Conozco el Cerro de la Estrella y un ritual que allí se realiza: la crucifixión.

Hace años, con Diego García del Gállego, subí a pie a la cúspide del Gólgota iztapalapense para ver la representación del calvario de Jesucristo, de Dimas y Gestas. Recuerdo mucho polvo, sol, olas de gente, a una jovencita con la cabellera cubierta de piojos, actuaciones acartonadas y un aguacero de Jesús, María y José al final de la función, tormenta que provocó que los fariseos, romanos, policías, nazarenos, hombres a caballo, vírgenes y el público bajáramos del monte a la carrera para resguardarnos de la lluvia y relámpagos.

Después de tal experiencia, magnífica en cuanto alucinante, por supuesto que no he regresado al Cerro de la Estrella, ni por invitación de Juan Maya que, me dice, en las cuevas del otrora Huizachtecatl todavía hay tesoros de cuando se consumaba cada 52 años, según la Piedra del Sol, la ceremonia del Fuego Nuevo.

He iniciado de tal manera este Marcapasos para destacar que los misterios sangrientos en dicho cerro no son ajenos a los iztapalapenses, ya sean en honor a Huitzilopochtli, ya sean en honor del Dios que trajeron los españoles, pero de que les gusta la sangre, la sangre humana para ser precisos, les gusta, y eso desde tiempos de La Llorona.

Y si no me creen, déjenme explicarles: bien a bien no se sabe quiénes fueron los primeros habitantes de las faldas del Huizachtecatl; lo que sí se conoce es que, tras el abandono de Teotihuacán, algunos de sus pobladores encontraron refugio en las partes secas o ribereñas de la zona. Más tarde los chichimecas, que se piensa es una de las siete tribus que salieron de Aztlán y que derivarían en diferentes etnias del México antiguo, tanto nómadas como sedentarias, todas guerreras y bravísimas, se fusionaron con los descendientes de los teotihuacanos para fundar Culhuacán, a su vez conquistado por los mexicas que dieron origen al pueblo de Iztapalapa.

A los iztapalapenses les queda, pues, la responsabilidad de propiciar el amanecer del mundo cada 52 años mediante lo que se llama el Fuego Nuevo, ceremonia en la que se le sacaba el corazón al mejor de sus guerreros para, con sus vestimentas y armas, encender una fogata la primera que se prendía esa noche en honor a Huitzilopochtli, y lograr así que el sol renaciera a la mañana siguiente. Y luego, claro, se comían al sacrificado.

Durante la Conquista, los de Iztapalapa, a las órdenes de Cuitláhuac o Cuitlahuatzin hijo de Axayácatl; hermano y sucesor de Moctezuma Xocoyotzin; tío de Cuauhtémoc , defendieron Tenochtitlan frente a los españoles y sus aliados, distinguiéndose por su carácter fiero, de manera que los iztapalapenses fueron decisivos en la victoria de La Noche Triste española.

La leyenda cuenta, por otra parte, que si bien al final fueron sometidos por los hombres de Hernán Cortés, varios de sus pobladores mantienen algunos de sus ritos hasta nuestros días en las cuevas del Cerro de la Estrella, ésos que la prensa en días recientes ha llamado prehispánicos, esotéricos o satánicos. Y dado el mestizaje, desde hace 169 años escenifican en el mismo monte la Pasión de Cristo, teatralidad sanguinaria de los pies a la cabeza, de la corona de espinas al clavo último de la cruz.

Esto, sin embargo, ¿qué pista da para resolver el misterio de las seis muertes recientes en el Cerro de la Estrella?, mismas que las autoridades han achacado y desachacado a jaurías de perros salvajes, y los iztapalapenses, a entrenadores de perros de pelea, ello entre la indignación de grupos animalistas más preocupados de los derechos caninos que de las víctimas y sus familiares.

A una muy sencilla: durante la ceremonia del Fuego Nuevo el aire se llenaba de ciertas entidades oscuras llamadas tzitzímime, cuya deidad principal era la diosa chichimeca Itzpapalotl (mariposa de obsidiana), que cayó a la Tierra junto con las de su especie en una lluvia de estrellas, que poseía un manto de invisibilidad y cuya misión era devorar a los hombres, mujeres, diosas y dioses cada 52 años, es decir, cada fin del mundo.

[email protected]