Todos los años, con mi equipo de futbol de alta montaña (los sábados jugamos en El Ajusco en la liga de exalumnos del Colegio Madrid), Sahara Español FC, hacemos una gira cultural al interior de la República con el pretexto de enfrentar a una escuadra de la región.

El Sahara está compuesto por escritores, artistas, científicos y amigos de diferente calaña; si bien ayer no participamos en la marcha del silencio, convocada por Javier Sicilia, fue porque Félix Fernández Christlieb, otrora portero del Atlante y hoy escritor, periodista y comentarista de TV, prepara las giras con meses de antelación, coordinando para que la mayor parte de los coequiperos puedan hacer un viaje con la problemática que significa abandonar por varios días a familias, trabajos y diferentes compromisos.

Sirva esta breve introducción para decir que estoy en Chiapas, estado en el que aún no pega la violencia –pese al tráfico de personas en busca de llegar a EU- que azota al país, con mis amigos y un tanto culposo de los magníficos goces que provocan estas giras.

Hace al menos dos décadas que no venía a San Cristóbal de las Casas y, lo que yo recordaba como un pequeño poblado parecido a Antigua –y eso que nunca he pisado Guatemala-, está perdiendo sus identidades tanto arquitectónicas como sociales.

Las construcciones de barro pintado y techos de teja de estilo virreinal centroamericano, por ejemplo, ahora cede su periferia a casas de cemento y ladrillo pelones, además de tiendas de autoservicio, bancos, agencias de automóviles y talleres mecánicos que tienen la gracia de homogeneizar al país en una estética que consiste, de manera paradójica, en la ausencia total de estética. Y otro detalle: las paredes de los alrededores del centro de San Cristóbal están, en su mayoría, grafiteadas.

En la parte social, también las cosas han cambiado: si bien los tzotziles y tzeltales siguen bajando de las montañas para vender su artesanía en la Plaza de Santo Domingo, hay ciertas piezas –jirafas de tela y culebras de madera, por ejemplo- que hacen pensar en una probable invasión de piratería china que acabará, a la larga, con el color local. Además, el mercadillo se homogeneiza poco a poco con los mercadillos de todo el planeta, en ese jipismo sin ideología que vende la misma pedacería artesanal –dijes, pulseras, collares, etcétera- en cualquier plaza del mundo occidental.

Como contraparte, sin embargo, en algunos lugares de Chiapas, como las Cascadas El Chiflón, a 125 kilómetros de San Cristóbal, da gusto que un proyecto de ecoturismo comunal funcione tanto económicamente para los habitantes de la región como en la limpieza del agua, la montaña, las construcciones para la comodidad del turista, cuidando de manera ejemplar un balneario que, sin imponer leyes y sólo sugiriendo conductas ecológicas a los turistas, logre la preservación de las propias cascadas y su entorno en toda su natural belleza.

De regreso a San Cristóbal, bien vale el gusto de contemplar las fachadas e interiores de la iglesia y el exconvento del ya mencionado Santo Domingo, así como las iglesias de San Francisco, de San Nicolás, de Guadalupe y Santa Lucía; no así el Museo del Jade, en el que las piezas exhibidas son reproducciones de las obras precolombinas más conocidas.

También es un goce extremo visitar el Cañón del Sumidero (a 35 kilómetros), Chiapa de Corzo (igual a 35) por sus recientes descubrimientos arqueológicos que van a cambiar la historia maya tal como ahora la conocemos, San Juan Chamula y Zinacantán (a las afueras de San Cristóbal) y, una vez en Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas, ganar en el estadio de Jaguares a un equipo local del que no doy el nombre para que la humillación no se conozca a nivel nacional e internacional por Internet.

Estas giras culturales se suelen acompañar con degustación de la comida y aguardientes regionales, excursiones nocturnas a templos de la perdición y el pecado, y el placer no de ser felices, sino de intentar vivir como hombres sabios –o cínicos.