"Lo que más me queda o lo que sé de Bolaño es ese espíritu de insurrección permanente", menciona el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán a propósito del legado del escritor chileno Roberto Bolaño, quien nació el 28 de abril del año de 1953.

Bolaño, quien falleció a mediados de julio de 2003, al cabo de muchos años de habitar real y poéticamente en la marginalidad más rampante se ha convertido en nuestros días en un referente de las letras no solo latinoamericanas sino universales del fin del siglo XX, podríamos decir que por ser un parte aguas generacional y epocal se trata de un escritor que podríamos considerar el último realista de la modernidad.

Después de Bolaño no podemos hablar del realismo visto como en la modernidad, cuando éste aspiraba a la construcción de una totalidad (social, relacional, léxica) completa, hizo institución el uso del estilo indirecto libre (imbricación del lenguaje del personaje con el del autor), se interesó en la precisa racionalidad de los detalles, en la construcción psicológica de los personajes y en el fondo su concepción de la temporalidad fue lineal aunque se presentara fragmentada.

No obstante, la estética y la actitud de vida bolañiana reverbera en sus discípulos, que aún maman de su láctea estela apolínea misma que nos embriaga como a ellos de literatura y poesía.

Su lado más interesante

"Lo salvaje de Bolaño tiene que ver con que fue un escritor que estaba constantemente en posición de ataque, en posición de franco cuestionamiento, nunca aceptó las verdades establecidas de la literatura latinoamericana, siempre estuvo ahí como un invitado incómodo y le decían que había que jugar con buenos modales para pertenecer al club pero lo que menos tenía Bolaño eran los buenos modales", apunta Paz Soldán, quien publicó en 2008 una antología de ensayos sobre el escritor chileno bajo el título "Bolaño salvaje" (Candaya).

"Lo interesante aquí es su parte contradictoria, por ejemplo en "Los detectives salvajes" hay una gran sección en que pelea contra los premios literarios pero él ganó los premios más importantes de Iberoamérica, no publica en editoriales pequeñas sino en Anagrama, que es un sello de lujo, y justo la muerte le llegó cuando venía la celebridad universal, los premios, los periodistas buscándolo en todas partes", acota.

"Hubiera sido interesante ver cómo habría llevado esta fama Bolaño, es una fama que él rechazaba pero que también perseguía, porque estuvo muchos años fuera de un sistema que lo rechazaba y él también rechazaba ese sistema pero de algún modo quería pertenecer, quería publicar, que sus libros fueran leídos. El no era Belano ni Lima, tal vez en su juventud sí.

"Eso tiene de salvaje: encontrar una salida que consiste en pertenecer al sistema pero constantemente socavándolo y cuestionándolo desde adentro. Los escritores e intelectuales estamos acostumbrados a atacarnos a las espaldas pero de frente todos tomamos el cóctel, nos tomamos la foto y somos amigos. Bolaño siguió otro camino: su ataque constante, su mala leche en sus críticas, una muy mala leche", acota el joven escritor que se dio a conocer a fines de los 90 con la publicación de Río Fugitivo, una suerte de novela de educación, crítica sobre las condiciones concretas de una Bolivia en transición democrática, síntoma de América Latina, y una indagación sobre la necesidad de la ficción como vehículo potenciador de vida.

"Abrir nuevos caminos corresponde a los escritores que lo siguen, que lo están leyendo, y que ojalá no se conviertan en bolañitos, sino que sean escritores que mantengan esa ambición, más radical, de enfrentarse a cualquier tema, hacerlo más apocalíptico sin cerrar los ojos, yo creo que esa es la principal lección del Bolaño escritor: mirar la realidad de frente y tirándonos al vacío. No te queda de otra que ser apocalíptico en este momento", dice.

aflores@eleconomista.com.mx