiciones del museíto. Pequeño museo, grande el contenido: la mejor colección de arte europeo del país.

En el piso de arriba, escondida entre las salas de la colección permanente, hay una exhibición fantástica. Se trata de Lucas Cranach: Sagrada emoción.

Cranach es uno de los grandes pintores renacentistas, pero no del Renacimiento al estilo italiano que tanto conocemos, sino del más oscuro, más revuelto, más rebelde Renacimiento germano.

Como su contemporáneo Durero, Cranach pintó todavía con cánones góticos, hijos de la Alta Edad Media. Muchas de sus obras, nos cuenta el texto de sala, son didácticas: un modo de evangelizar a un pueblo que todavía no sabía leer.

Pero Cranach y sus contemporáneos eran amantes de la bomba. Les tocó la era de las 95 tesis de Lutero. Les tocó vivir, pues, la separación del mundo.

El mito del niño Jesús

Como pintor de su época, Cranach es atento al detalle, con una obsesión por el naturalismo, por el retrato perfecto de la realidad. Sus cuadros no sólo retratan personajes, retratan un mundo.

Las mujeres en los cuadros de Cranach suelen ser típicamente germanas: regordetas, pelirrojas, de cabellos rizados. Así la virgen María, así Lucrecia, la legendaria romana que comenzó la era republicana de Roma.

Son mujeres bellas pero algo tienen de monstruosas. Cranach, adelantado a su tiempo, tenía un pie en el Renacimiento y otro en el manierismo, siguiente ola. El manierismo dicta que en el ojo del que mira está la verdad. Así como el Renacimiento quiere la perfección, el manierismo exagera la subjetividad, alarga los cuerpos, los vuelva casi espectrales.

Ninguna de las piezas de la exposición demuestra el manierismo de Cranach como un retrato del niño Jesús de 1540. Es una obra llena de símbolos. El niño sagrado pisa un cráneo, se recarga en un madera que será su muerte y está parado desnudo junto a su primo, Juan Bautista, que se encoge ante el dios. Es un cuadro triste y, de nuevo, un tanto monstruoso. A Cranach le iba lo tétrico.

En Wittenberg, donde Cranach era pintor real, un tal Lutero estudió teología. Un buen día, de madrugada, con martillo y clavo en mano pegó un texto que enloquecería Europa, 95 tesis que retaban a la iglesia de Roma, 95 maneras de olvidarse de Jesús, su padre y el espíritu tal como había sido estipulado hasta entonces.

Cranach se hizo amigo de ?Lutero. Bajo su influencia comenzó a pintar ya no de manera didáctica, sino de un modo que podríamos llamar legendario. Su paleta de colores cambió y al mismo tiempo que pintó escenas cristianas también se entregó a leyendas de su tierra y de la historia de Occidente (como la de Lucrecia, la romana). Cranach pintó un mundo fantástico en el que el cristianismo era un mito más. Así de protestante.

Lucas Cranach: Sagrada emoción se completa con obras de coetáneos del pintor.

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