Por Rodrigo Coronel 

Antes de morir vio su vida transcurrir a colores. Nadie tenía más derecho a mirarla así que él. En el automóvil también viajaban sus dos hijos. Ambos sobrevivieron. Él no. Fue el 18 de abril de 1965, en Las Lajas, Veracruz. Guillermo González Camarena regresaba de revisar un transmisor repetidor del Canal 5, el “experimento” visual en el que Camarena desplegó sus desvelos e ingenio. Dos meses antes había cumplido 48 años y se hallaba en el pináculo de la popularidad y el reconocimiento. El mundo se maravillaba con sus descubrimientos y la posibilidad de mirar la televisión como se mira la realidad misma: a colores.

Inventor, compositor, mago y pedagogo, González Camarena es un referente para la ciencia mexicana. Sus contribuciones aún son recordadas, pero quizá su rasgo más característico haya sido su voluntad por alentar el trabajo científico en México.

González Camarena nació el 17 de febrero de 1917, en la capital de Jalisco, Guadalajara. Su vida provinciana apenas duró un par de años. En 1919, su familia se trasladó a Ciudad de México. Ahí recalaron cuando el cáncer de su padre, Arturo Jorge González, trastocó la vida de su madre, Sara Camarena, y hermanos. En la capital del país, el patriarca de la familia podría tener un mejor acceso a los servicios de salud. Sin embargo, tras cinco años de enfermedad, el padre de González Camarena falleció.

Un hombre y su circunstancia

En la vida de González Camarena se condensa la historia del siglo XX, unas veces por el puro azar, otras por su propia voluntad. Por ejemplo, la vieja casona porfiriana de Havre 74, en la colonia Juárez, el inmueble que recibió a Guillermo y a sus siete hermanos en la primera infancia, también había sido la Embajada del Imperio austrohúngaro en México. Aquella mansión, que al principio sirvió como oficina burocrática de un imperio ahora inexistente, fue el primer laboratorio del precoz inventor.

Desde el sótano, el pequeño demoraba sus horas entre tuercas, tornillos y circuitos eléctricos. Hasta ahí llegaban las burlas de sus contemporáneos, quizá abrumados por la extraña actitud de aquél niño, tan ajeno a los juegos infantiles y más interesado en fierros. Antes que a los devaneos propios de la niñez, Guillermo se desvelaba en crear juguetes y aparatos eléctricos. A los 7 años creó una alarma sísmica —capitalino finalmente capitalino—; a los 15, un radiotransmisor, y a los 19 una cámara de televisión.

Ese mismo sótano, muchos años después, sería testigo de la primera emisión televisiva a color. No hubo alharaca ni tumultos, apenas dos personas estuvieron presentes: el propio Guillermo y su hermano, el muralista Jorge González Camarena. De la mansión de Havre 74 sólo quedan algunas páginas desperdigadas que dan cuenta de su existencia, ésta entre ellas. Un hotel ocupa su lugar.

“Hermosa claridad que resplandece”

La infancia y adolescencia de González Camarena fue esencialmente chilanga. Entre las colonias Juárez y Roma transcurrió su educación primaria y secundaria. Su voluntad creadora e inquisitiva exigía recursos que los ajustados presupuestos de la familia no podían proveer. Así que Guillermo, imbuido en las edulcoradas notas de los boleros de principios del siglo XX, acometió con la letra de una canción de amor: “Río colorado”.

Con las regalías obtenidas por la letra de su canción —interpretada por el dueto Los caciques y Arpas de América, entre otros— González Camarena pudo adquirir los aditamentos necesarios para continuar con sus investigaciones. Las “refacciones” que utilizaba las adquiría en los mercados de Tepito y La Lagunilla.

La formación de Guillermo se debatió entre la disciplina del autodidacta y la incipiente formalidad de la educación científica en México. A los 12 años acudió a la Escuela de Radioaficionados de El Buen Tono. Apenas concluida la secundaria se inscribió en la Escuela Práctica de Ingenieros Mecánicos y Eléctricos, poco antes de que dicha institución fuera adscrita al Instituto Politécnico Nacional.

Con ustedes, el color

Carlos Chimal, divulgador de la ciencia y su biógrafo, resalta que el inventor del “sistema tricromático secuencial de campos” —el que coloreó la televisión monocromática— se colocó en el centro de la vanguardia científica de su época. “Era como meterse al ojo de un huracán creativo”, apunta. En el campo del electromagnetismo, en el que podrían inscribirse los inventos de González Camarena, se concentraban décadas de avance tecnológico. El inventor mexicano también se instaló en la misma línea científica que varias décadas atrás inaugurara James Clerk Maxwell: la colorimetría.

Desde 1925, la televisión revolucionaba la industria del entretenimiento. La creación del escocés John Logie Baird (1888-1946) se diseminaba por todo el mundo. Al principio se componía de una pantalla rellena de fósforo, un haz de electrones que iluminaba la pantalla y el cinescopio —un tubo de rayos catódicos. En 1940, González Camarena instaló tres cañones con los colores primarios: rojo, verde y azul, éstos interactuaban de acuerdo con la imagen que emitían y, voilà, la imagen se teñía.

El primer programa televisivo a color fue El paraíso infantil, transmitido en febrero de 1963 por el Canal 5. Ahí, González Camarena invirtió buena parte de su ingenio creativo pero, sobre todo, tuvo la oportunidad de aplicar sus ideas sobre la niñez y su formación ética. En efecto, el inventor mexicano veía en la televisión un formidable vehículo de educación colectiva.

El mago

Guillermo González Camarena fue el prototipo exactamente contrario del científico ensimismado y solemne. Quienes lo conocieron refieren su agudo sentido del humor y desenfado. También fue mago y, según recuerdan, uno bueno. Tenía el ojo entrenado para, a la distancia, seleccionar a las potenciales víctimas de su trama. Entre sus mejores trucos estuvo, ya se sabe, pintar de colores uno de los inventos más trascendentales para la humanidad: la televisión.

Rodrigo Coronel hace mucho que dejó de ver la vida en blanco y negro.

Perdido en la traducción

iktsuarpok /ik-tsuar pok/

Esta palabra de la lengua inuit sirve para describir la sensación de ansiedad o impaciencia que lleva a verificar constantemente, asomándose a la puerta o la ventana, si alguien ha llegado. Seguramente le ha pasado que unos minutos pueden parecer una eternidad cuando espera a alguien y mira una y otra vez por la ventana esperando su llegada.

Los inuits viven en un gran asimilamiento, entre nieve y hielo, con mucha distancia entre cada familia y sus vecinos. Seguramente por eso inventaron esta palabra para nombrar a la expectativa con que aguardan una visita, cual niños esperando a los Reyes Magos.

De boca en boca

Intérprete sagaz

En su campaña del sur, el libertador Simón Bolívar debía pasar una noche en cierto pueblo de la región. Su ayudante dio aviso al hotelero del pueblo pidiéndole que “preparara un cuarto con comodidades especiales, comida, etcétera, etcétera, etcétera...”.

Al llegar al pueblo, el libertador fue conducido al mejor cuarto del hotel. Después de expresar su aprobación, se le hizo pasar a un cuarto vecino donde estaban sentadas tres primorosas señoritas.

—¿Y quiénes son estas jóvenes? —preguntó Bolívar.

— Las tres etcéteras —contestó respetuosamente el hotelero.

Tomado de Alfonso R. Carrillo, Anécdotas, Editorial La Antorcha, s/f. (Con información de Alfonso R. Carrillo)

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