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Arte e Ideas

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El exilio argentino

De La Pampa, del ex futbolista Mario Pavez, y de El Rincón Gaucho, del ex luchador y luego prestidigitador y actor, Wolf Ruvinskis, hemos pasado a los miles de restaurantes argentinos que pululan en el país.

De La Pampa, del ex futbolista Mario Pavez, y de El Rincón Gaucho, del ex luchador y luego prestidigitador y actor, Wolf Ruvinskis, hemos pasado a los miles de restaurantes argentinos que pululan en el país. Si aquellos dos comederos, únicos en su tipo, eran sitio obligado para el encuentro de los exiliados en el DF, los que ahora dominan la gastronomía local son un raro exabrupto de la globalización.

A mediados de la década de los 70, Argentina sufrió un fuerte y obligado éxodo de miles de ciudadanos (entre 300,000 y medio millón) que previeron los tiempos sangrientos que vendrían o que lograron escapar del terror cuando ya estaba instaurado. Otros tantos, 30,000, por poner un número, no lograron ni lo uno ni lo otro y fueron masacrados, cobardemente, por órdenes de la Junta Militar que tomó el mando de aquel país el 24 de marzo de 1976.

Militares que nunca han servido para defender la Nación sea eso lo que sea , sino para ponerse al servicio de una exacta fusión: servilismo de las oligarquías correspondientes. Así han sido las fuerzas armadas legalmente constituidas de todos los países en todos los tiempos.

De los miles de exilados, entre 8 y 10,000 vinieron a dar a México por razones extrañas. Corrían los estertores del régimen de Luis Echeverría, de triste memoria, que en su esquizofrenia tenía una rara simpatía por las causas del Tercer Mundo y promovía, tal vez para quitarse algún cargo de conciencia, una política de puertas abiertas para los perseguidos políticos.

La composición de los migrados era variopinta: intelectuales, profesionistas, militantes de izquierda y no tanto, y otros tantos que ya estaban en las listas de aniquilamiento simplemente por tener amigos o conocidos subversivos . La mayoría, pertenecientes a la clase media urbana, padeció infortunios en la Secretaría de Gobernación, en la que tramitaban sus visas mientras conocían en vivo los pasajes más oscuros de El proceso, de Kafka.

Imagino que la idea que tenían los argentinos de entonces acerca de México era tan escueta y mitológica como la que los mexicanos teníamos de ellos. Tal vez sabían algo de los aztecas y de los revolucionarios de grandes sombreros. La música había sido, seguramente, el mayor puente cultural en ese momento. Desde los años 50, la XEW mandaba su señal a Latinoamérica y así se hicieron conocidos por allá figuras como Pedro Vargas, Jorge Negrete o Pedro Infante. Por acá, mientras tanto, el tango y su Carlos Gardel hicieron época. En la década de los 70, la música era otra y de allá nos llegaban tipos raros como Sandro, Leo Dan o Palito Ortega y, a cambio, les dimos a Juan Gabriel y sus primeros éxitos mundiales.

Tendían a decirnos charros, no porque conocieran del arte de las escaramuzas, sino por el sobrenombre con el que regresó a Argentina, José Manuel Moreno, el Charro Moreno, considerado por los argentinos el mejor futbolista de la década de los 40, quien jugó en el Club España en 1946.

Mientras, de este lado, a cualquier argentino lo relacionábamos con el Che Guevara, no había de otra. Un poco más tarde, conocimos más de aquel país gracias, obvio, al futbol, pues allá padecimos la vergüenza del Mundial de 1978, que se desarrollaba a pocos pasos de la ESMA, lugar en donde la Junta Militar torturaba y asesinaba vilmente a cientos de detenidos.

Sucedió así que un buen día arribaron de nuevo los hombres barbados en esta ya no tan Nueva España. Ahora las barbas no eran de conquistadores, sino de tipo marxista con sus diversas y contradictorias ramificaciones . Después de recibir a miles de republicanos españoles durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, a otra nutrida migración de chilenos en 1973 y a latinoamericanos de diversos países, el turno les correspondía a los argentinos.

El choque cultural fue inmediato y permanente. A la manera irreverente y sonora de su hablar, se les unía una prisa que rayaba en la prepotencia. Herencia cultural de los italianos, imagino. Si su habla y pretensión de que las cosas sucedieran resultaban vertiginosas, todo cambiaba a la hora del asado, para el cual se podían tardar horas en preparar a la lumbre de la parrilla un pedazo de carne. Alrededor del fuego nunca faltaron los simpatizantes del exilio y los nuevos amigos locales que, pronto, se fueron acumulando y morían de hambre , acostumbrados a cocinar rápidamente los bisteces a la vuelta y vuelta .

Empezó una larga y fructífera relación para ambas partes que, además del cálido refugio, se vio ampliamente resarcida en los ámbitos culturales y laborales. Cuando allá volvió la democracia en 1984, muchos regresaron a su país.

Muchos se quedaron y formaron familias. Muchos simplemente hasta aquí llegaron. Muchos, la mayoría, enriquecieron a México.

marcial@ficticia.com

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